El neoliberalismo nace y muere en Chile

Hay seguramente algo inevitable en la pulsión, frecuente estos días en redes y columnas de opinión, que lleva a utilizar un acontecimiento externo, en este caso la reciente experiencia chilena, para darse a uno mismo la razón y sentirse así reafirmado en sus principios: “Boric ha ganado porque ha hecho lo que siempre he dicho que había que hacer”. Poco importa que no siempre se haya dicho eso, o que eso que uno cree que ha llevado a la victoria en Chile no sea más que una proyección de sus propias obsesiones: para unos la unidad de la izquierda o la memoria de las luchas pasadas, para otros la transversalidad de un discurso plebeyo de mayorías, para unos más el no haber renunciado al significante izquierda en favor del populismo o, también y para algún que otro todavía, el hecho tozudo de que lejos de aferrarse a una nostalgia izquierdista pasada, y a las supuestas identidades firmes y estables que la componen, en Chile se haya sabido trenzar la diversidad de demandas, de sujetos y de deseos en una imagen de futuro compartido.

Por más que simpatice con algunas de estas lecturas y me exasperen otras, creo que viene bien distinguir entre, por un lado, un necesario análisis que permita aprender de experiencias de cambio político y, por otro lado, un clásico ajuste de cuentas local trasladado al escenario político de otras latitudes. Sea o no inevitable este ejercicio de autoafirmación mediante la experiencia chilena, todo indica que es aún más esencial contagiarse de su potencialidad sin restarle belleza al trasladarle nuestras propias disputas e impotencias. 

Armado, pues, de lo que entiendo es una sana prudencia, intentaré en lo que sigue no tanto proceder a un análisis de lo sucedido en Chile (me faltan datos, nos falta tiempo), sino a explorar una frase y una relación. La frase la leí en el muro de Facebook de un amigo, en el que se reproducía sin más una fotografía de, esta vez, una pintada en otro tipo de muro, el de unas casas: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”. Esta frase me lleva a pensar en una relación de ida y vuelta: por un lado, entre izquierda y neoliberalismo, es decir, en el juego de identificación política por el que el ‘nosotros izquierda’ se define como oposición al ‘ellos neoliberal’. Por otro lado, la relación inversa, es decir, la forma histórica por la que el neoliberalismo habría sabido disputarle con éxito (electoral o hegemónico) a las izquierdas elementos centrales del discurso político: libertad, modernidad, progreso, cambio o novedad.

Hay varias dimensiones de esta relación de ida y vuelta que me parecen centrales en tanto que remiten a lo que entiendo son cuatro desafíos para la izquierda. Veamos: 

El neoliberalismo habría dado una respuesta frente a la impotencia de la izquierda. Una respuesta perversa, falaz, negada después en los hechos, sin la menor duda, pero una respuesta que las izquierdas no supieron o pudieron dar

La primera tiene que ver con el gesto que lleva a nombrarse, pensarse y darse una identidad frente al neoliberalismo. La izquierda sería lo otro del neoliberalismo, su antagonista. Si bien esta identificación negativa del nosotros permite ir más allá de esquemas ideológicos y morales que enfrentan a las izquierdas con las derechas en un juego de suma cero, y habilita por tanto para centrar la mirada en procesos económicos y políticos estructurales, tiene el problema de ignorar o despreciar, al convertir el neoliberalismo en lo absolutamente otro del nosotros, aquellos deseos, demandas y aspiraciones socialmente amplios o mayoritarios a los que el neoliberalismo habría dado una respuesta frente a la impotencia de la izquierda. Una respuesta perversa, falaz, negada después en los hechos, sin la menor duda, pero una respuesta que las izquierdas no supieron o pudieron dar. Esta es, creo, una lección que cuesta aprender de las derrotas de las izquierdas continentales en la década de los 70 del pasado siglo, y que explica el duro y largo camino que, como señaló Stuart Hall, debían recorrer las izquierdas para su renovación. 

Por más que hoy, retrospectivamente, no podamos sino mirar con cierta nostalgia las políticas socialdemócratas de lo que se llamaron los treinta gloriosos (las tres décadas posteriores a la segunda Guerra Mundial de socialdemocracia, fordismo y Estado del bienestar), y que muchas de sus conquistas debieran ser, y no lo han sido, irreversibles, no podemos ignorar sus límites y, más importante aún, el hecho evidente de que el mundo de repetición, autoridad y desigualdad estructural que edificó esas políticas fue profundamente contestado no solo desde arriba por la ofensiva neoliberal, sino también desde abajo por movimientos sociales, culturales y políticos de muy distinta naturaleza. 

