Cuentos del aventurero y del detective

Qué mal nos contamos. No cabe otra conclusión de estas semanas de efemérides en las que hemos tenido que celebrar cincuentenarios y glosar vidas para el panteón de los ilustres. Quizá el periodismo cuente bastante bien el mundo —y uno está convencido de que es así, de que lo hacemos razonablemente bien y mucho mejor que antes— pero este oficio se está contando bastante mal a sí mismo. Se insiste aquí una vez y otra en que el periodismo solo es procedimiento y se pasma cuando una de las redacciones que mejores periodistas ha alumbrado en España, la de El País, celebra sus bodas de oro sin mención alguna al periodismo como procedimiento, en beneficio de una glorificación de las firmas de opinión, que no son más que la fruta escarchada que desfila por las almenas para adornar el pastel.

Publicidad

La opinión es el menos periodístico de los géneros, por eso rara vez la ejercen los periodistas, a no ser como canonjía que engalana una carrera fecunda y exitosa y prepara la jubilación. Lo común es invitar a las secciones de tribuna y opinión a saberes expertos de distintos ámbitos, catedráticos de lo suyo, o plumas distinguidas de la literatura, cabezas que son referentes intelectuales a las que se les da toda la libertad y ningún método para la reflexión o el desahogo. Y no ha sido raro que envíen o dicten sus textos —muchos periodistas han tenido entre sus tareas la engorrosa labor de recoger dictados telefónicos y darles forma para que una firma famosa por actividades no escritas (la tele o la radio) saliese a la luz con subordinadas de relativo que respetaran la concordancia— y no pongan jamás un pie en la redacción. Es cierto que el articulismo produce autoría visible, porque tiene firma, estilo, frase memorable y temperamento, pero eso desplaza una evidencia incómoda: la mayor parte del periodismo importante nunca la hicieron escritores famosos sino redactores sin gloria ni panteón.

El fallecimiento de la periodista Soledad Gallego-Díaz ha sido la ocasión para que en las crónicas apareciese siquiera una mención a esa galera de esforzados remeros que es una redacción, hacendoso hormiguero que fabrica periódicos, antaño bullicioso y hoy mudo como una biblioteca, un monasterio o un funeral, donde aporrean teclas una legión de periodistas —a menudo, para enlucir textos ajenos de quienes tienen más prestigio que sintaxis y ortografía— y por la que rara vez aparece el gran opinador. La exdirectora de El País siempre hacía mención en sus discursos a esa factoría de los muchos cuando tenía que explicar dónde residían los haberes de este oficio. Que sea una mujer la que arroje esta mirada colectiva y respetuosa hacia el colectivo de los nadie no es casualidad. Porque si prestan atención a cómo nos contamos —mal—, acabarán ustedes pensando que el único periodismo posible es individual, es viril, es épico y está basado en dos arquetipos románticos (y por tanto, reaccionarios) de masculinidad controvertida: el del aventurero y el detective.

Publicidad

Es triste que, en el cincuentenario del diario más importante de la capital, no haya habido apenas mención al bizcocho del oficio y hayan abundado elogios y hagiografías a la fruta escarchada, a los intelectuales, poetas, profesores… —casi todos muy mayores y muy enfadados—

La caricatura de Ernest Hemingway patrocina una mirada sobre este oficio masculina, individualista y colonial, la del reportero de guerra, emisario de la metrópoli, que frecuenta trincheras y bares de hoteles de lujo —les aseguro que, al caso que nos ocupa, muchísimo más los segundos que las primeras— en países cálidos y convulsos, o, en general, el corresponsal en el extranjero, un oficio que, hasta que la llegada de internet delató el truco, consistía en resumir para el país de uno lo que los periodistas de la plaza contaban en sus medios en otra lengua. La mayoría de los corresponsales han sido, durante décadas, sagaces traductores y elaboradores de vistosos resúmenes de prensa. No es un reproche, siempre ha sido exactamente eso lo que se esperaba de ellos. La llegada de internet y el descubrimiento de algunos plagios de artículos en lengua indígena obligó a ponerse las pilas a los más holgazanes para trabajar con más pulcritud, pero no para trabajar mucho más, pues la actividad principal que se les ha requerido desde sus empresas siempre ha estado a medio camino entre la del flanneur y el bon vivant a gastos pagados.

