Decía Mariló Montero hace unos días en televisión que ella no necesita ningún estudio científico para saber cómo se transmiten el VHI, el sida y el VHS. Que cualquiera podría decir que ya estamos fuera de peligro, porque en pleno 2026 ya nadie tiene en su casa reproductores para esos virus. El hecho de que la mujer que aseguró que cuando se trasplantaba un órgano de una persona a otra se le trasplantaba también el alma de la persona fallecida no sea una experta científica no es algo que haya sorprendido a nadie en exceso. Lo que sí sigue sorprendiendo es cómo los medios –y en especial muchas televisiones– deciden hacer uso del estigma, de los bulos y del negacionismo científico para levantar un par de míseros puntos de audiencia aunque sea a costa de la imagen, la seguridad y la salud física y mental de comunidades enteras. 

Parece que lo busquen. Que necesiten desesperadamente una comunidad sobre la que existan prejuicios y estigmas para poder crear un circo de los horrores a su alrededor y crear un clima de preocupación y miedo que mantenga a la audiencia enganchada a la pantalla. Que requieran, también, crear polémica, siendo más importante dar unos gritos que la veracidad de las informaciones que puedan lanzarse. Para hablar de un tema tan serio como es el VIH no se dignan a llevar a un científico. O a un médico. O a un investigador. Tampoco se sientan a escuchar la opinión de una persona experta. Reconocen que ni siquiera esa es su intención, sino la confrontación, quedando claro con el rótulo que destaca: “Mariló vs Trakatrá, el asalto final”. Da igual el daño que podamos hacer, da igual los bulos que lancemos: lo que importa es que hemos rellenado cinco o seis minutos de tele. Eso sí, a pesar de estar Mariló tremendamente vetada y tener prohibido hablar porque vive en la época de la censura que le impone la izquierda. Lo sé porque lo dijo hace poco en La Revuelta, en La 1. También lo dice cada día por la mañana en Antena 3 y por la noche en Telemadrid. Si le censuran un poco más, va a acabar sustituyendo al Rey en su mensaje de Navidad. 

Para hablar de un tema tan serio como es el VIH no se dignan a llevar a un científico. Tampoco se sientan a escuchar la opinión de una persona experta. Reconocen que ni siquiera esa es su intención, sino la confrontación

Que le hayan cogido cariño al tema no nos resulta nuevo: vieron que funcionaba hace unas semanas con Eduardo Casanova. También lo tenían reciente de su trato a la viruela del mono. O de ese debate en el que Antonio Naranjo decía que si una persona era promiscua y tenía VIH tenía la obligación de contárselo a la gente con la que se relacionaba.

No queda tan lejos esa televisión que, a finales de los 90, tenía en pantalla a Alessandro Lecquio asegurando, entre risas, que había dado algún que otro bofetón a alguna mujer. Algo que antes no se veía tan mal, y que es una batalla que ahora, gracias al feminismo, parece estar algo más ganada que antes. Ya no veríamos normal un debate sobre si es aceptable o no pegar a una mujer. Tenemos claro que no lo es, aunque seguro que a muchos medios les encantaría poder volver a llevar ese debate a la pantalla para rentabilizar la polémica. No permitimos en nuestras pantallas a negacionistas de la violencia de género. Tampoco de la violencia vicaria, o del cambio climático, o de que la pandemia de covid-19 fue real. ¿Por qué con temas como el VIH o la serofobia sí lo aceptamos?

Entiendo que sentar a un científico o a un activista bien formado en un plató de televisión para informarse, escucharle y educar a la población de forma que se reduzcan estigmas y la vida de otros sea más fácil quizá se vea poco televisivo. Qué pena que, por el contrario, hayamos normalizado unos medios que se dedican a buscar grupos vulnerables a los que poder convertir en marginales, en enemigos, en los señalados, porque han decidido no evolucionar de una época en la que esa era su mejor baza para liderar en audiencia. Pero recordad: si el espectáculo sustituye a la ciencia, lo que se emite no es opinión; es irresponsabilidad.

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