Es más, no se puede explicar el éxito de la ofensiva neoliberal sin esta previa crítica desde abajo al modo de regulación fordista o socialdemócrata. No se explica sin entender, en suma, que desde arriba se responde, al tiempo que se reprime, a un deseo (de libertad, de emancipación, de apertura de los horizontes de vida) fraguado tiempo atrás desde abajo. Asociar sin más estas formas de deseo al neoliberalismo (individualismo, egoísmo, posmodernismo, hedonismo pequeñoburgués, diversidad), en lugar de hacerse cargo de ellas para darles una respuesta emancipadora, lleva una y otra vez a las izquierdas a la impotencia política. 

Pero, se me dirá, el neoliberalismo no nace en Chile como respuesta a nuevos deseos, ni como victoria hegemónica ante un nuevo sentido común, sino desde la violencia que reprime y mata. Mostrando, de paso, que el neoliberalismo es no solo compatible con el autoritarismo o el totalitarismo, sino que los requiere históricamente para su despliegue. Que, a pesar de la cháchara hayeckiana contra toda forma de autoridad centralizada y de totalitarismo, son los tanques, y no el libre juego del mercado o la movilización de deseos individuales de libertad, lo que permite implantar una sociedad abierta neoliberal. Ante este relato sin duda cierto, al menos parcialmente, caben, creo, señalar dos o tres cosas. 

La primera es que no siempre el neoliberalismo ha venido de la mano de soluciones políticas autoritarias ni se ha mantenido con ellas. La represión y la violencia explican, sin duda, el caso chileno y la ola de golpes de Estado en Latinoamérica orquestados desde EEUU, como ayuda también a entender el caso británico, con la violenta represión de las huelgas de mineros a principios de los 80 a manos de Thatcher, o muchos otros episodios nacionales. Sin duda, pero la izquierda corre el riesgo de quedar atrapada en la autocomplacencia si ignora la potencia hegemónica del neoliberalismo, es decir, las formas por las que accede al poder sin hacer uso de la violencia sino de la persuasión, o la capacidad que ha tenido para mantenerse en el tiempo y convertirse, mediante el convencimiento más que la autoridad o la violencia, en sentido común. Los análisis, tan ciertos como parciales, que correlacionan directamente neoliberalismo y violencia de Estado tienden en no pocas ocasiones a emplearse más como recurso autoexculpatorio y consolador ante la propia impotencia (nada se puede hacer para ganar, el enemigo es poderoso, tiene la fuerza, tiene el poder) que como constatación histórica de esas formas en las que los Estados, o el capital empresarial y financiero, han recurrido a distintas formas de represión y guerra sucia para imponer agendas económicas. Por más evidente que sea el caso chileno como ejemplo paradigmático de uso de la violencia, debemos también leer la reciente movilización social y su posterior victoria electoral como otro ejemplo paradigmático: el de la fuerza popular y su capacidad de traducirse en institucionalidad, vale decir, en lucha hegemónica primero, en momento constituyente después y, por último, en victoria electoral. 

Hay algo también destacable en la relación entre neoliberalismo y autoritarismo. Como ha recordado Philip Mirowski reiteradamente (probablemente el gran historiador económico del neoliberalismo), los padres fundadores (porque, quitando a Ayn Rand, son todo padres) del neoliberalismo trabajaron siempre con una doble agenda, por un lado, presentaban el neoliberalismo como un desarrollo necesario de la crítica al autoritarismo en cualquiera de sus variantes (comunismo, nazismo, Estado centralizado keynesiano), por la otra, y nunca escrita, mantuvieron una afinidad instrumental con formas autoritarias para la implantación del neoliberalismo (el caso chileno, sin ir más lejos). Pero esta doble agenda de los padres fundadores habla de hipocresía y de fanatismo (el mercado autorregulado, una vez implantado, aunque fuese violentamente, produciría más libertad que la que negaba para implantarse), pero no permite dar cuenta de la relación específicamente presente que se ha establecido entre el neoliberalismo realmente existente y la ola reaccionaria y posfascista que recorre el mundo (representada, de nuevo, en el caso chileno en la persona de Kast, fascista neoliberal). 

