El ser humano es bueno por naturaleza. Cada vez que digo esto hay alguien que me mira y me dice: "Tú eres muy optimista". Como buena ingeniera que soy suelo responder con datos y contundencia: la biología, la neurociencia y la historia coinciden y confirman esta tesis. Pero pese a las certezas esgrimidas por estas ciencias, el sentir popular es el contrario: el ser humano es vil y malo. Así se explica que nuestra especie lidere guerras, aplaste al prójimo, destruya la tierra que lo acoge, y sea cruel y despiadado. Todos esos comportamientos no son mayoritarios aunque se presentan como universales. Esas formas de actuar son anomalías y no la generalidad. Nuestras vidas cotidianas están llenas de ejemplos de que en el día a día somos buenas personas, y en momentos críticos, como tras la dana, sin ir más lejos, solemos ser personas solidarias, comunitarias y generosas.
Pero, si esto es así, ¿entonces por qué parece lo contrario? Vivimos socialmente marcados por las noticias. La función de las noticias se ha consolidado como la de informar de los sucesos extraordinarios. En los medios consumimos información que nos da solamente una visión parcial de lo que sucede en el mundo, en nuestro país, en nuestro barrio. Solo nos cuentan lo que es excepcional, lo que se sale de lo corriente. Y nosotros convertimos eso en nuestro relato de la realidad. Pero, además, llevamos muchos años cultivando la idea de que somos malos por naturaleza, lo que ayuda a justificar cualquier maldad individual que destaque, a la par que desincentiva la respuesta. Netanyahu es malo, como todos, qué le vamos a hacer.
En este marco se desarrolla con más facilidad el concepto de salvador único que aportará ley y orden en un mundo lleno de personas malas por naturaleza
A través de la divergencia que existe entre el conocimiento y la intuición surgen muchas de las grandes revisiones metodológicas históricas. En el caso de la naturaleza humana, el ejemplo más representativo está en las investigaciones del historiador y divulgador holandés Rutger Bregman, recogidas en su libro Dignos de ser humanos. Bregman desmonta uno a uno los pilares científicos y culturales que han sostenido la narrativa dominante que retrata al ser humano como un ser egoísta y violento por naturaleza. Revisitando investigaciones académicas muy afinadas pero poco mediáticas, es capaz de demostrar que tanto el experimento de la prisión de Stanford —dirigido por Philip Zimbardo— como los estudios de obediencia de Stanley Milgram presentaron fallos metodológicos que se ocultaron. En ambos casos se forzó el resultado con la intención de probar la tesis de que el ser humano es malo. El éxito mediático de ambos estudios los convirtió en incuestionables, generando una suerte de profecía autocumplida sobre la maldad humana. Ambos estudios son de los años 60 y 70, y marcan el principio de un periodo en el que dejamos de hablar de amor como un acto político, se extinguen los relatos utópicos y pasamos a vivir entre historias distópicas. Todo esto nos lleva a buscar modelos de gestión social sobre una base errónea: la que acepta que el éxito viene de la confrontación y el odio.
En este marco se desarrolla con más facilidad el concepto de salvador único que aportará ley y orden en un mundo lleno de personas malas por naturaleza. Como dijo Trump durante su primera campaña presidencial: "We have some bad hombres here, and we're going to get them out" ("Tenemos unos bad hombres aquí y los vamos a echar"). —20 de octubre de 2016.
La idea de que el mundo va fatal y el ser humano tiene una naturaleza destructiva es clave en todo lo que está sucediendo ahora. La ultraderecha liberal ha utilizado ese constructo de la maldad humana para generar un discurso que antepone la protección a la libertad. Esa es la base del triunfo de N. Bukele en El Salvador. Mientras que formalmente El Salvador sigue siendo una república presidencialista con elecciones, el desmantelamiento de los controles institucionales y la eliminación de límites al poder ejecutivo llevan a la mayoría de los expertos a considerarlo un Gobierno de carácter autoritario. En un país en el que los niveles de violencia impedían a la ciudadanía caminar por las calles, la renuncia de derechos que implica un Gobierno autocrático puede resultar un precio razonable a pagar.
Pero en Estados Unidos, Argentina, Chile, Italia o España no existen esos problemas de seguridad ciudadana. Sin embargo, los "ur-fascistas", como los denomina Umberto Eco, han creado en estos y otros países enemigos ficticios que amenazan nuestra paz. También han implantado una falsa sensación de inseguridad que convenientemente han relacionado con esos enemigos. Y con esta fórmula han desarrollado ejércitos propios usando fuerzas de seguridad de control migratorio o policías locales y regionales. Con esos mismos argumentos se están justificando una serie de ataques y guerras que incluyen genocidios en directo como el de Gaza y ahora los combates en Irán. Hay hombres muy malos con los que hay que acabar y más vale ley y orden que libertad.
