Observar el mundo de Donald Trump supone convivir con el miedo y la incertidumbre, pero también con la necesidad de actuar de manera decidida en favor de la democracia y contra la desconvivencia. Después de soportar su intervención en Venezuela y de escucharlo amenazar a México, Colombia, Cuba y Europa, resulta muy difícil seguir creyendo en la justicia internacional y en las instituciones que imaginaron la posibilidad de un mundo en paz, respetuoso del derecho internacional y de la dignidad humana. Nunca hemos disfrutado de la perfección. Resultaba difícil no entender los intereses que se ocultaban en las viejas estrategias de Estado, capaces de dirigir un golpe militar o de ayudar a una dictadura. Pero también resulta difícil no entender ahora el cambio significativo que supone renunciar al pudor, al secreto, y actuar de forma pública, agresiva, bajo la única legitimidad de la ley salvaje del más fuerte. Se sustituye la política por el espectáculo.
Los torbellinos y la crispación invitan a confundir los asuntos en juego. Uno escucha discusiones en las que parece que alegrarse de la liberación de presos políticos venezolanos supone apoyar la violación internacional asumida por el Gobierno de Estados Unidos. Del mismo modo, parece que denunciar la agresión norteamericana implica defender un régimen basado en la represión y en las estafas electorales. Los asuntos se enredan a través de la crispación incluso en países como España, que ha sido un ejemplo de claridad, tanto a la hora de criticar la corrupción electoral de Maduro, acogiendo a muchas de sus víctimas, como a la hora de denunciar la violación del derecho internacional cometida contra Venezuela. Las dinámicas de confusión, muy apoyadas por la pseudoprensa, los telecaciques y los teleoligarcas, dinamitan las realidades más sencillas. 2 y 2 son 4 en las matemáticas de la democracia, pero en este vértigo te puedes ver acusado 22 veces de cómplice de una dictadura por defender el derecho internacional.
La manipulación del pensamiento y de las palabras envenena los conceptos de la libertad y la igualdad. No hace falta acomodarse a las viejas formas dictatoriales, porque las élites económicas están construyendo desde EE.UU una idea de la libertad democrática identificada con la ley del más fuerte, sin ninguna regulación legal que favorezca la igualdad y la fraternidad en la convivencia.
Esta manipulación del vocabulario no es nueva, como no son nuevos los asaltos imperialistas para apropiarse de las riquezas ajenas. Palabras como patria, nación, religión, creencias, idealismo, revolución o futuro han servido muchas veces para prepararle el terreno al allanamiento. Resulta difícil comprender la decencia del patriotismo que se niega a criticar los horrores cometidos en su nombre, ya sea en el pasado o en el presente. Y resulta difícil no reconocer que la barbarie externa, la acción internacional, suele ir de la mano de las injusticias interiores, ya sea en la cultura que domina las subjetividades, como en las inercias políticas que determinan la vida de un país, su convivencia o su desconvivencia.
Resulta difícil no entender ahora el cambio significativo que supone renunciar al pudor, al secreto, y actuar de forma pública, agresiva, bajo la única legitimidad de la ley salvaje del más fuerte. Se sustituye la política por el espectáculo
Entre los análisis que se han hecho estos días, no se menciona mucho que Donald Trump ha llevado a Nicolás Maduro a Nueva York, la ciudad que acaba de elegir como alcalde a Zohran Mandani, un político demócrata que defiende la justicia social y el antirracismo. Creo que para entender las política exterior de los EE.UU deberemos estar más atentos a lo que ocurre en su interior. No son nuevas las artimañas de los poderes nacionales que buscan enemigos exteriores para manipular la unidad en el interior de un país. Pero la falta de pudor marca también el sentido de esta estrategia en la que se legitima el imperialismo sin veladuras en nombre del petróleo ajeno. ¿Recuperará votantes Donald Trump con sus ferocidades? El asalto a la democracia de las élites económicas, que provoca injusticias interiores, desigualdades y desmantelamiento de derechos en los EE.UU, necesita imponer la cultura de la ley del más fuerte y del individualismo radical. Tú eres responsable único de tu triunfo o tu fracaso, y cualquier éxito personal supone la humillación de los otros.
El futuro del mundo depende de muchos factores. Y la dignidad europea frente a Trump, aunque no sea capaz de asumirlo la derecha española, es un factor importante. No se entiende tampoco la tibieza de los patriotas españoles ante una injusticia internacional que quiere convertir a Latinoamérica en el patio trasero de EE.UU. Pero más allá de todos estos debates, el futuro del mundo depende hoy más que nunca del interior de los EE.UU. Tendremos que ver si las injusticias interiores generan una reacción en favor de las políticas democráticas y de los apoyos sociales, o triunfa, por el contrario, la ley salvaje de las élites económicas y los teleoligarcas capaces de imponer su poder como la norma definitiva de una desconvivencia.
La lucha por la democracia depende también de la evolución política de los EE.UU en su interior. Lo cual debe ayudarnos a tomar conciencia también de la importancia de las dinámicas políticas en el interior de España y de Europa a la hora de opinar sobre la democracia.
Observar el mundo de Donald Trump supone convivir con el miedo y la incertidumbre, pero también con la necesidad de actuar de manera decidida en favor de la democracia y contra la desconvivencia. Después de soportar su intervención en Venezuela y de escucharlo amenazar a México, Colombia, Cuba y Europa, resulta muy difícil seguir creyendo en la justicia internacional y en las instituciones que imaginaron la posibilidad de un mundo en paz, respetuoso del derecho internacional y de la dignidad humana. Nunca hemos disfrutado de la perfección. Resultaba difícil no entender los intereses que se ocultaban en las viejas estrategias de Estado, capaces de dirigir un golpe militar o de ayudar a una dictadura. Pero también resulta difícil no entender ahora el cambio significativo que supone renunciar al pudor, al secreto, y actuar de forma pública, agresiva, bajo la única legitimidad de la ley salvaje del más fuerte. Se sustituye la política por el espectáculo.