No creo que esta ola reaccionaria derive de algún tipo de vínculo necesario con los principios ideológicos del neoliberalismo, ni siquiera de su afinidad instrumental con la violencia, sino de una circularidad necesaria entre las consecuencias sociales, culturales e incluso antropológicas del neoliberalismo y la respuesta posfascista que están despertando. Si el neoliberalismo es sinónimo de una constante disolución de los vínculos sociales, de una privatización del Estado, de la violencia no solo del desarraigo y la precariedad sino de la incertidumbre y la falta de goznes firmes en los que afirmar la existencia individual y colectiva, si, además, requiere de un espacio no sujeto a la competencia y la guerra individual de todos contra todos (el espacio doméstico familiar genelarizado como lugar para la producción del individuo neoliberal), entonces el neoliberalismo está generando una suerte de círculo vicioso entre sus políticas y las respuestas posfascistas que surgen como reacción a las consecuencias de estas políticas. Cuanto más socaba el neoliberalismo las bases en las que se construían las identidades colectivas, más eco tienen en nuestras sociedades las respuestas reaccionaras (a izquierda y derecha, dicho sea de paso): vuelta a la familia como sostén de las vidas y espacio de certezas (y consiguiente reacción y señalamiento a todo lo que representa un supuesto ataque a la estabilidad de la familia: lgtbi, feminismo, por ejemplo), vuelta a las formas de pertenencia esenciales (nacionales, raciales, comunitarias), incluso a los viejos valores industriales y protestantes (trabajo, fábrica, mundo obrero). 

Esta suerte de huida hacia adelante (neoliberal) y hacia atrás (reaccionaria), o este juego de desterritorialización o desestabilización social del neoliberalismo que acaba necesitando, como su otra cara de Jano, de formas discursivas, pero también sociales e institucionales, puramente reaccionarias o reterritorializadoras, no solo ha socavado la legitimidad modernizadora en la que se intentaban apoyar los apologetas del neoliberalismo y que constituyó su fuerza hegemónica, sino que ha atravesado igualmente a las izquierdas, explicando en buena medida la ola nostálgica que recorre... Twitter y algunas columnas de medios progresistas.  

Es seguramente crucial entender que la forma de combatir esta circularidad entre neoliberalismo y reacción no es ni señalando un vínculo ideológico necesario entre el neoliberalismo y el autoritarismo (error cometido habitualmente en la política madrileña frente a Ayuso) ni, menos aún, disputando a la derecha el contenido de esa reacción (con formas de nostalgia por la familia, el pueblo, la clase, el orden regulado del fordismo). Creo que la disputa pasa, precisamente, por aquellos significantes o imaginarios en los que el neoliberalismo ya no puede seguir apoyándose (es decir, en las expectativas frustradas por el mismo neoliberalismo) pero que constituyeron la clave de su fuerza hegemónica: libertad (como liberación de las rutinas, del trabajo y la repetición de las distintas formas de poder burocrático y estatal, también de formas de familia, de deseo y de construcción de sí opresivas) y modernidad (el futuro como continente de posibilidades de vida aún no realizadas), sin renunciar, por supuesto, ni a las conquistas sociales heredadas ni a los imaginarios de igualdad, seguridad y necesidad de certezas en los en los que se asentaron.

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Jorge Lago estudió Sociología en Madrid, París y Bruselas. Ha sido investigador en la Complutense y el CNRS francés, y es hoy profesor de Teoría Política Contemporánea en la UC3M, además de editor de Lengua de Trapo.

Hay seguramente algo inevitable en la pulsión, frecuente estos días en redes y columnas de opinión, que lleva a utilizar un acontecimiento externo, en este caso la reciente experiencia chilena, para darse a uno mismo la razón y sentirse así reafirmado en sus principios: “Boric ha ganado porque ha hecho lo que siempre he dicho que había que hacer”. Poco importa que no siempre se haya dicho eso, o que eso que uno cree que ha llevado a la victoria en Chile no sea más que una proyección de sus propias obsesiones: para unos la unidad de la izquierda o la memoria de las luchas pasadas, para otros la transversalidad de un discurso plebeyo de mayorías, para unos más el no haber renunciado al significante izquierda en favor del populismo o, también y para algún que otro todavía, el hecho tozudo de que lejos de aferrarse a una nostalgia izquierdista pasada, y a las supuestas identidades firmes y estables que la componen, en Chile se haya sabido trenzar la diversidad de demandas, de sujetos y de deseos en una imagen de futuro compartido.