Que uno de los libros sobre periodismo más populares, elogiados y vendidos en este país en los últimos años sea el de un corresponsal regresado rayando la cincuentena para dirigir un medio en Madrid y que cuente cómo, a esas alturas, descubrió los juegos de poder de las grandes cabeceras y los grandes capitales, para acabar narrando su encuentro con la realidad de la redacción que gobernaba con la pluma de la condescendencia —y el desdén— de un primer contacto con una ignota tribu indígena es una tragedia muy elocuente de hasta qué punto el arquetipo colonial de las novelas de Henry Graham Greene ha impregnado el oficio. Por cierto, aunque nunca fueron amigos, Greene fue compañero de estudios de otro gigante de la literatura británica, Evelyn Waugh, autor de la más inmisericorde y divertida de las novelas sobre el desempeño del corresponsal de guerra, ¡Noticia bomba!, Waugh diría luego de su melancólico compañero: “A Graham Greene le parecíamos fatuos y pueriles. Nunca participó en nuestras juergas universitarias”, según narra Michael Shelden en la entrada correspondiente a Greene del Oxford Dictionary of National Biography. Greene, que había sufrido un duro acoso en el internado durante la adolescencia y había intentado suicidarse en varias ocasiones, se sumió de adulto en la melancolía y en una cierta misantropía que lo acompañarían hasta el fin de sus días. Su biografía, como la de Hemingway, habla de esa condición individualista del destierro del corresponsal que ha acabado por romantizarse y volverse aspiracional para algunos oficiantes, pero que corresponde, de forma estricta, al encuentro del civilizado occidental con las violentas tierras de ultramar. Piensen en ello la próxima vez que lean sobre la relación de Hemingway con España, con los sanfemines, con el toreo o con la Guerra Civil. Porque, si lo analizamos con detalle, es un arquetipo este impensable sin la realidad del arco colonial de los siglos XIX y XX, y que ha dado más literatura que periodismo.

Publicidad

Entre paréntesis, me permitirán que malicie que quizá el capital financiero hoy propietario de casi todas las grandes cabeceras elija a los corresponsales veteranos para ponerlos al frente de las redacciones —costumbre que se está extendiendo— para evitar cualquier atisbo de solidaridad con los compañeros de una redacción de la que nunca formaron parte y en la que, en el fondo, nunca quisieron estar.

Por otro lado, el éxito de Woodward y Bernstein en The Washington Post, a los que se atribuye cobrarse la pieza de Richard Nixon —en realidad, dimitió porque se puso en marcha el impeachment contra él, años después de la exclusiva del escándalo Watergate—, acabó por afianzar el otro mito periodístico, el del periodista de investigación convertido en una suerte de Sam Spade, el atormentado detective privado de Dashiel Hammet, o el no menos taciturno Phillip Marlowe, de Raymond Chandler, a los que prestó rostro y gabardina Humphrey Bogart. Pero si saltamos por encima de la idealización del malditismo del investigador que duerme en el sofá del despacho y tiene una camisa de recambio en un cajón, las horas de lectura de expedientes, boletines, autos judiciales e informes técnicos son la verdadera y rutinaria pesquisa diaria del periodista que se respeta. Lo demás son dossiers que los servicios de seguridad colocan a periodistas afines con intenciones políticas patentes. Y la “exclusiva” es una etiqueta comercial heredera de la proclama callejera de los niños vendedores de diarios, peo no es una virtud periodística en sí misma pues el compromiso de un periódico con sus lectores es contar el mismo mundo que los demás pero mejor y una información es igual de buena y relevante para el lector al margen de cuántos medios den cuenta de ella.

