La sabiduría, el lenguaje y la naturaleza en Luis Feria

Manuel Rico

No existen jerarquías. Antología de poemas sobre flores, plantas y animales - Luis Feria

Edición de Jesús Munárriz y Genaro Talens. Ilustraciones de Pepa Izquierdo.

Hiperión. Madrid, 2026

Entre los poetas hoy desconocidos y muy relevantes de nuestra generación del medio siglo se encuentra el canario Luis Feria (Santa Cruz de Tenerife, 1927-1998), un autor que logró cierta relevancia en el panorama lírico español a partir de la obtención, en 1964, de un premio hoy inexistente: el Boscán. Un galardón de una gran importancia en la década de los sesenta que concedía el Instituto de Cultura Hispánica de Barcelona pese a la dictadura. Lo ganó con uno de sus libros más destacados, Fábulas de octubre. Del nivel cualitativo del Boscán dan buena idea algunos de los títulos de su “catálogo” de premiados: Salmos al viento, de José Agustín Goytisolo; Redoble de conciencia, de Blas de Otero; o Las horas muertas, de Caballero Bonald. No olvidemos que el título que lo inauguró en 1944 fue Nuestra elegía, de Alfonso Costafreda.

Luis Feria está, sin embargo, en la trastienda de los canonizados por la antología de Juan García Hortelano, trastienda que habitan nombres como César Simón, Carlos Sahagún o Julio Mariscal, por ejemplo. De situarlo en algún espacio estético de esa leva, sería en el que ocuparon los más empeñados en la renovación del lenguaje realista: Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Carlos Barral, por ejemplo. Su apuesta innovadora, su búsqueda de la palabra imprevista, de un lenguaje preciso, a veces juguetón, pleno de carga imaginativa, hacen de Feria un poeta de una singularidad extrema. Si bien en el año 2000, con el apoyo del gobierno canario, la editorial Pre-Textos publicó, de la mano de José Carlos Mainer, su obra poética completa junto a sus cuentos, esa circunstancia no logró evitar el silencio que ha opacado su memoria en el último cuarto de siglo.

Por eso, la aparición de No existen jerarquías a los casi treinta años de su muerte y con unas austeras y delicadas ilustraciones de Pepa Izquierdo, es un chorro de aire fresco y, hasta cierto punto, una llamada de atención en medio de un panorama, como el actual, poco propenso a lo imaginativo. Se trata de una antología “temática” preparada por los poetas Genaro Talens y Jesús Munárriz en la que toma el mando el canto a la naturaleza. La denomino temática porque trata de plantas (flores, arbustos, frutas) y animales, aves sobre todo. En lo vegetal descansa la primera parte de la antología, Poemas sobre flores y plantas, y el mundo animal asoma en la segunda parte, el “Bestiario” que se publicó, como antología y con carácter póstumo, en 1999 con un epílogo de José Hierro que los editores rescatan para este doble poemario.

Lo califico de doble poemario por estar constituido por dos bloques muy unitarios que, pese a tener el carácter de antologías, pueden ser leídos y considerados como poemarios. La primera parte la integran textos procedentes de siete libros, desde el citado Fábulas de octubre (1964) hasta Casa común (1991), pasando por su magistral volumen de poemas en prosa, Dinde (1983). La mayoría de los poemas son en verso y recorren un amplio muestrario, que va de la más delicada rosa hasta las más prosaicas higuera o a la cebolla, con un tratamiento muy alejado del realismo utilitario que en las Odas elementales, por ejemplo, aplicara Neruda. La ironía, el juego, la metáfora o la comparación, llenas de imaginería lingüística e imaginación, nos hacen percibir cada poema como una planta o una flor hecha de palabras y música. Expresiones de la jerga canaria se combinan con viejos vocablos de influencia hispanoamericana y con neologismos felices. Véase cómo describe una sandía: “qué pulpa tan procaz, qué zumo tan bermejo / diez mil pepitas brunas, dulzura del verano”. Así, la buganvilla, la higuera, la cebolla, la judía o el perejil conforman un universo de sensaciones, de colores, aromas y vibraciones que nos muestra cómo el poema puede ser, a la vez que lenguaje, un pequeño tesoro. Aun que son poemas escritos entre 1965 y 1991 procedentes de libros distintos, el conjunto muestra una coherencia y una unidad llamativas

Más allá del nombre

En “Bestiario”, el segundo bloque, baja la pulsión imaginativa y la tensión lirica para asentarse un cierto tono narrativo, más directo, tanto que algunos poemas, sobre todo la minoría de los escritos en prosa, bordean el microrrelato. También hay un enfoque más realista, más apegado a lo cotidiano, a la anécdota aunque nunca deja los interrogantes metafísicos, su preocupación por acercarse al misterio de lo poético (así en “Pájaro”: “Mirándolo das fé, / él es tu certidumbre, / existes porque es”) o por no dejar de lado el humor y la ironía, tal y como ocurre con la gallina (“La gallina palurda / anda despatarrada por su barrio, / sin medias, la cresta descompuesta”) o con los grillos: “Y como no habían ensayado en su vida, toda la grillería era un desastre, un guirigay y rascatripas; vaya lata con su guitarrín”.

En el fondo, el recorrido que Luis Feria (los antólogos) aborda alrededor de esos seres que pueblan la naturaleza (doméstica o salvaje), sean plantas o sean animales, es una reflexión sobre algunas verdades de la existencia: el amor, la amistad, la muerte, el miedo, la alegría, la infancia, la memoria. La iniciativa de Hiperión rescatando esta rara antología de un poeta raro como Luis Feria es un servicio al mundo de la literatura, a las jóvenes generaciones. La dicción y el ritmo, la altura de las metáforas y comparaciones, el equilibrio entre humor y gravedad, hacen de No existen jerarquías un libro invitador a la lectura sosegada, incluso divertida, y a viajar en busca del resto de su obra. Para conocer a Luis Feria, un olvidado no olvidable. Hierro lo dejó escrito en el epílogo felizmente rescatado: “La sorpresa, el hallazgo, la palabra mágica, poéticamente exacta, está aquí”. Lo dijo de “Bestiario”, pero seguro que hoy lo haría extensible a todo el libro. Seguro.

*Manuel Rico es escritor.

Manuel Rico

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