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ETA ya no mata, lo que matan son las Urgencias sin médico

La realidad ha muerto, las noticias la han matado; o, por ser más exactos, ha acabado con ella el exceso de información, ese río revuelto de rumores y calumnias que corre por redes y redacciones, que lo salpica todo y está lleno de remolinos y pirañas. Lo llaman fake, a la apoteosis de lo falsificado, y es una forma de desprecio: quien manipula, cambia, deforma, tergiversa… siempre lo hace desde el convencimiento de que los otros son fáciles de engañar, unos incautos capaces de creer lo increíble y fumarse lo infumable siempre y cuando quien se lo ofrezca y le dé fuego sea de los suyos. Por eso hay quien apoya y vota a quienes van contra sus propios intereses, porque es de su cuerda, está en sintonía con su ideología. Al enemigo ni agua; al compañero de viaje, lo que pida.

La manifestación del domingo contra Isabel Díaz Ayuso y su guerra sin cuartel contra la Sanidad pública habría empujado a la reflexión a cualquier política o político honrados, pero quizá el problema es que no hay empujón que valga cuando estás al borde de un abismo. Así que su particular huida hacia delante consiste en no moverse, en defender lo indefendible y contra todas las evidencias. Y, por encima de todo, en mentir, mentir y mentir, da igual si se trata de mantener que las Urgencias de los ambulatorios funcionan a la perfección o, si no lo hacen, que es por culpa de las y los médicos y enfermeros que las sabotean, cuando todo el que tenga ojos ve el desastre que ha generado su despido de miles de profesionales y su apuesta desvergonzada por las clínicas privadas; o si se trata de negar la catástrofe de los geriátricos durante la pandemia, en gran parte debida a la orden de su Gobierno de no atenderlos en los hospitales, algo que no ven sospechoso los mismos tribunales que se atreven a secuestrar un sello de Correos que homenajeaba el centenario del Partido Comunista. No respetan ni a los muertos, ni a los vivos, ni a los que quieren morir, sólo a los no nacidos y a los criminales de guerra como Millán Astray, Queipo de Llano o el propio Funeralísimo, con cuya retirada de la vía pública no están nunca de acuerdo.

La manifestación del domingo contra Ayuso y su guerra sin cuartel contra la Sanidad pública habría empujado a la reflexión a cualquier política o político honrados, pero quizá el problema es que no hay empujón que valga cuando estás al borde de un abismo

Ayuso podría haberse puesto a pensar, mirarle a los ojos a la muchedumbre que salió a la calle contra ella y su ataque por tierra, mar y aire contra la Seguridad Social de la que estábamos, y con razón, tan orgullosos, y aceptar que cuando juegas con la salud de las personas estás cometiendo un atentado contra sus derechos y contra su propia existencia. Pero no, en lugar de eso, instiga a sus subordinados a despreciar la marcha, sentenciar que fue un fracaso, cuando las imágenes de la concentración demuestran absolutamente lo contrario, y a salirse por la tangente con la payasada de que “el noventa y nueve por ciento de los madrileños no la secundaron.” A punto han debido de estar de llamar a los presentes “anti-madrileños” igual que el dictador llamaba a sus víctimas republicanas “anti-españoles.”

Se es soberbio por falta de ideas, porque sólo desde la arrogancia se puede sustituir un argumento por un insulto a la inteligencia como los que ella acostumbra a hacer y que, cómo no, terminan por definirla. Aparecer al día siguiente del clamor popular en su contra y ponerse a hablar de la ETA deja claras dos cosas: su falta de ideas, escondida tras la repetición de tres o cuatro eslóganes que la hagan aparecer como defensora de la unidad de España y todo eso, y su escaso respeto por los demás, de quienes sólo parecen importarle quienes la lleven en procesión, la justifiquen y sostengan o, por supuesto, cubran de oro a la familia con avales sospechosos e intermediaciones que hacen crecer el dinero en los árboles del hermano, la madre o el padre. Tampoco han visto jueces y fiscalías nada digno de ser investigado en todo ello, ni en la tragedia de las residencias de ancianos: lo verdaderamente peligroso es el sello de Correos del PCE. Esto no lo mejora ni un chiste de Gila.

Habrá que ver si la baladronada que ha hecho fortuna por esas tertulias de Dios, “cuanto más se censura a Ayuso, más la votan” y el remate que rueda por ahí tras lo ocurrido el domingo, “con esto, mayoría absoluta”, lo confirman o lo desmienten las elecciones autonómicas y locales de mayo. Pero, de momento, que ella y los suyos —de dentro y de fuera— solucionen lo que, al parecer, para ellos es un simple trámite, mirando para otra parte, cambiando de tema y despreciando lo ocurrido, no parece que sea un camino que lleve a ninguna parte. Los centros de salud continuarán estando saturados, la atención nocturna no funcionará por falta de personal y de medios y su chapuza disfrazada de tecnología, consistente en suplir a los profesionales por ordenadores o tabletas electrónicas, traerá más desesperación, más sufrimiento y más dramas. Quién sabe si algo de eso le importa. ETA ya no mata, lo que matan son los hospitales sin plantilla, las listas de espera y las Urgencias sin médico.

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