Publicidad

En fin, el moralista de columna, el corresponsal extranjero y el investigador pendenciero son, en el mejor de los casos y exagerando su importancia, las hojas del rábano periodístico, pero han conquistado el imaginario colectivo por culpa nuestra, por la ausencia de un relato alternativo. Gente que llama por teléfono, comprueba datos, ordena agendas, habla con fuentes, edita piezas ajenas, titula, encaja páginas, rellena blancos por la escasez de texto o cercena perífrasis por la facundia de un corresponsal, y que regresa al día siguiente a hacer exactamente lo mismo es la sustancia de una redacción, el motor de la bestia informativa pero ha sido periclitada por un romanticismo bobalicón, masculino y colonial. La paradoja es fascinante porque el periodismo, que es probablemente el oficio moderno más colectivo y que más exige del compañerismo en su funcionamiento real —el maestro Mariano Guindal suele decir que “la mejor fuente de un periodista es otro periodista”— se cuenta a sí mismo mediante héroes individuales e irrepetibles, mediante elogios al talento y la osadía y nunca al trabajo silente e ingrato —lo ilustra, por ejemplo, Carlota Guindal, hija de Mariano, cuyas pestañas descansan hoy en las decenas de miles de folios de autos judiciales e informes de investigación a los que ha dedicado jornadas que se extienden hasta la madrugada; y como ella, cientos de compañeras en cada Audiencia Provincial o ayuntamiento de provincias— que conforman las decenas de páginas que produce todo rotativo a diario.

Es triste que, en el cincuentenario del diario más importante de la capital, no haya habido apenas mención al bizcocho del oficio y hayan abundado elogios y hagiografías a la fruta escarchada, a los intelectuales, poetas, profesores y novelistas —casi todos muy mayores y muy enfadados— a los que se ha prestado un púlpito para sus labores y humores, a los diletantes en ciudades lejanas y a los compañeros de francachela y combinados de policías y ladrones.

Aguas arriba de Vito Quiles y sus delitos presuntos y ufanos está esa hombría tremebunda de los aprendices de Ernest Hemingway

La paradoja es que hace unos años, esta romantización tan contraproducente se daba en un oficio marcadamente masculino, pero hoy el periodismo es, en términos sociológicos, un oficio ejercido por muchas más mujeres que hombres. De esa elegía a los atributos de la virilidad romantizada, la audacia individual y la supuesta insobornabilidad —a los periodistas nadie nos intenta sobornar (¡ojalá!) porque el capital hace mucho que sabe que es mucho más sencillo ser propietario de la cabecera— nace, por supuesto, la idea de que un escuadrista fascista que ejerce la violencia contra sus compañeros y contra los objetos de la información es “un periodista”. Es decir, aguas arriba de Vito Quiles y sus delitos presuntos y ufanos está esa hombría tremebunda de los aprendices de Ernest Hemingway. Un tipo, por cierto, que se voló la tapa de los sesos.

Qué mal nos contamos. No cabe otra conclusión de estas semanas de efemérides en las que hemos tenido que celebrar cincuentenarios y glosar vidas para el panteón de los ilustres. Quizá el periodismo cuente bastante bien el mundo —y uno está convencido de que es así, de que lo hacemos razonablemente bien y mucho mejor que antes— pero este oficio se está contando bastante mal a sí mismo. Se insiste aquí una vez y otra en que el periodismo solo es procedimiento y se pasma cuando una de las redacciones que mejores periodistas ha alumbrado en España, la de El País, celebra sus bodas de oro sin mención alguna al periodismo como procedimiento, en beneficio de una glorificación de las firmas de opinión, que no son más que la fruta escarchada que desfila por las almenas para adornar el pastel.

Más sobre este tema
Publicidad