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Juegos de manos

Crece en España la desigualdad y anda la oposición enfrascada en mirarse el ombligo o encender fuegos de artificio.

La España política corrupta en la que el gastado argumento de los casos aislados no vale ya ni como excusa cutre, ha contado esta semana con la inestimable ayuda de Podemos para darse un respiro: mejor hablar de mociones que de lezos, y ya volveremos a ello después del puente, que seguro que hay nuevos datos macro que permiten sacar pecho a la autoridad e ir apagando lo de la corrupción con los fogonazos de la economía en crecimiento, esos que deslumbran a todos menos a los que no tienen ni para pagar la luz, que mire usted por donde son cada vez más.

Es lo más leído y comentado desde el jueves, de modo que no me extenderé demasiado sobre la incomprensible estrategia de Podemos cuyo anuncio en grupo, con esa solemnidad de las liturgias antiguas, se ha mostrado ya como fuego de artificio que únicamente beneficia a quien se supone que tendría que perjudicar. Sólo dejo escritas aquí unas cuantas dudas que supongo nadie aclarará.

¿No presentó Iglesias con la misma liturgia y parecida solemnidad, una propuesta al PSOE hace apenas un año sabiendo que no la podía aceptar y por lo tanto abocándonos a un gobierno del PP? ¿A qué viene ahora pretender censurar a quien pudieron haber evitado que gobernara simplemente absteniéndose? ¿Le pensaba pedir también a los demás partidos ministerios y control de la comunicación pública? ¿Es consciente Iglesias de que su planteamiento más teatral que político sólo beneficia al PP y perjudica al PSOE?

“Trabajar” dice Podemos, que olvida que en política el más eficaz trabajo es la constancia, que los éxitos que se anuncian antes de serlo suelen devenir en fracasos, y que la discreción es más útil que las voces.

Es privilegio de los fuegos artificiales iluminar el resto del escenario aunque la atención se fije en el espectáculo de colores. Y lo que se ve es un vacío desolador. No hay ideas, no hay trabajo, no hay perspectiva, sólo una izquierda desnortada y más desunida que nunca, un centro que parece seguir buscando su sitio porque anda a tientas sobre a qué novia tirar los tejos o por quién dejarse seducir, y una derecha cuyos oficiales se han mostrado como auténticos maestros en la navegación sobre aguas fecales. Ya, hasta hemos olvidado que alguien prometió no hace mucho “una nueva política”. Pero seguimos mirando los fuegos.

Sin oposición no hay alternativa, y sin alternativa esto de la democracia se queda en juegos de palabras, mientras los más listos los hacen de manos y los que tenían que impedirlo legislando, peleando, proponiendo, creando, se concentran en los petardos o se ocupan en ver quién es más guapo o quién la tiene más larga.

Mediocridad, es la decepcionante impresión ante una política que a muchos nos cansa ya por ineficaz y frívola, que provoca desapego en una ciudanía que se divierte con el circo, pero aprendió a diferenciar malabarismos de logros, la ficción de la realidad, porque no vive del espectáculo. Gente cansada y que sufre, que lo tiene cada vez peor, que se desanima pero aguanta con resignación que mientras el gobierno celebra los buenos datos de la economía, el tercer ejercicio de crecimiento, los aplausos del Fondo Monetario Internacional, la revisión hasta el 2,7 del crecimiento para este año, hay cientos de miles de familias, cuatro de cada diez, que no pueden pagarse vacaciones ni enfrentarse a imprevistos porque viven con lo justo, que el 22 por ciento de los españoles se arregla con menos de 8000 euros al año o que el 30 por ciento de los jubilados españoles es pobre o está a punto de serlo.

Pero casi nadie lo ve o lo quiere ver. No hay luces para ellos en la política española. No hay luces en la política española. O por lo menos no se ven.

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