Por más que simpatice con algunas de estas lecturas y me exasperen otras, creo que viene bien distinguir entre, por un lado, un necesario análisis que permita aprender de experiencias de cambio político y, por otro lado, un clásico ajuste de cuentas local trasladado al escenario político de otras latitudes. Sea o no inevitable este ejercicio de autoafirmación mediante la experiencia chilena, todo indica que es aún más esencial contagiarse de su potencialidad sin restarle belleza al trasladarle nuestras propias disputas e impotencias. 

Armado, pues, de lo que entiendo es una sana prudencia, intentaré en lo que sigue no tanto proceder a un análisis de lo sucedido en Chile (me faltan datos, nos falta tiempo), sino a explorar una frase y una relación. La frase la leí en el muro de Facebook de un amigo, en el que se reproducía sin más una fotografía de, esta vez, una pintada en otro tipo de muro, el de unas casas: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”. Esta frase me lleva a pensar en una relación de ida y vuelta: por un lado, entre izquierda y neoliberalismo, es decir, en el juego de identificación política por el que el ‘nosotros izquierda’ se define como oposición al ‘ellos neoliberal’. Por otro lado, la relación inversa, es decir, la forma histórica por la que el neoliberalismo habría sabido disputarle con éxito (electoral o hegemónico) a las izquierdas elementos centrales del discurso político: libertad, modernidad, progreso, cambio o novedad.

Hay varias dimensiones de esta relación de ida y vuelta que me parecen centrales en tanto que remiten a lo que entiendo son cuatro desafíos para la izquierda. Veamos: 

El neoliberalismo habría dado una respuesta frente a la impotencia de la izquierda. Una respuesta perversa, falaz, negada después en los hechos, sin la menor duda, pero una respuesta que las izquierdas no supieron o pudieron dar

La primera tiene que ver con el gesto que lleva a nombrarse, pensarse y darse una identidad frente al neoliberalismo. La izquierda sería lo otro del neoliberalismo, su antagonista. Si bien esta identificación negativa del nosotros permite ir más allá de esquemas ideológicos y morales que enfrentan a las izquierdas con las derechas en un juego de suma cero, y habilita por tanto para centrar la mirada en procesos económicos y políticos estructurales, tiene el problema de ignorar o despreciar, al convertir el neoliberalismo en lo absolutamente otro del nosotros, aquellos deseos, demandas y aspiraciones socialmente amplios o mayoritarios a los que el neoliberalismo habría dado una respuesta frente a la impotencia de la izquierda. Una respuesta perversa, falaz, negada después en los hechos, sin la menor duda, pero una respuesta que las izquierdas no supieron o pudieron dar. Esta es, creo, una lección que cuesta aprender de las derrotas de las izquierdas continentales en la década de los 70 del pasado siglo, y que explica el duro y largo camino que, como señaló Stuart Hall, debían recorrer las izquierdas para su renovación. 

Por más que hoy, retrospectivamente, no podamos sino mirar con cierta nostalgia las políticas socialdemócratas de lo que se llamaron los treinta gloriosos (las tres décadas posteriores a la segunda Guerra Mundial de socialdemocracia, fordismo y Estado del bienestar), y que muchas de sus conquistas debieran ser, y no lo han sido, irreversibles, no podemos ignorar sus límites y, más importante aún, el hecho evidente de que el mundo de repetición, autoridad y desigualdad estructural que edificó esas políticas fue profundamente contestado no solo desde arriba por la ofensiva neoliberal, sino también desde abajo por movimientos sociales, culturales y políticos de muy distinta naturaleza. 

Es más, no se puede explicar el éxito de la ofensiva neoliberal sin esta previa crítica desde abajo al modo de regulación fordista o socialdemócrata. No se explica sin entender, en suma, que desde arriba se responde, al tiempo que se reprime, a un deseo (de libertad, de emancipación, de apertura de los horizontes de vida) fraguado tiempo atrás desde abajo. Asociar sin más estas formas de deseo al neoliberalismo (individualismo, egoísmo, posmodernismo, hedonismo pequeñoburgués, diversidad), en lugar de hacerse cargo de ellas para darles una respuesta emancipadora, lleva una y otra vez a las izquierdas a la impotencia política. 

