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Margaritas y colillas

El mundo no se divide entre “sincebollistas o concebollistas” —aunque resulte divertido entrar al debate gastronómico que mejor ha cuajado en este país—, se divide entre los que hacen el camino paso a paso —aunque este sea estrecho y lleno de piedras— y los que conducen a toda pastilla y se saltan todos los límites para llegar antes como sea. Y si tienen que echar del carril a todo el que se encuentren, lo echan. Y si atropellan a alguien, no pasa nada.  

César es de los primeros, caminante de fondo. Y una de las personas más talentosas, honestas e íntegras que conozco. Le debo muchos momentos de felicidad, todos esos en los que ha cocinado para mí. Para mí y para los míos, que son los suyos, lo es cada cliente que entra a comer a uno de sus dos restaurantes.

César Martín es cocinero de verdad, de los que ponen el corazón en el puchero. Y como hacen los grandes, procura rodearse de personas tan honestas como él, profesionales que comparten su modo de hacer: la búsqueda de la excelencia mediante la calidad, la creatividad, el esfuerzo y la pasión. Él y su equipo disfrutan tanto de lo que hacen que ese sabor impregna cada plato que sirven.

Esto es lo dulce, vayamos con la cara agria de la historia. César ha decidido contar en su noticiero que uno de sus dos restaurantes no va bien.

En una conversación cruda e íntima con un miembro de su equipo, muestra con total transparencia lo que hay, tal y como hace con su cocina, en la que puedes ver a través del cristal cómo preparan lo que vas a comer…

Reflexiona en voz alta y se pregunta qué ha podido fallar. Plantea posibles soluciones, incluso la más dolorosa, cerrar. Lo hace con dolor y sin dramatismo, con honestidad y sinceridad… ¿Qué locura, no? ¡Con lo poco que vende el fracaso! Con lo importante que es contarle al mundo que te va de cine, porque el éxito hace que todos quieran estar a tu lado, incluso quienes no te aprecian se pegan a tu triunfo como moscas a la miel…

Todos sabemos que, aunque encontremos margaritas en el camino —que las hay—, siempre se cuela alguna colilla. El paisaje vital no es idílico, mucho menos perfecto

Pues él ha sido valiente, necesitaba contarlo y lo ha hecho y es un testimonio luminoso, porque en tiempos de postureo enfermizo, de ponerle a la verdad filtros que nos muestran más jóvenes, más guapos y más felices de lo que somos, que alguien reconozca un bache en el camino es valioso a más no poder.

Hace unos días, publiqué en Instagram la foto de unas margaritas en una pradera —adoro esa flor porque me transporta a mi infancia de un vistazo— y alguien muy observador me dijo: “se ha colado una colilla entre las margaritas, una intrusa no deseada”.

Estoy segura de que, de haberla visto yo —esa manía mía de hacer cosas sin gafas— la habría quitado para no estropear la escena. Y la foto habría quedado más limpia y más bella, pero yo habría falseado la realidad. Todos sabemos que, aunque encontremos margaritas en el camino —que las hay—, siempre se cuela alguna colilla. El paisaje vital no es idílico, mucho menos perfecto. 

César ha decidido continuar, seguir caminando, porque cree en una manera de trabajar que es también su manera de estar en el mundo. Y yo lo celebro. Y deseo que dentro de un año haga ese otro vídeo en el que cuente que ha podido, que lo ha conseguido, porque la gente que mueve el mundo es la que lo recorre con honestidad, y da gusto pisar el mismo suelo que ellos pisan.  

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