Palomitas en el Supremo

Uno tiene a estas alturas la certeza de que Ábalos colocó a su novia en empresas públicas de su dependencia y que en mayor o menor medida anduvo con Koldo en sórdidos chanchullos y tropelías, “chistorras” mediante. Si hubiera habido millones de euros no han aparecido y es improbable que aparezcan. No parece que los haya. Es una vergüenza para el Gobierno, para el PSOE y para quienes con ellos nos identificamos. Pero esto está lejos de ser el mayor caso de corrupción de la democracia, como afirma sin rubor el PP, ni una trama criminal extensa, ni un caso que corrompa severamente las instituciones…

Por lo comprobado hasta ahora, y con la reserva de que se encuentre más, no es mucho más grave, aunque sí más chusco, menos “elegante”, que lo que también sabemos que sucedió al mismo tiempo en el entorno de Isabel Díaz Ayuso. Alguien (Abalos, o Ayuso), se beneficia (por ejemplo, disfrutando por vía interpuesta de un piso de lujo en Chamberí ella, o de un apartamento en la Plaza de España, él) de los favores prestados por un corruptor (uno, un cutre empresario llamado Aldama; la otra, una multinacional que hace negocio con la salud, llamada Quirón). Ambos, Ábalos y Díaz Ayuso, utilizan los servicios de asesores pagados con dinero público, unos chicos para todo acostumbrados a trabajar uno en los bajos fondos (Koldo), otro en los despachos de mullida moqueta (MAR); los dos – calidad capilar aparte – esbeltos y de buen comer y buen beber.

Las cosas siempre salen mejor para los pillos y los corruptos

Pero uno tiene siempre la sensación de que por el lado derecho las cosas siempre salen mejor para los pillos y los corruptos. Mientras la consecuencia de la denuncia de las supuestas corruptelas y presuntos tejemanejes de la pareja de Ayuso han terminado con el fiscal general del Estado inhabilitado por el Tribunal Supremo (cinco a dos, recordemos), aquí parece inevitable que ese mismo Tribunal (de nuevo con una mayoría de cinco magistrados conservadores frente a dos progresistas), condene severamente a los acusados. Y uno revive también la rapidez y la eficacia de aquel tribunal, durante los interrogatorios a los testigos del “caso fiscal general”, sin considerar los testimonios de los periodistas obligados a decir verdad que afirmaron explícitamente que el fiscal no había filtrado nada. Los conservadores no les creyeron.

Qué contraste con el espectáculo de esos interrogatorios de horas –ocho en el caso de Aldama, que podría incluso librarse de la cárcel con un pequeño empujoncito de sus señorías conservadoras– dejando que España entera escuchara irrelevancias, vulgaridades, acusaciones infundadas, insultos incluso, sin que nadie las interrumpiera ni pidiera orden ni llamara a la cuestión. Faltaban las palomitas.

La cita clasista e impropia – y casposa también – del fiscal en su alegato final, del famoso cuplé de “la chica del 17”, terminó por asentar mis sospechas. Aquella frase –“de dónde saca pa’tanto como destaca”– que Luzón usó para ilustrar su acusación, venía a decirnos algo así como “de qué coño vais, desarrapados, cómo se os ocurre”. Entre los delincuentes, más que en cualquier ámbito, también hay clases. Y hay jueces que no quieren que se nos olvide.

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