Un Gobierno molesto

Alguien ha debido de pensar que todas las plagas bíblicas que han azotado a Pedro Sánchez desde que llegó a la Moncloa no lo han victimizado como debieran y que sus potenciales votantes necesitan identificar a un gigante de varias cabezas que quiere zamparse de un bocado al presidente y a todos sus ministros. El objetivo no es otro que hacer reaccionar a la izquierda, que salte del jergón y asuma como propio el reto de defender a un Gobierno molesto para los poderosos, ésos que saquean a los trabajadores cuando encienden la luz o que intentan torcer la voluntad a la democracia atrincherándose en la cúpula judicial. Fumándose un puro además, que es el detalle visual que añadió el presidente en la última entrega del relato.

Mal pensado no está. Pero el problema que tiene la política de laboratorio es que a veces tropieza con los acontecimientos. Algunos se presentan cuando menos te lo esperas, en forma de centenares de hombres negros intentando cruzar a cualquier precio una frontera prohibida. Y otros están previstos, pero impactan más en este contexto: las grandes avenidas despejadas para que desfile el más poderoso de los poderosos hombres blancos.

Episodios reales que revientan el guion recién estrenado. Porque Pedro Sánchez es un líder internacional que abraza y comparte mesa y mantel con los mandatarios de las grandes potencias del mundo, ¿cómo cuadra eso con el humilde traje de débil David enfrentado a Goliat que quisieron colocarle unos días antes? El relato no engancha porque encierra algunas contradicciones: si busca diferenciarse del PP, ¿por qué termina confundiéndose con los gobiernos populares cuando justifica, a fuerza de equilibrismo dialéctico y frases hechas, una inhumana política de fronteras?

En las últimas intervenciones del presidente hay una apelación directa a “los progresistas” para que protejan al Gobierno que les protege; el de los ERTE, las subidas del SMI, la revaloración de las pensiones y la eutanasia que, llegados al tercer año de la legislatura, no han resultado ser por si solas razones suficientes como para que la coalición de PSOE y Unidas Podemos se sitúe por delante en las encuestas. “La inflación se lleva por delante a gobiernos”, admite en privado un ministro, después de dos planes anticrisis y con los periodistas preguntándole si están preparando nuevas medidas. ¿Alguien recuerda ya el paquete del sábado que moviliza 9.000 millones de euros para contener el IPC?

Quizá para movilizar a la izquierda lo que se necesita no es tanto victimizar al presidente como resolver los problemas de las víctimas de esta crisis. Y evitar que el Gobierno incómodo para los poderosos termine siendo molesto para quienes le votaron

Los anuncios de la semana pasada cayeron como gotas en el mar, que es lo ocurre con la mayoría de los hitos de la agenda reformista de este Ejecutivo en minoría. Lo que en otro tiempo se llamaba geometría variable ahora supone aprobar leyes a trompicones, negociaciones con más de diez grupos parlamentarios, en las que casi todo cuenta, incluso un voto equivocado del PP. En la coalición cohabitan además dos culturas distintas, sin un relato compartido ni demasiada intención de construirlo. El resultado es siempre el mismo: cuando la norma en cuestión sale adelante, lo que permanece en la conversación pública es la resaca de los tira y afloja más que su contenido. Es como una bonita noche en un cine de verano con unos cuantos grillos al lado. ¿Qué recuerdo queda? ¿El argumento de la película o la molestia permanente de los grillos?

Por supuesto que hay un sector conservador de la judicatura que, en connivencia con el PP, se resiste a representar a la mayoría legítima de la Cámara en el CGPJ y claro que las grandes corporaciones eléctricas no tienen corazón ni sensibilidad social. Eso lo sabe el electorado de izquierdas, lo que quizá no termine de entender es todo lo demás. Las idas y venidas en el discurso, el pulso permanente entre socios, la fricción como modelo de convivencia y la carrera por apuntarse un tanto que al final nadie sabe en qué consistía. Quizá para movilizar a la izquierda lo que se necesita no es tanto victimizar al presidente como resolver los problemas de las víctimas reales de esta crisis y explicarlo con claridad. Y evitar que el Gobierno incómodo para los poderosos termine siendo un gobierno molesto para quienes le votaron.

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