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Muros sin Fronteras

¿Trump de rositas? Hay que esperar

¿Qué sabemos del contenido del informe del fiscal especial Robert Mueller sobre la llamada pista rusa y un presunto delito presidencial de obstrucción a la justicia? De momento solo lo que William Barr dice que dice el informe. Burr es el fiscal general de EEUU desde hace apenas seis semanas. Fue nombrado por Donald TrumpDonald Trump y confirmado el 14 de febrero –el día de los enamorados– por un Senado de mayoría republicana. También es autor de un memorándum, anterior a su nombramiento, en el que considera que la investigación sobre el delito de obstrucción era "fatalmente errónea". 

En su resumen de cuatro páginas, Barr afirma que Mueller no ha hallado pruebas de que el presidente y/o su equipo hubieran complotado con Rusia para alterar el resultado de las elecciones presidenciales de 2016. Ni que ese supuesto complot estuviera orientado a perjudicar a Hillary Clinton con la difusión de emails comprometedores e información falsa. También asegura que el informe no acusa al presidente, pero tampoco le exonera. Sobre la obstrucción a la justicia dice que el asunto queda abierto. Esto indicaría que Mueller puede tener algo, pero no suficiente para recomendar su procesamiento, algo que, en todo caso, correspondería al Congreso.

Trump no ha leído el informe de Mueller, cuya extensión se desconoce. Sería imprudente que una parte implicada tuviera acceso al texto completo antes que el Congreso. Tampoco ha leído las cuatro páginas de Barr. El fiscal general informó a un asesor del presidente que a su vez transmitió a Trump una versión aún más reducida, quizá de 280 caracteres (lo que admite un tuit). Esto era una maldad. Ronald Reagan se aburría con los informes que superaban una página; Trump no llega a los dos párrafos.

El resumen de Barr sobre lo que dice el informe de Mueller ha conseguido dos objetivos: imponer una narrativa favorable al presidente y permitir que los republicanos y los medios amigos salgan en tromba a defenderle sin haber leído el informe. Los demócratas y los medios más críticos han pasado al ataque, pero ellos tampoco conocen los detalles. Todos hablan de oídas. El primero que se ha precipitado en sus conclusiones es el fiscal general. Recibe el informe el viernes por la tarde y el domingo ya se lo sabe de memoria. En este caso ha faltado teatralidad, que es lo que le sobra a esta Administración.

Trump ha decidido representar el papel de víctima que tanto le gusta, seguir la pauta de estos meses en los que se ha declarado repetidamente “víctima de la mayor caza de brujas de la historia”. Todo lo que tiene que ver con él tiene proporciones históricas. Es parte del personaje. Cree que el informe refuerza su narrativa contra los medios mentirosos, y a ellos se ha lanzado a degüello. Está en juego el relato del trumpismo, que será el motor de las elecciones presidenciales de noviembre de 2020. Faltan 20 meses y el ambiente ya es de precampaña. Será larga e insoportable. Tratará de desacreditar a todo aquel que pueda representar un peligro para seguir en la Casa Blanca otros cuatro años.

Antes de seguir, les recomiendo este texto de Andrew Mitrovica: “Trump acaba de lograr la reelección”. Está por ver si es así, pero que salga vivo en este asunto es una excelente plataforma ante sus votantesvivo.

La nueva batalla se centra en la publicación del informe Mueller. Los demócratas de la Cámara de Representantes, en la que son mayoría, exigen tenerlo el martes. Los presidentes de seis comités quieren conocer los detalles, sobre todo los relacionados con una posible obstrucción a la justicia. La Cámara baja lo quiere sin recortes ni censuras. El voto hace unos días en favor de la entrega completa fue aplastante: 420-0. No es una resolución vinculante. El Senado, donde mandan los republicanos, tiene la última palabra. El líder de la mayoría en esta cámara, Mitch McConnell, trabaja en impedir que se publique.

William Barr es quien debe decidir qué es reservado y qué no. Hay un elemento jurídico a tener en cuenta, más allá de los intereses de cada uno. El informe puede contener información sobre procesos judiciales en marcha sobre los que pesa el secreto sumarial, y cuya publicidad podría perjudicar su desenlace. Hay procesos abiertos en Nueva York, Washington DC y Virginia. El primero, en el llamado Distrito Sur de la Gran Manzana, se centra en la financiación de la campaña electoral.

¿Qué cantidad se puede dar a conocer sin dañar los procesos? ¿Tiene credibilidad el fiscal general para respetar su decisión por encima de los intereses partidistas?

Los demócratas no se fían. Le acusan de haber llegado a conclusiones en menos de dos días en las que ha ejercido el papel de fiscal y juez. Barr ya ocupó el cargo con Bush padre (1991-1993)Bush. Es alguien que se sabe la letra grande y la pequeña del puesto.

La tradición es que una vez nombrado, el fiscal general actúa con imparcialidad. Esta práctica llevó al anterior, Jeff Sessions, un ex senador muy conservador y hoy ex amigo de Trump, a recusarse a sí mismo y dejar el asunto en manos de su segundo, Rod Rosestein. Este fue el impulsor de la investigación de Mueller, de la que no informó previamente a Trump. Se enteró minutos antes que la prensa. Rosestein ha sido la diana predilecta. Trump le considera responsable de todos sus males.

Entregarlo completo a la Cámara de Representantes equivale a hacerlo público. Todos los candidatos demócratas a la presidencia lo reclaman. Barr se muestra dispuesto a reunirse la próxima semana con el comité judicial del Senado, en el que está Kamala Harris, una de las favoritas junto a Bernie Sanders y a Betto O´Rourke para ganar las primarias demócratas. (Nota: Betto es mi favorito).

De este informe podrían surgir nuevas investigaciones o un proceso parlamentario de destitución del  presidente, que en EEUU se llama impeachment. Nancy Pelosi, mujer inteligentísima y demócrata, jefa de la Cámara de Representantes, dijo hace unas semanas que esta no era una vía de trabajo porque “sería divisiva”. Traducido: aún no hay posibilidades reales de sacarlo adelante y no van a quemar las naves en empresas inútiles.

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Un amigo que conoce bien la política de EEUU, me lo explicó ayer por teléfono: “Mueller ha plantado semillitas que germinarán o no”. Hay que esperar. Una de las principales semillas es saber qué averiguó sobre la obstrucción de la justicia. También resulta raro que asesores y abogados de Trump se declaren culpables para reducir la pena, o evitarla, en un caso en el que, según Barr, no hay pruebas.

En la cuenta de Twitter de Trump hay suficientes pruebas de cómo busca descarrilar toda investigación que considera perjudicial. Desde ella insulta, menosprecia y lanza cortinas de humo. Aunque parezca obvio es necesario probarlo más allá de cualquier duda. Y no estamos en ese punto. La obstrucción no es opinable, es necesario tener pruebas inapelables.

Alexandra Ocasio Cortez señalaba hace unos días algo esencial, que ya había apuntado Noam Chomsky: lo grave no es Trump, que sería el síntoma de una enfermedad, sino la enfermedad en sí misma que afecta a medios de comunicación, políticos y a la sociedad en general. Es fácil meternos con el histrión en jefe de EEUU, un tipo faltón que no admite la más mínima critica, pero no somos mejores porque estamos infectados del mismo mal. No son los Abascal y Casado --y Rivera cuando se pone intenso--, somos nosotros que hemos dejado de valorar la verdad y la honestidad como patrimonio de la política. Nos hemos pasado en masa al ilusionismo. Así nos va.

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