Réquiem político del “trumpismo”

Hungría no cambió de gobierno porque un buen día amaneciera de humor europeísta, ni porque las redes sociales obraran el milagro democrático entre un vídeo de perros y otro de recetas. Cambió porque hasta los regímenes que se creen eternos acaban teniendo un problema vulgar: la gente se cansa. Y cuando la gente se cansa de verdad, el decorado sigue en pie, pero ya no impresiona a nadie.

Durante años, Viktor Orbán gobernó como gobiernan los que empiezan ganando elecciones y terminan administrando un estado de ánimo. No le bastaba con mandar: necesitaba que el país sintiera que resistirse era inútil. Ese era su verdadero éxito. No tanto la adhesión como la resignación. La vieja música del poder cuando se ha instalado en la moqueta y empieza a confundir el Estado con su sala de estar.

Por eso esta campaña húngara importa. Porque no ha demostrado que las redes sociales ganen elecciones —esa superstición la siguen vendiendo muchos gurús con tarifa de hotel y sonrisa de PowerPoint—, sino algo bastante más serio: que las redes sirven para pinchar la pompa del poder cuando el poder ya solo se tiene en pie por costumbre, aparato y miedo escénico.

La oposición encontró ahí una rendija. No era un terreno limpio, ni noble, ni particularmente edificante. Era internet: un lodazal con algoritmo. Pero incluso en el lodazal hay jerarquías. Y mientras Fidesz usaba las redes como usa el poder los espejos, para contemplarse y repetirse, Tisza las utilizó para algo mucho más útil: para convencer a los húngaros de que Orbán podía perder. Que parece una obviedad, pero no lo es. En política, la derrota del poder solo empieza cuando deja de parecer ciencia ficción.

Fidesz hablaba en redes como hablan los gobiernos que llevan demasiado tiempo tratándose de usted a sí mismos: solemnes, ofendidos, fatigados de tanta patria a cuestas. Mucho mensaje de fortaleza, mucho enemigo exterior, mucha épica de cartón piedra. Todo muy musculado, sí, pero con esa clase de musculatura que da el abuso del Photoshop político. El problema de las campañas basadas en asustar al personal es que, si uno insiste demasiado, acaba pareciendo el vecino pesado del rellano: al principio inquieta; al cabo de los años, provoca bostezos.

Tisza, en cambio, hizo algo mucho más eficaz: sonar menos a aparato y más a país. Menos a despacho y más a conversación. Menos a sermón y más a hartazgo organizado. Corrupción (de la de verdad), coste de la vida, servicios públicos, dignidad institucional. No era poesía. Era algo bastante mejor en campaña: lenguaje reconocible. En un tiempo en que medio continente produce discursos como si redactara cláusulas notariales, hablar claro empieza a parecer subversivo.

Y luego estuvieron los mítines. Esos artefactos antiguos que algunos daban por amortizados, como si un trending topic pudiera sustituir el viejo placer humano de comprobar que uno no está solo en su enfado. El mitin sigue teniendo una utilidad formidable: convertir la irritación privada en evidencia pública. Ponerle cuerpo, volumen y decibelios al descontento. Hacer visible lo que las encuestas apenas insinúan. El ser humano es animal de ritos y comunidad.

No hay tiranía blanda, populismo recio ni mayoría blindada que resista mucho tiempo el momento exacto en que el país empieza a mirar al poder con una mezcla de fatiga y guasa

Un gran acto político no siempre persuade, desde luego. Pero sí enseña músculo. Y, sobre todo, le roba al poder una de sus ventajas favoritas: la apariencia de inevitabilidad. El año 23 fue un ejemplo cercano. Porque los gobiernos longevos no solo administran presupuestos; administran atmósferas. Viven de instalar la sensación de que no hay alternativa, de que todo cambio es improbable, de que la historia ya se ha cerrado y casualmente tiene su despacho al fondo del pasillo. En cuanto esa atmósfera se resquebraja, el poder envejece de golpe. Empieza a parecer lo que es: una estructura, no un destino.

Eso fue lo que hicieron los mítines de la oposición húngara. No obraron ningún prodigio. Hicieron algo más pedestre y más eficaz: enseñaron que había mucha gente cansada al mismo tiempo. Y eso, en política, vale oro. Porque una cosa es estar harto a solas en la cocina y otra muy distinta descubrir que el vecino, el tendero, el estudiante y media plaza del pueblo están exactamente igual de hartos que uno. La indignación compartida tiene una pésima costumbre: termina votando.

Conviene no idealizar nada. Hungría no cambió solo por una campaña brillante ni por una coreografía bien ejecutada. Cambió también porque Orbán llevaba ya demasiado tiempo gobernando como si la historia le debiera un aplauso sostenido. Porque la inflación no se combate con patrioterismo de sobremesa. Porque la corrupción, por mucho que se barnice de soberanía, sigue oliendo a corrupción. Y porque los servicios públicos, cuando se deterioran, tienen la fea manía de recordarle al ciudadano que la propaganda no cura, no educa y no llena la nevera. Al menos fuera de Madrid.

La lección, por tanto, no es tecnológica. No va de TikTok salvando democracias ni de community managers derrocando autócratas entre un café y una reunión de métricas. La lección es bastante más incómoda para el poder: cuando una sociedad entra en fase de cansancio moral, cualquier canal eficaz de comunicación puede convertirse en una palanca de cambio. Las redes sirvieron para abrir la grieta. Los mítines sirvieron para que todo el mundo la viera.

Y ese es, en el fondo, el retrato de esta campaña. Un poder viejo, envuelto en su propia liturgia, repitiéndose con la convicción cansina de quien ya no escucha más voz que la suya. Y enfrente, una oposición que, por una vez, entendió que antes de ganar había que parecer posible. No parece una hazaña intelectual deslumbrante, pero visto el historial de tanta oposición europea empeñada en perder con exquisitez, casi merece una tesis.

Orbán no cayó porque las redes fueran modernas ni porque los mítines fueran masivos. Cayó porque ambas cosas juntas lograron algo letal para cualquier poder que se cree invulnerable: ridiculizar su pretensión de permanencia. Y no hay tiranía blanda, populismo recio ni mayoría blindada que resista mucho tiempo el momento exacto en que el país empieza a mirar al poder con una mezcla de fatiga y guasa.

Ahí es donde empiezan las derrotas serias. No cuando el poder deja de mandar, sino cuando deja de impresionar.

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José Manuel Nevado es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.

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