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Una mariposa para Elon Musk

El hombre más rico del mundo se ha comprado Twitter. Si yo tuviera preparada una lista de deseos caros —por si algún día llego a ser la mujer más rica del mundo, lista que no tengo porque soy tan descreída como poco previsora—, estoy casi segura de que nunca incluiría en ella una red social.

Pero claro, ¿qué puede desear con ilusión alguien como él, que tiene hasta una misión espacial propia? Elon Musk debe de ser el típico tío pesadilla que te invita a su cumpleaños y te amarga la existencia: “¡Qué le regalo yo a Elon, si tiene de todo!”.

Y pierdes dos tardes de tu vida orbitando por varias tiendas, al borde de la fascitis plantar, con un dolor de cabeza tan intenso como tu frustración, para acabar comprando un termómetro de infrarrojos para vinos —aunque sabes que lo vas a devolver al día siguiente—. Al final apareces en la fiesta de Elon con una tarjeta de regalo y una conclusión: “que se compre lo que le salga de las narices o que tire la tarjeta al contenedor de plásticos y se vaya al hiperespacio” porque a ti ya te da igual todo y solo quieres tomarte un tinto de California.   

La compra millonaria de Elon Musk y sus presuntas intenciones al frente de su nueva adquisición han abierto un larguísimo hilo de comentarios, debates, reflexiones, chistes, memes, tertulias, “terturras”… Que si el personaje -vaya personaje-, que si esa red social y todas las demás, que si los nuevos modos de informarnos, de comunicarnos, que si qué tóxico es todo… Y en algún momento surge el dilema moral salpicado de melancolía: “¿En el mundo analógico vivíamos mejor?”.

El otro día, paseando, me encontré tirado en la acera un pequeño artefacto de papel, un juego de mi niñez, un objeto inconfundible. He investigado y en algunos lugares lo llaman “comecocos” o “sapito”. Yo lo llamaba “mariposa”. ¡Cuántas veces jugué con mis amigas a la mariposa de las preguntas y las respuestas! El artefacto es este y quizás usted lo reconozca también:

Cortábamos un papel, lo pintábamos de colores, le adjudicábamos números y escribíamos frases en sus solapas. Después conseguíamos, mediante varios movimientos, que aquel pequeño oráculo respondiera a cualquiera de nuestras preguntas sobre el presente o el futuro. Y jugábamos a creer en su veredicto, criaturas…

Si algún día me invita Elon a su fiesta de cumpleaños, voy a regalarle algo extraordinario, una mariposa de papel que responde a todas esas preguntas que nunca podrá contestar Google

Al ver aquella mariposita de papel volví a tener ocho años, así que la fotografié y publiqué la imagen en Instagram en busca de esa complicidad generacional que crean los recuerdos compartidos: “¿Os acordáis de esto?” pregunté.

Es curioso, con mi smartphone hice una foto digital de un objeto analógico a más no poder y la publiqué en una red social en Internet. El pasado y el presente entrelazados, lo artesano y lo tecnológico en un mismo espacio, lo físico y lo virtual coprotagonizando una escena de vida.  

Entre las respuestas de nostálgicos y nostálgicas de aquella infancia tan de EGB como la mía, se colaron dos testimonios de hoy. “Mi hija no para de hacerlos”, decía Pepe; “Juego cada semana con mis sobrinas”, confesaba Rocío. Y ellos sonrieron virtualmente con emojis y yo, al leerles, sonreí físicamente con todos los dientes a la vista porque me entusiasma cada prueba de que, aunque el mundo virtual avance imparable, siguen existiendo los objetos que despiertan emociones y los niños que atesoran hoy recuerdos tan sencillos como imborrables para reencontrarlos mañana.

Si algún día me invita Elon a su fiesta de cumpleaños, que tendrá de todo pero da la sensación de que le faltan algunas cosas… voy a regalarle algo extraordinario, una mariposa de papel que responde a todas esas preguntas que nunca podrá contestar Google

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