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¿A quién sirve Podemos?

César González Mendoza

A lo largo de estos últimos días se ha desarrollado en Podemos un amplio debate acerca de una cuestión, aparentemente procedimental, relativa a la conveniencia o no de separar las votaciones de los proyectos —políticos y organizativos— de la de los miembros de los órganos de dirección en la próxima Asamblea Ciudadana Estatal. Al respecto, hemos podido escuchar sorprendentes declaraciones acerca de la “poca honestidad” que supondría votar por separado e, incluso, más recientemente, el vago chantaje de que nuestro actual Secretario General podría renunciar a presentarse si no se vieran respaldadas todas sus propuestas. Hay algo que resulta inquietante en todo esto, y lo cierto es que bajo la apariencia de mera cuestión procedimental de la consulta, subyace un fundamento profundamente democrático que se está poniendo en tela de juicio.

La cuestión de fondo puede presentarse así: “¿Están los dirigentes al servicio de Podemos, que a su vez es una herramienta al servicio de la ciudadanía? ¿O por el contrario es Podemos el que está al servicio de sus dirigentes?”. Dicho de otro modo: ¿A quién sirve Podemos? ¿A sus dirigentes o a la ciudadanía? Me explico: si son los dirigentes los que sirven al partido —y eminentemente a su órgano soberano, la Asamblea Ciudadana—, entonces deberían estar dispuestos a servirle respetando sus decisiones, sean las que sean, pues en esto consiste la lealtad. Solamente desde una perspectiva según la cual es Podemos el que está al servicio de sus dirigentes puede concebirse aquello de que uno sólo puede estar en la dirección si se han impuesto sus tesis y que, de lo contrario, debe renunciar “por coherencia”. En este planteamiento, la Asamblea Ciudadana deja de ser el órgano soberano de Podemos, que delibera y toma decisiones políticas, para convertirse en una suerte de concurso de popularidad en el que los que ganadores gestionan el partido como si fuera de su propiedad mientras los perdedores se hacen a un lado. En este punto, es necesario ser claros: Podemos no es propiedad de nadie y en él no tienen cabida chantajes del tipo “la pelota es mía y me la llevo”.

La lealtad a la que hacía referencia más arriba no está reñida con la deliberación y el debate, todo lo contrario. Toda forma de lealtad verdaderamente democrática supone el debate y la deliberación, pero a la vez supone el compromiso de aceptar y asumir las decisiones mayoritarias, aunque no sean las propias. Esto lo saben bien los militantes de Podemos, que han tenido que luchar y defender como suyas decisiones con las que no siempre han estado de acuerdo, y aun así lo hicieron por el bien del proyecto y por respeto a sus órganos, en fin, por pura lealtad democrática. Pues bien, en Podemos, como organización democrática, el órgano soberano es la Asamblea Ciudadana, esto es, el conjunto de todos los inscritos. Todos los militantes, incluido el Secretario General, participan en sus deliberaciones y, de la misma manera, todos los militantes, incluido el Secretario General, acatan sus decisiones. Confundir la lealtad con la obediencia ciega y la renuncia al propio criterio constituye el mayor vicio de una organización. Discrepar en el debate y unirse en la acción, defendiendo las decisiones colectivas como propias, es la máxima expresión de lealtad; lo otro, pretender abortar el debate haciendo pasar la discrepancia por disidencia. Eso es puro servilismo y haremos bien en cuidarnos de él.

Resulta especialmente paradójico que aquellos que defienden la coherencia de renunciar a los puestos de dirección cuando no triunfan sus tesis afirmen defender al mismo tiempo un sistema proporcional de elección para los órganos de dirección. Los sistemas proporcionales están pensados, precisamente, para representar la pluralidad e integrar a las minorías existentes en la organización. Dado que la votación de documentos es necesariamente mayoritaria, se entiende que estas minorías que el sistema proporcional quiere incluir en los órganos no habrían visto sus tesis respaldadas en la votación de documentos y, en la citada lógica de la “coherencia”, deberían renunciar a estar en la dirección ¿Qué sentido tendría entonces este sistema proporcional? Como vemos, el razonamiento según el cual no se puede estar en una dirección sujeta a un mandato distinto al que se ha defendido hace aguas por todas partes.

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Por supuesto no se está criticando aquí la libertad de nadie para abandonar el proyecto cuando lo estime oportuno. Pero es necesario señalar que tal decisión no obedece a ningún imperativo moral de honestidad y coherencia del que haya que tomar ejemplo, sino más bien a la opción individual y libérrima de militar donde cada uno quiera, aquí, allá o en ningún sitio.

Para terminar y evitar posibles malentendidos. Soy consciente de que en muchos procesos internos —en todos los municipales y autonómicos exceptuando el caso de la Comunidad de Madrid— se han votado conjuntamente documentos y órganos. Puedo comprender las razones técnicas o de coyuntura que justificaron dicho proceder, eso no me preocupa. Lo que me preocupa es la defensa de todo esto por principio y, sobre todo, bajo el argumento de que “lo más honesto” es hurtarle a la Asamblea Ciudadana su capacidad de debatir democráticamente y de imponer su decisión a los dirigentes, convirtiendo así Vistalegre II en un plebiscito vacío en el que nuestros militantes e inscritos son tratados como menores de edad. Es en esa concepción donde sobrevive el peor espíritu de Vistalegre I, el de un Podemos al servicio de sus dirigentes, y superarlo debe ser nuestra primera tarea si queremos recuperar Podemos como una herramienta democrática para cambiar nuestro país. __________________________

César González Mendoza es Miembro del Área de Discurso de Podemos.

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