Es hora de la altura política

En la recta final de agosto la situación se dibuja tal y como la imaginábamos antes de la necesaria parada de verano. Los indicadores comerciales en Europa apuntan el camino hacia la recesión, la inflación no cede, el final militar de la invasión rusa ni está cerca ni resolvería la crisis energética tras la decisión europea de evitar futuros chantajes y Europa se prepara para los peores escenarios del invierno. “Un invierno durísimo”, en palabras de Margarita Robles. Prepararse es un signo de inteligencia. Pensar e imaginar soluciones para evitar un impacto mayor sobre la economía y las familias es el trabajo de la política. Gran Bretaña, aún sumida en el caos de las primarias post Boris Johnson, hará un simulacro nacional de las restricciones de gas; la Alemania de Olaf Scholz lleva meses concienciando a los ciudadanos para resistir el cierre del gas ruso y promover el ahorro ante una factura de la luz que podría llegar a los cinco mil euros al año en cada hogar; medidas y discursos similares se escuchan de Finlandia a Francia. 

Emmanuel Macron, liberal y conservador en numerosas ocasiones, ha hecho la mejor síntesis del momento europeo. Se acabó la era de la abundancia. Se acabó “la liquidez sin coste” y “los productos y tecnologías baratas perpetuamente disponibles”. Se acabó el tiempo de las materias primas ilimitadas, desde el agua o los alimentos al aire sin contaminar. Se acabó dar por garantizadas las democracias como el mejor sistema de los posibles, defectuoso pero permanente e inmortal.  Se acabó dar por hecho el respeto a los valores universales y los derechos humanos. Se acabó ceder ante la demagogia como si no tuviera consecuencias. La libertad, la real –no la de las terrazas y los aires acondicionados– tiene “un coste y unos sacrificios”. Se acabaron las certezas. Y se acabó actuar como si todo esto no fuera con cada uno de nosotros. 

El fin de la abundancia y los excesos es la única evidencia cierta. Y ese fin conlleva la responsabilidad de los políticos, oposición incluida, con el bien común

Los incendios desaforados en España y Europa, la sequía atroz que ha secado del Miño al Ebro hasta el Danubio, los ganaderos y agricultores adelantando la vendimia, recogiendo la mitad de sus cosechas porque la otra mitad se ha perdido, o sectores productivos al borde de la quiebra por las condiciones climáticas han sido la noticia diaria del verano. Parecía que no pasaba mucho cuando estaba pasando todo. El fin de la abundancia y los excesos es la única evidencia cierta. Y ese fin conlleva la responsabilidad de los políticos, oposición incluida, con el bien común. En el tiempo de “varias crisis, cada una más grave que la otra” no caben mensajes frívolos o jugadas en corto. Y España no puede permitirse una oposición que anteponga su preocupación electoral al futuro inmediato de miles de familias. 

En España tenemos la suerte geográfica y geopolítica de no depender vitalmente del gas de Putin. En consecuencia, el ahorro en esta primera fase es de un 7% del gas y no un 14% como cualquier vecino comunitario. El Ejecutivo cometió un error anunciando un decreto al margen del consenso previo con los actores sociales, las comunidades autónomas y los grupos parlamentarios. Por dos motivos, para facilitar la transposición de las medidas y fortalecer el mensaje público de corresponsabilidad de cara al invierno. El PP tacha las medidas de "frívolas" y mantiene su voto en contra, como en la pandemia, la reforma laboral y ahora unas mínimas medidas de ahorro impulsadas por la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, por Alemania, por Francia y los expertos que refrendan las medidas en cada país. 

Con el fin de la abundancia, debería llegar el fin de los populismos. No es responsable que el Partido Popular ignore la realidad. Hay varias crisis europeas estallándonos en las narices y ninguna se resuelve con la fórmula de tumbar a Pedro Sánchez. La capacidad crítica de la oposición, la necesidad de propuestas serias de ahorro energético y reducción del impacto del cambio climático, los dos asuntos que condicionarán la legislatura y el futuro europeo, son cruciales para evitar que el Ejecutivo cometa errores. Esto ya no va de cortoplacismo electoral, va de responsabilidad política. Cualquier política puede condicionar la supervivencia de sectores productivos, el futuro de familias y municipios enteros en una España interior abandonada por las instituciones. 

Abordar el momento europeo y global pasa por evitar el corto plazo, por cercenar los discursos reaccionarios, por cuidar el bienestar social y prepararse de manera colectiva para una crisis común, por no jalear de manera irracional y emocional a la opinión pública, ampliando las grietas que tan bien explota Putin y su órbita de autocracias. Porque el fin de la abundancia implica el principio de responsabilidad. 

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