Pero, se me dirá, el neoliberalismo no nace en Chile como respuesta a nuevos deseos, ni como victoria hegemónica ante un nuevo sentido común, sino desde la violencia que reprime y mata. Mostrando, de paso, que el neoliberalismo es no solo compatible con el autoritarismo o el totalitarismo, sino que los requiere históricamente para su despliegue. Que, a pesar de la cháchara hayeckiana contra toda forma de autoridad centralizada y de totalitarismo, son los tanques, y no el libre juego del mercado o la movilización de deseos individuales de libertad, lo que permite implantar una sociedad abierta neoliberal. Ante este relato sin duda cierto, al menos parcialmente, caben, creo, señalar dos o tres cosas. 

La primera es que no siempre el neoliberalismo ha venido de la mano de soluciones políticas autoritarias ni se ha mantenido con ellas. La represión y la violencia explican, sin duda, el caso chileno y la ola de golpes de Estado en Latinoamérica orquestados desde EEUU, como ayuda también a entender el caso británico, con la violenta represión de las huelgas de mineros a principios de los 80 a manos de Thatcher, o muchos otros episodios nacionales. Sin duda, pero la izquierda corre el riesgo de quedar atrapada en la autocomplacencia si ignora la potencia hegemónica del neoliberalismo, es decir, las formas por las que accede al poder sin hacer uso de la violencia sino de la persuasión, o la capacidad que ha tenido para mantenerse en el tiempo y convertirse, mediante el convencimiento más que la autoridad o la violencia, en sentido común. Los análisis, tan ciertos como parciales, que correlacionan directamente neoliberalismo y violencia de Estado tienden en no pocas ocasiones a emplearse más como recurso autoexculpatorio y consolador ante la propia impotencia (nada se puede hacer para ganar, el enemigo es poderoso, tiene la fuerza, tiene el poder) que como constatación histórica de esas formas en las que los Estados, o el capital empresarial y financiero, han recurrido a distintas formas de represión y guerra sucia para imponer agendas económicas. Por más evidente que sea el caso chileno como ejemplo paradigmático de uso de la violencia, debemos también leer la reciente movilización social y su posterior victoria electoral como otro ejemplo paradigmático: el de la fuerza popular y su capacidad de traducirse en institucionalidad, vale decir, en lucha hegemónica primero, en momento constituyente después y, por último, en victoria electoral. 

Hay algo también destacable en la relación entre neoliberalismo y autoritarismo. Como ha recordado Philip Mirowski reiteradamente (probablemente el gran historiador económico del neoliberalismo), los padres fundadores (porque, quitando a Ayn Rand, son todo padres) del neoliberalismo trabajaron siempre con una doble agenda, por un lado, presentaban el neoliberalismo como un desarrollo necesario de la crítica al autoritarismo en cualquiera de sus variantes (comunismo, nazismo, Estado centralizado keynesiano), por la otra, y nunca escrita, mantuvieron una afinidad instrumental con formas autoritarias para la implantación del neoliberalismo (el caso chileno, sin ir más lejos). Pero esta doble agenda de los padres fundadores habla de hipocresía y de fanatismo (el mercado autorregulado, una vez implantado, aunque fuese violentamente, produciría más libertad que la que negaba para implantarse), pero no permite dar cuenta de la relación específicamente presente que se ha establecido entre el neoliberalismo realmente existente y la ola reaccionaria y posfascista que recorre el mundo (representada, de nuevo, en el caso chileno en la persona de Kast, fascista neoliberal). 

