La OTAN ante el espejo de su dependencia se da cita en Ankara

En aproximadamente un mes tendrá lugar en Ankara una nueva cumbre de la OTAN. Una cita que llega en uno de los momentos más complejos de la historia reciente de la Alianza Atlántica. No porque exista una amenaza nueva —la agresión rusa contra Ucrania sigue siendo el principal desafío estratégico para la seguridad europea—, sino porque sigue sobre la mesa una pregunta incómoda y de muy difícil respuesta: ¿qué ocurre si Estados Unidos deja de estar dispuesto a asumir el liderazgo político, militar y financiero que ha sostenido la organización durante más de siete décadas?

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La elección de Turquía como país anfitrión no es casual. Ankara aspira a convertir la reunión en una demostración de su creciente relevancia estratégica en un escenario internacional cada vez más fragmentado. Pero la cumbre también servirá para medir la capacidad de la OTAN para adaptarse a un mundo en el que la relación transatlántica atraviesa un momento de incertidumbre y donde los europeos siguen sin resolver el dilema de su autonomía estratégica. Aunque desde los países europeos ya suenan voces que cuestionan la validez de esta arquitectura de seguridad y defensa, lo cierto es que, en el medio plazo, nadie tiene una propuesta que permita avanzar en un marco diferente que sea netamente europeo.

El primer gran debate será, una vez más, el reparto de cargas. La exigencia estadounidense de que los europeos incrementen su esfuerzo en defensa no es nueva. Sin embargo, bajo la presidencia de Donald Trump la cuestión ha adquirido una dimensión diferente. Ya no se trata únicamente de aumentar presupuestos militares, sino de una crítica mucho más profunda al modelo de seguridad construido desde 1949. Washington cuestiona abiertamente una situación en la que Europa continúa dependiendo de las capacidades estratégicas estadounidenses mientras desarrolla políticas cada vez más autónomas en otros ámbitos. La presión para aumentar el gasto militar se debatió en La Haya, en Ankara la discusión se centrará sobre la mayor asunción de responsabilidades en la defensa convencional del continente. Diversas voces dentro de la Alianza consideran que Ankara debe servir para redefinir el equilibrio entre el pilar europeo y el liderazgo estadounidense.

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La cumbre también servirá para medir la capacidad de la OTAN para adaptarse a un mundo en el que la relación transatlántica atraviesa un momento de incertidumbre

Sin embargo, algo esencial y no menor será determinar quién define las prioridades estratégicas de la OTAN en un marco de deterioro de la relación transatlántica donde la desconfianza crece a cada minuto. La paradoja para los europeos es que la hipótesis de que el incremento del gasto militar hará ganar más autonomía política al bloque europeo sencillamente no es cierta. De hecho, el escenario más probable es el de un incremento de las inversiones europeas en defensa sin modificar una estructura de dependencia tecnológica, industrial y doctrinal que sigue girando en torno a Washington.

El segundo gran asunto será Ucrania. Aunque no figure formalmente como el único punto de la agenda, la guerra seguirá condicionando todas las conversaciones. Cinco años después del inicio de la invasión a gran escala por parte de Rusia, la OTAN continúa enfrentándose al desafío de sostener el apoyo a Kiev sin provocar una escalada directa con Moscú. La cuestión ya no es únicamente cómo ayudar a Ucrania a resistir, sino cómo integrar la seguridad ucraniana dentro de una arquitectura europea de seguridad que continúa sin definirse claramente.

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La paradoja es evidente. Mientras la guerra ha revitalizado a la OTAN, ha acelerado la inversión en defensa y ha reforzado la percepción de amenaza compartida entre los aliados, también ha puesto de manifiesto las enormes carencias europeas en materia de capacidades militares, producción industrial y coordinación estratégica. La dependencia de Estados Unidos sigue siendo determinante en inteligencia, defensa antimisiles, transporte estratégico y capacidades nucleares. Ucrania ha demostrado que los europeos pueden movilizar recursos económicos considerables, pero también que siguen sin poder garantizar por sí solos su propia seguridad. Aún no está claro cómo avanzar en la Europa de la defensa y ya se están viendo los primeros fracasos en el ámbito de la industria, como el del proyecto de caza europeo. La cooperación en materia industrial no está siendo uno de los fuertes en la apuesta por ganar autonomía estratégica.

