Emiratos Israelíes Unidos Alejandro López Canorea
Este fin de semana fui a ver el biopic de Michael Jackson. Sesión en versión original. Sala llena. La gente salió con esa sonrisa de quien ha vuelto a tener quince años durante dos horas. Se cantaron los estribillos. Casi se bailó en los pasillos. Al terminar, flotaba una conclusión sencilla, cómoda, redonda: qué pena haber perdido a un genio tan pronto.
El genio lo tapa casi todo. Tapa los guantes, las máscaras, las habitaciones imposibles, los silencios caros, las acusaciones, los juicios, las zonas oscuras donde uno preferiría no encender la luz. El talento, cuando es inmenso, funciona como una coartada sentimental. No absuelve, pero abriga. No borra, pero difumina. Uno sale del cine tarareando y, por un rato, decide no preguntar demasiado.
Hay personas con un don inquietante: consiguen que el mundo sienta la necesidad de perdonarlas. No de comprenderlas. No de contextualizarlas. Perdonarlas. Es un superpoder peligroso. Lo tienen algunas estrellas, algunos reyes, algunos presidentes, algunos vecinos del quinto que siempre saludan con una sonrisa y luego votan en la comunidad como si administraran el Congo Belga.
A Barack Obama, al que sigo admirando pese a todo, se le concedió una elegancia moral incluso cuando la guerra se volvió quirúrgica y semanal. La corbata bien puesta ayuda mucho a que un dron parezca una decisión complicada y no una ejecución remota. Más de cinco mil muertos con daños colaterales de casi un 20% fruto de sus Terror Tuesdays.
Mi madre, que era una mujer de una justicia doméstica implacable, defendía al rey emérito porque –decía– bastante mal trago le habían hecho pasar con lo de las amigas, los dineros y las cacerías. No era monárquica de manual. Era algo más resistente: era española de sobremesa. Y en España, si alguien cae desde muy alto, siempre aparece una tía con rebeca diciendo que tampoco hacía falta humillarlo.
A Isabel Díaz Ayuso le ocurre algo parecido, aunque con menos elefantes y más vermú. Tiene esa inmunidad castiza que convierte cualquier reproche en persecución y cualquier sombra en envidia. Las residencias, el ático, los contratos, los silencios: todo rebota en una superficie esmaltada de simpatía. Hay políticos que comparecen. Ella aparece. Y aparecer, en política, es ya media absolución.
Ayuso tiene esa inmunidad castiza que convierte cualquier reproche en persecución y cualquier sombra en envidia. Las residencias, el ático, los contratos, los silencios: todo rebota en una superficie esmaltada de simpatía
Felipe González también tuvo su propio incienso. Durante años, demasiados estuvieron dispuestos a aceptar que ciertas cloacas eran túneles necesarios para que España respirara. La razón de Estado siempre ha sido una gabardina muy útil: cabe casi todo debajo y, además, estiliza.
Incluso Hermann Göring, que no era precisamente un tertuliano con exceso de vehemencia, terminó fascinando a Douglas Kelley en Núremberg. No porque el mal sea seductor en abstracto, sino porque la maldad rara vez se presenta despeinada y oliendo a azufre. La maldad muchas veces llega puntual, se sienta recta, habla con educación, mira a los ojos y pregunta si puede fumar.
Ese es quizá el descubrimiento más incómodo: la atrocidad no siempre viene con música de órgano. A menudo la comete gente normal. Gente simpática. Gente inteligente. Gente que da buenas cenas. Gente que recuerda tu cumpleaños. Gente que, al día siguiente de firmar una barbaridad, te recomienda una novela estupenda.
Pero hay otra condena más vulgar y, por eso mismo, más cruel. La de quienes no reciben nunca ese indulto de la piel. Personas que hagan lo que hagan dejan en los demás una sospecha previa. Si resisten, son soberbias. Si pactan, son tramposas. Si ganan, han engañado. Si pierden, lo merecían. Si callan, ocultan. Si hablan, manipulan. Si sonríen, impostan. Si no sonríen, amenazan.
Hay políticos a los que se les perdona antes de juzgarlos y otros a los que se les condena antes de escucharlos. Y conviene admitirlo: una parte enorme de la vida pública es cuestión de piel. De química. De gesto. De esa cosa irracional que hace que a uno le creamos la lágrima y al otro le pidamos factura del pañuelo.
En el caso de los personajes públicos, esa química no nace sola. La fabrican, la barnizan o la destruyen los medios. Unos convierten la soberbia en liderazgo. Otros traducen la paciencia como cálculo. A unos les llaman supervivientes; a otros, resistentes sólo cuando ya están enterrados. Hay editoriales que hacen milagros de maquillaje. Hay portadas que son confesores. Hay tertulias que reparten halos como quien reparte pinchos de tortilla: este sí, este no, este nos cae mal.
Y entonces aparece la paradoja. A algunos se les disculpa la falta de escrúpulos porque tienen gracia. A otros no se les perdona ni la disciplina porque carecen de encanto para sus jueces. Hay quien puede romperlo todo y seguir siendo “auténtico”. Hay quien cose, zurce, aguanta, pacta, traga sapos, evita incendios mayores, sostiene un país lleno de cristales rotos, y aun así sale en la foto como culpable.
Culpable de no gustar.
Culpable de durar.
Culpable de haber aprendido a sobrevivir.
La política española está llena de santos con sumario y villanos con presupuestos aprobados. Pero el juicio sentimental rara vez atiende a los hechos. Atiende al relato. Al brillo. Al coro. A ese halo que unos reciben de nacimiento y otros no consiguen ni pagando el IVA.
Qué falta nos hace a veces ese halo, presidente. Un poco de luz prestada. Un poco de indulgencia ajena. Un poco de esa misericordia nacional que convierte a los pecadores simpáticos en genios incomprendidos y a los hombres útiles en sospechosos habituales.
________________
José Manuel Nevado es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.
Lo más...
Lo más...
LeídoEl juez rechaza archivar el caso de Begoña Gómez e insiste en que la juzgue un jurado popular
infoLibreEl fiscal jefe de Anticorrupción dice que es "posible" la atenuante "muy cualificada" para Aldama
Álvaro Sánchez CastrilloTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirla¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.