Volvemos a asomarnos al abismo de las dictaduras, y a la par florecen propuestas humanistas que proponen un mundo más comunitario y menos desigual
Pero el amor como proyecto político resiste. Desde hace una década crece una corriente que lo reivindica como elemento esencial de la construcción social. Si priorizamos la idea de que somos fundamentalmente buenos y estamos diseñados para la empatía y la cooperación, esa convicción puede transformar de raíz nuestras instituciones, desde las cárceles hasta las escuelas, como diría Bregman. Durante los años posteriores a la gran crisis económica de 2008 brillaron algunos liderazgos que defienden esta tesis. El maravilloso Pepe Mújica, que fuera presidente de Uruguay, nos dejó importantes reflexiones en el documental Frágil Equilibrio (2016), en el que ya se esbozan alternativas al sistema socioeconómico actual. En 2017, Jacinda Ardern en Nueva Zelanda se convirtió en la jefa de Gobierno más joven del mundo con una campaña que no se enfocó en los ataques al oponente, sino en un programa de cambio optimista. En España tuvimos a Manuela Carmena, que consiguió ganar las elecciones en 2015 y sacar al gobierno del PP del Ayuntamiento de Madrid con una campaña electoral basada en el amor y la comunidad.
Llevamos varios años con la sensación de que este tipo de liderazgos se habían desvanecido. Los bad hombres parecen superar al resto. Pero en el último año está teniendo lugar un cambio de narrativa global. Hablar de amor para enfrentar el odio se está convirtiendo en una corriente política real. "Hablar más de amor y menos de odio": así abría esta semana el presidente Pedro Sánchez la presentación de HODIO, una herramienta del Gobierno contra el discurso de odio, afirmando que la mayoría social está formada por "buenas personas" que no se dejan llevar por el odio, sino que se mueven por algo "mucho más poderoso": el amor. El presidente se suma a liderazgos como el de los Demócratas Socialistas en Estados Unidos, el de la presidenta de Irlanda, Catherine Connolly –ganó las elecciones en octubre con un discurso en el que prometía ser una "voz para la paz" y la justicia social–, y el del Green Party, que está disparado en las encuestas del Reino Unido con un discurso similar.
Estamos en un punto de giro de la historia. Volvemos a asomarnos al abismo de las dictaduras, y a la par florecen propuestas humanistas que proponen un mundo más comunitario y menos desigual. Las teorías económicas de Piketty se consolidan como ciertas en el momento en el que las cinco personas más ricas del mundo son bad hombres con tanto dinero que podrían acabar con la pobreza global. Como dijo la cantante Billie Eilish al recoger un premio en octubre pasado, en una gala donde estaban presentes algunos de estos hombres: "¿Si eres multimillonario, por qué eres multimillonario? Sin ánimo de ofender, pero sí, regalen su dinero". Y así, frente a los bad hombres, se levanta el amor, que aparece de nuevo como un acto político. De la Super Bowl de Bad Bunny, presidida por el cartel "Lo único más poderoso que el odio es el amor", al Congreso de los Diputados de España de la mano del presidente del Gobierno, que usó la frase para responder a Santiago Abascal. El amor será el final de los bad hombres y la continuación de un cambio histórico que interrumpió el desánimo impulsado por el capitalismo feroz de los años 70. Como decía la portavoz del Sindicato de Inquilinas el otro día en la asamblea de Madrid a una representante de Vox: "Vosotros funcionáis por dinero, nosotras por amor".
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Lucila Rodríguez-Alarcón es cofundadora y directora de la Fundación porCausa.
El ser humano es bueno por naturaleza. Cada vez que digo esto hay alguien que me mira y me dice: "Tú eres muy optimista". Como buena ingeniera que soy suelo responder con datos y contundencia: la biología, la neurociencia y la historia coinciden y confirman esta tesis. Pero pese a las certezas esgrimidas por estas ciencias, el sentir popular es el contrario: el ser humano es vil y malo. Así se explica que nuestra especie lidere guerras, aplaste al prójimo, destruya la tierra que lo acoge, y sea cruel y despiadado. Todos esos comportamientos no son mayoritarios aunque se presentan como universales. Esas formas de actuar son anomalías y no la generalidad. Nuestras vidas cotidianas están llenas de ejemplos de que en el día a día somos buenas personas, y en momentos críticos, como tras la dana, sin ir más lejos, solemos ser personas solidarias, comunitarias y generosas.