En este contexto, Turquía emerge como uno de los actores más beneficiados por la nueva coyuntura geopolítica. Situada entre Europa, Oriente Medio, el Mar Negro y el Cáucaso, Ankara ha logrado consolidar una posición de intermediación que le permite dialogar simultáneamente con Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea. La celebración de la cumbre constituye un reconocimiento implícito de ese papel. Además, el Gobierno de Recep Tayyip Erdoğan pretende proyectar la imagen de una potencia regional imprescindible para la estabilidad de la Alianza y especialmente relevante para la gestión de los desafíos procedentes del sur. Y precisamente el flanco sur será otro de los debates relevantes de Ankara. Desde la perspectiva de los países mediterráneos, las amenazas a la seguridad europea no se limitan a Rusia. La inestabilidad en el Sahel, los conflictos en Oriente Medio, o la seguridad energética son algunos de los temas que han quedado subordinados a las preocupaciones del flanco oriental.

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España, Italia y otros países del sur llevan tiempo reclamando una visión más equilibrada de la seguridad euroatlántica. La pregunta es si la OTAN será capaz de incorporar estas prioridades sin diluir su foco principal sobre Rusia. Turquía, por su posición geográfica y estratégica, intentará situar precisamente estas cuestiones en el centro de las discusiones.

En todo caso, el verdadero tema de fondo será la relación transatlántica. La OTAN llega a Ankara inmersa en un debate existencial sobre su futuro. Las dudas sobre el compromiso estadounidense ya no pertenecen únicamente al terreno de las hipótesis académicas. Forman parte de los cálculos estratégicos de todas las capitales europeas. Incluso dentro de la propia Alianza se discute abiertamente la necesidad de prepararse para escenarios de menor implicación de Washington.

La cuestión fundamental es si Europa aprovechará esta situación para construir una verdadera capacidad estratégica propia o si continuará refugiándose bajo el paraguas estadounidense. Hasta ahora, las respuestas han sido ambiguas. La guerra de Ucrania ha impulsado el rearme europeo, pero no ha generado una verdadera autonomía política ni militar. La mayoría de los incrementos presupuestarios han terminado reforzando la dependencia de sistemas de armas estadounidenses. De este modo, el debate sobre la autonomía estratégica sigue enfrentándose a las reticencias de aquellos Estados miembros que consideran que cualquier fortalecimiento del pilar europeo podría debilitar el vínculo transatlántico.

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Así, la cumbre de Ankara probablemente no cerrará este debate, aunque sí que ofrecerá una fotografía bastante precisa del momento que atraviesa la Alianza. Una OTAN reforzada por la amenaza rusa, pero tensionada por las incertidumbres sobre el compromiso estadounidense; una Europa que aumenta su gasto en defensa, pero que todavía no ha decidido si quiere convertirse en un actor estratégico autónomo; y una Turquía que aprovecha las fracturas del sistema internacional para consolidar su posición como potencia indispensable.

La pregunta que sobrevolará toda la cumbre será sencilla, aunque incómoda: ¿Estamos asistiendo al nacimiento de una OTAN más europea o simplemente a una adaptación del viejo esquema de dependencia bajo nuevas condiciones? Por el momento, la respuesta sigue inclinándose hacia la segunda opción. Europa habla cada vez más de autonomía estratégica, pero continúa actuando como si la garantía última de su seguridad estuviera, inevitablemente, al otro lado del Atlántico. Quizás ha llegado el momento de empezar a cambiar los marcos cognitivos y avanzar hacia una diversificación de las alianzas estratégicas, quizás haya debatir y rebatir un marco fijo e incuestionable hasta ahora.

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Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.

En aproximadamente un mes tendrá lugar en Ankara una nueva cumbre de la OTAN. Una cita que llega en uno de los momentos más complejos de la historia reciente de la Alianza Atlántica. No porque exista una amenaza nueva —la agresión rusa contra Ucrania sigue siendo el principal desafío estratégico para la seguridad europea—, sino porque sigue sobre la mesa una pregunta incómoda y de muy difícil respuesta: ¿qué ocurre si Estados Unidos deja de estar dispuesto a asumir el liderazgo político, militar y financiero que ha sostenido la organización durante más de siete décadas?

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