No creo que esta ola reaccionaria derive de algún tipo de vínculo necesario con los principios ideológicos del neoliberalismo, ni siquiera de su afinidad instrumental con la violencia, sino de una circularidad necesaria entre las consecuencias sociales, culturales e incluso antropológicas del neoliberalismo y la respuesta posfascista que están despertando. Si el neoliberalismo es sinónimo de una constante disolución de los vínculos sociales, de una privatización del Estado, de la violencia no solo del desarraigo y la precariedad sino de la incertidumbre y la falta de goznes firmes en los que afirmar la existencia individual y colectiva, si, además, requiere de un espacio no sujeto a la competencia y la guerra individual de todos contra todos (el espacio doméstico familiar genelarizado como lugar para la producción del individuo neoliberal), entonces el neoliberalismo está generando una suerte de círculo vicioso entre sus políticas y las respuestas posfascistas que surgen como reacción a las consecuencias de estas políticas. Cuanto más socaba el neoliberalismo las bases en las que se construían las identidades colectivas, más eco tienen en nuestras sociedades las respuestas reaccionaras (a izquierda y derecha, dicho sea de paso): vuelta a la familia como sostén de las vidas y espacio de certezas (y consiguiente reacción y señalamiento a todo lo que representa un supuesto ataque a la estabilidad de la familia: lgtbi, feminismo, por ejemplo), vuelta a las formas de pertenencia esenciales (nacionales, raciales, comunitarias), incluso a los viejos valores industriales y protestantes (trabajo, fábrica, mundo obrero). 

Esta suerte de huida hacia adelante (neoliberal) y hacia atrás (reaccionaria), o este juego de desterritorialización o desestabilización social del neoliberalismo que acaba necesitando, como su otra cara de Jano, de formas discursivas, pero también sociales e institucionales, puramente reaccionarias o reterritorializadoras, no solo ha socavado la legitimidad modernizadora en la que se intentaban apoyar los apologetas del neoliberalismo y que constituyó su fuerza hegemónica, sino que ha atravesado igualmente a las izquierdas, explicando en buena medida la ola nostálgica que recorre... Twitter y algunas columnas de medios progresistas.  

Es seguramente crucial entender que la forma de combatir esta circularidad entre neoliberalismo y reacción no es ni señalando un vínculo ideológico necesario entre el neoliberalismo y el autoritarismo (error cometido habitualmente en la política madrileña frente a Ayuso) ni, menos aún, disputando a la derecha el contenido de esa reacción (con formas de nostalgia por la familia, el pueblo, la clase, el orden regulado del fordismo). Creo que la disputa pasa, precisamente, por aquellos significantes o imaginarios en los que el neoliberalismo ya no puede seguir apoyándose (es decir, en las expectativas frustradas por el mismo neoliberalismo) pero que constituyeron la clave de su fuerza hegemónica: libertad (como liberación de las rutinas, del trabajo y la repetición de las distintas formas de poder burocrático y estatal, también de formas de familia, de deseo y de construcción de sí opresivas) y modernidad (el futuro como continente de posibilidades de vida aún no realizadas), sin renunciar, por supuesto, ni a las conquistas sociales heredadas ni a los imaginarios de igualdad, seguridad y necesidad de certezas en los en los que se asentaron.

_____________________

Jorge Lago estudió Sociología en Madrid, París y Bruselas. Ha sido investigador en la Complutense y el CNRS francés, y es hoy profesor de Teoría Política Contemporánea en la UC3M, además de editor de Lengua de Trapo.

Hay seguramente algo inevitable en la pulsión, frecuente estos días en redes y columnas de opinión, que lleva a utilizar un acontecimiento externo, en este caso la reciente experiencia chilena, para darse a uno mismo la razón y sentirse así reafirmado en sus principios: “Boric ha ganado porque ha hecho lo que siempre he dicho que había que hacer”. Poco importa que no siempre se haya dicho eso, o que eso que uno cree que ha llevado a la victoria en Chile no sea más que una proyección de sus propias obsesiones: para unos la unidad de la izquierda o la memoria de las luchas pasadas, para otros la transversalidad de un discurso plebeyo de mayorías, para unos más el no haber renunciado al significante izquierda en favor del populismo o, también y para algún que otro todavía, el hecho tozudo de que lejos de aferrarse a una nostalgia izquierdista pasada, y a las supuestas identidades firmes y estables que la componen, en Chile se haya sabido trenzar la diversidad de demandas, de sujetos y de deseos en una imagen de futuro compartido.

Por más que simpatice con algunas de estas lecturas y me exasperen otras, creo que viene bien distinguir entre, por un lado, un necesario análisis que permita aprender de experiencias de cambio político y, por otro lado, un clásico ajuste de cuentas local trasladado al escenario político de otras latitudes. Sea o no inevitable este ejercicio de autoafirmación mediante la experiencia chilena, todo indica que es aún más esencial contagiarse de su potencialidad sin restarle belleza al trasladarle nuestras propias disputas e impotencias. 

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