Ese calificativo lo conocí viendo hace unos mil años Gru, mi villano favorito, o como se llamara la primera de la saga de los minions, esos graciosos caracteres cuya misión en la vida es la de obedecer y contribuir a los propósitos de un líder o lideresa, cuanto más perversos, mejor.
Dr. Nefario es como nuestro Dr. Bacterio. Me encantó el nombre porque hasta entonces no lo había oído o leído, al menos en castellano. Del latín nefarius, es un adjetivo que como primera acepción la RAE asocia a “sumamente malvado”.
Siento que vivimos en tiempos nefarios. No digo que sean los peores de la historia de la Humanidad. Sí digo que los siento innecesaria y exageradamente hostiles y violentos. A todos los niveles y en todas partes. Claro que coincide con una agotadora etapa en la que todo está escorado a estribor y en la que las asimetrías (las preexistentes y las nuevas) son cada vez más abismales. O seré yo, que lo veo todo torcido. O que creo entender por qué lo está y cómo podría enderezarse. No sé el motivo concreto de esta desazón que ya he compartido antes en estas Tribunas.
Sí noto qué “cosas” la despiertan cuando está distraída (no preocuparse, no me resulta incapacitante sino todo lo contrario, me despoja de la pereza y me moviliza). Cosas como la política nefaria de la que hemos sido testigos estos días pasados, sustentada en no sé qué motivaciones, que condena a nuestros hijos e hijas, escolares, a cocerse vivas en sus aulas.
Hace escasos días acabó el curso escolar 2025-26, e iniciará el próximo en septiembre con otra vuelta al cole con mucho más calor de “lo normal” a unos equipamientos públicos carentes de las más básicas medidas de climatización en la comunidad autónoma más próspera, donde reside la capital del Reino en un ya bastante avanzado siglo XXI. Yo fui a principios de los 90 del siglo XX a un instituto público en València que está hoy tal como estaba entonces: sin sombras y espacios frescos en los grises patios asfaltados y sin climatización en el interior, exactamente como manifiesta el profesorado allí movilizado por este y otros muchos motivos. Mis hijos van, unos treinta años después de aquello, a un instituto público en Madrid que da penita verlo: imagen de la precariedad institucionalizada de los equipamientos escolares públicos.
Centros escolares que están climáticamente infraadaptados y digitalmente hiperequipados. Con pantallas digitales en todas las aulas, ordenadores personales, tabletas, wifi, Kahoot, aulas virtuales, pdfs, correos electrónicos, etc. Todo estupendo y fenomenal. Muchos recursos públicos invertidos en afrontar una transición digital que nadie discute, porque vivimos conscientemente en ella.
Sin embargo, a la transición climática, a adaptar los equipamientos y los espacios públicos a la situación de emergencia climática que, a pesar de la aplastante evidencia, muchas sí cuestionan, “ni un duro”.
Si ya hay uno, o a lo sumo dos, ventiladores por aula –en muchos centros financiados por las familias organizadas en AFA y AMPA–, folios suficientes para fabricar abanicos personalizados y persianas en las ventanas para estudiar en penumbra, para qué quieren toldos y soluciones de confort climático, de esas de las que disponemos en nuestros centros de trabajo y que procuramos y desde luego aspiramos a tener en nuestros hogares. Qué es eso de que los patios de las escuelas, coles e institutos públicos dispongan de zonas de sombra, de fuentes de agua, de árboles o plantas… Qué es eso de demandar comodidades excesivas que nuestros hijos e hijas –“que no son de mantequilla” no merecen disfrutar. Qué es eso de querer mitigar los efectos del calor sofocante si señores que legislan desde espacios perfectamente aclimatados nos explican a cientos de miles de familias que el calor extremo no solo curte, inspira y hace fuerte a la infancia, sino que "siempre ha hecho calor". Que necesitar y querer estar fresquito es woke.
Cuando además “cruzas” la prevalencia de la ausencia de confort térmico en los centros escolares públicos con la prevalencia de la pobreza infantil, que entre otras variables se caracteriza por una ausencia de confort térmico en hogares vulnerables, estamos condenando entre todas y todos, a través de las decisiones de quienes administran los recursos públicos, a muchos niños y niñas, durante toda su larga etapa escolar, a estar institucionalizados en espacios no adaptados a las altas temperaturas, que provocan riesgo de sufrir golpes de calor, obviando en esta tribuna otras inversiones imprescindibles para garantizar, por ejemplo, la accesibilidad universal, que también brilla por su ausencia.
Que personas adultas con tanta responsabilidad y exposición pública desprecien y hagan burla, con redoble de ironía y sarcasmo, del sufrimiento de cientos de miles de menores escolares sofocados por su inacción directa, es nefario
Los centros escolares públicos tienen que ser los espacios más apetecibles, saludables y cómodos de todos los equipamientos públicos. Que no se destinen recursos de nuestros impuestos a este propósito, y sin embargo se destinen a, qué sé yo, que estas mismas niñas y niños puedan ir gratis a los toros porque para esa barbaridad sí se ha decidido destinar dinero, es nefario. Que personas adultas con tanta responsabilidad y exposición pública desprecien y hagan burla, con redoble de ironía y sarcasmo, del sufrimiento de cientos de miles de menores escolares sofocados por su inacción directa, es nefario. Rechazar una Iniciativa Legislativa Popular autonómica respaldada hace exactamente un año por más de 72.000 firmas es política nefaria.
Hace unas semanas sufrí un golpe de calor. Ojo con esto, que son palabras mayores y nos puede pasar a cualquiera si no estamos alerta y no ejercemos un autocuidado consciente. Y ojo especialmente si tenemos el termostato un poco averiado, como me pasa a mí y a muchísimas mujeres con una menopausia desbocada que provoca sus propias olas de calor internas e intensas, unos sofocos que no se los deseo yo a nadie. Como tampoco le deseo a nadie, y mucho menos a nuestros niños y jóvenes, ni a nuestros mayores institucionalizados en residencias, tener que habitar, porque están obligados a ello, en un espacio público innecesariamente abrasador y hostil.
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Verónica López Sabater es economista y consejera de la Cámara de Cuentas de Madrid.
Ese calificativo lo conocí viendo hace unos mil años Gru, mi villano favorito, o como se llamara la primera de la saga de los minions, esos graciosos caracteres cuya misión en la vida es la de obedecer y contribuir a los propósitos de un líder o lideresa, cuanto más perversos, mejor.