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Ganar un debate y perder una elección

El próximo lunes, el centro de la vida política española se trasladará al Partido Socialista. Las primarias del PSOE van a suponer la oportunidad, por primera y única vez, de ver a los tres candidatos a la secretaría general enfrentarse en un diálogo abierto y con una fuerte controversia como punto de partida. A la hora de la verdad, los debates suelen aportar detalles bien distintos a los que resaltan los focos de la atención mediática. Hay una extendida tradición de querer siempre determinar la existencia de una figura vencedora del combate cuando, en realidad, este juego es mucho más complicado. En las últimas elecciones americanas, los tres debates presidenciales acabaron con aparentes claras victorias de Hillary Clinton, que iba además por delante en las encuestas sobre Donald Trump y, sin embargo, el resultado de las votaciones fue el inverso. Vale la pena plantear algunas reflexiones:

1. El resultado de un debate se suele medir de forma equivocada, con procedimientos poco convincentes. La fórmula más ridícula es la que emplean algunos medios basada en lo que deciden los lectores, oyentes o espectadores del propio medio. Siempre gana el candidato más cercano a las tesis defendidas por el medio en cuestión. ¡Qué sorpresón!

Cuando el resultado lo determinan periodistas o analistas políticos, de nuevo suele milagrosamente producirse una coincidencia absoluta entre su ideología personal y su evaluación de lo acaecido en el debate. ¡Qué casualidad!

2. Cuando el resultado se hace sobre una muestra científicamente representativa de los electores, el dato final tiende a provocar una grave confusión. En este tipo de trabajos no se hace la distinción clave, que es la de determinar si el debate ha provocado un cambio en el criterio de algún sector significativo de los votantes ¿Qué importancia tiene ganar aparentemente un debate si no conlleva cambio alguno en la intención de voto de los espectadores que lo han visto? Sería pura anécdota.

Podría darse un caso que no es extraño. El debate lo puede ganar supuestamente uno de los candidatos y, sin embargo, el beneficiado absoluto puede ser el otro. Fue lo que ocurrió en EEUU en las últimas elecciones. La mayoría de los estudios realizados daban a Clinton como ganadora pero, con los datos en la mano, es evidente que los debates sirvieron a Trump para captar los votos de algunas minorías que al final fueron determinantes para el resultado de las urnas. Fue lo que posiblemente ocurrió con la parte de los trabajadores blancos del Rust Belt, del norte del Mid West, que fue la clave que explica de la victoria del líder republicano.

3. Los debates electorales nunca acaban con una clamorosa victoria, porque no existe un único enfrentamiento. En realidad, en un debate surge un amplio número de confrontaciones determinado por los diferentes grupos que componen el tejido social. Por eso es ridículo pretender hacer una valoración conjunta. En el debate del lunes de las primarias del PSOE, casi dos de cada tres militantes ya tienen decidido votar a Susana Díaz o a Pedro Sánchez. Para ellos, va a dar igual lo que suceda, salvo que se produjera un inesperado acontecimiento extraordinario.

La discusión entre los tres líderes sólo puede ser determinante en realidad para dos pequeños colectivos. En primer lugar, para los que siempre son los más importantes, los indecisos, para los que es imposible adivinar qué último factor va a ser el decisivo para llevarles a una u otra opción. El segundo grupo influenciable es el de los que apoyan a Patxi López. Sus componentes saben de sobra que no tienen posibilidad alguna de ganar y que su voto sería poco significativo. Por tanto, cabe pensar que una parte de ellos puede escuchar el debate en busca de cambiar su preferencia actual. Por otro lado, Patxi López y su equipo, entre los que hay gente con gran preparación en la materia, conocen perfectamente la situación. El sentido común lleva a pensar que buscarán un acuerdo negociado días antes de la votación para trasladar a sus seguidores a una de las dos alternativas y, con ello, desequilibrar la balanza. Aquí, más que por el debate, el fiel de la balanza se inclinaría por una negociación política de despachos.

4. Estamos ante un peculiar evento. El interés por la convocatoria será máximo por parte de numerosos ciudadanos que no tenemos derecho a voto en la consulta. Es sólo para militantes. Pero, en realidad, lo que van a decidir es la elección de un liderazgo que sea capaz de concitar el apoyo de millones de españoles que, voluntariamente, no desean militar en el PSOE, aunque estarían dispuestos a votarle en unas elecciones. Esta es la mayor complicación: ¿Qué deben elegir los militantes participantes en las primarias? ¿Al líder que más sintoniza con sus ideas personales? ¿Al candidato más capacitado para arrastrar a las urnas a millones de españoles que han dejado de votar PSOE en las elecciones?

Un dilema similar lo van a tener los tres candidatos: ¿A quién deben dirigirse? ¿A los militantes para coincidir con sus ideas? ¿A los militantes para pedirles que piensen en lo que más puede hacer regresar a los votantes perdidos? Este será un curioso detalle que habrá que observar para analizar la estrategia de cada uno.

5. El gran problema que puede surgir en estas primarias es que el PSOE va a construir su apuesta programática después de una aguda batalla interna, ajena a las necesidades y exigencias del electorado español. El día 21, las primarias modelarán una pieza de un puzle que debe encajar posteriormente en el mapa nacional español. El peligro radica en construir una atractiva pieza que represente el sentir mayoritario de los militantes, pero que no encaje en el gran puzle nacional. Es lo que le ha ocurrido a Corbyn en Gran Bretaña y a Hamon en Francia. Aisladamente, dentro de la sede socialista la pieza cuadraba con el apoyo de la militancia, pero después trasladada al exterior no tenía encaje alguno en las sociedades británica y francesa.

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Para los debatientes, será extremadamente complicado articular un discurso con oyentes tan diversos. Su objetivo prioritario es ganar las primarias y, por ello, deben hablar a los militantes indecisos. Pero su discurso tiene que llegar puertas afuera a millones de ciudadanos progresistas interesados en el proceso y a los que habrá que integrar en un futuro no muy lejano.

6. El debate de este lunes tiene un gran valor de representación del actual momento que vive el socialismo en España. Una vez que empiece la discusión televisada se va a ofrecer a toda España una teatralización de lo que hoy en día es el PSOE.  Para los candidatos debe suponer una especial responsabilidad. Un crudo debate interno sobre la batalla encarnizada que vive el partido puede ser un magnífico ejemplo de apertura y transparencia. Y, a la vez, puede ser el escaparate perfecto para asistir a la autodestrucción del partido que ha liderado a la izquierda española mayoritaria durante los últimos 40 años.

Si el debate se radicaliza puede sin duda tener sus consecuencias. El lunes, por vez primera, los tres candidatos tienen conjuntamente una gran oportunidad en sus manos. Pueden ayudar a relanzar la deteriorada situación en la que se encuentra el PSOE. En dirección opuesta, pueden contribuir a que el espejismo de victoria de alguno de ellos no sea más que la antesala de una demoledora derrota electoral futura. No sería una novedad en Europa.

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