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Ideas Propias

Del 'tenim pressa' al 'slow process' (En diálogo con Rubén Amón)

Manuel Cruz Ideas Propias

Como es sabido, las metáforas las carga el diablo. Rubén Amón utilizaba una particularmente brillante hace algunos días en un artículo (Sánchez libera la serpiente de la paz, El Confidencial, 9/06/2021) en el que evocaba un relato policíaco en el que el instrumento que habría causado la muerte de un importante número de asistentes a una fiesta se encontraba en el hielo que enfriaba el ponche. A medida que aquel se derretía, a idéntica velocidad se intoxicaban las personas que se acercaban al recipiente surtidor de la bebida. Por esa misma razón no se habían envenenado los invitados que la consumieron al principio: la dosis no había hecho efecto todavía, y terminó resultando fatídica conforme se aproximaba el final de la fiesta.

La metáfora cumplía en el artículo mencionado la función de revelar el oculto designio, el oscuro propósito que en realidad albergaba el plan propuesto por Oriol Junqueras en su ya célebre carta del pasado 7 de junio (Mirant al futur, Ara). Un plan cuyo rasgo fundamental en apariencia sería la renuncia a la vía unilateral para alcanzar la independencia en Cataluña pero que, en última instancia, lo que estaría haciendo es trazar una nueva ruta hacia esa misma independencia, solo que a otro ritmo y siguiendo otro trayecto distinto al recorrido hasta el presente, el cual manifiestamente no conducía a ninguna parte.

De ahí la eficacia de la metáfora: de acuerdo con esta interpretación, cuanto más se derriten los cubitos –esto es, cuanto más se sigue a pie juntillas el plan propuesto por Junqueras– en mayor medida el veneno intoxica la convivencia y la crisis territorial de Cataluña. De tal manera que cabe afirmar, como hacía Rubén Amón, que el deshielo equivale a una muerte lenta, sutil, inexorable. De la que quedaría a salvo Pedro Sánchez, que habría levantado su copa de ponche sin apenas hielo en el vaso.

La premisa sobre la que se basa esta interpretación es la del objetivo que se persigue o, si se prefiere, la de los destinatarios del veneno. Pero es en este punto donde tal vez leer bajo otra clave esta misma metáfora podría resultar clarificador. Porque, una vez sentado que el PSOE habría quedado a salvo de los efectos del veneno porque, sabedor de su letalidad en ciertas dosis, habría corrido a tomarlo cuando resultaba casi inocuo, ¿a quién puede dañar el mismo en mayor medida? La respuesta viene incluida desde el principio en el propio diseño del relato policíaco: a quien tarda más en decidirse a beberlo. ¿Y quién está tardando más en hacerlo? Descartados PP y C´s, que nunca tuvieron previsto comparecer a la fiesta en la que se servía el ponche, los invitados más relevantes son los pertenecientes a Junts, esto es, los exconvergents, mutados hoy en derecha independentista radical.

Tal vez esta clave resulte más esclarecedora que alguna de esas otras que, dicho sea de paso, proliferan en los últimos tiempos. Pienso en las argumentaciones, tan reiteradas en los medios conservadores, planteadas sobre la base de las supuestas e inconfesadas intenciones de los protagonistas. De hecho, es la argumentación primordial de los planteamientos de la derecha, para la cual lo que en realidad persigue el actual presidente del Gobierno es comprar tiempo para poder permanecer en la Moncloa sin mayores sobresaltos parlamentarios el tiempo que le reste a la legislatura. Lástima que el argumento sea reversible y nada impida afirmar, siguiendo exactamente la misma lógica, que tanta escandalera por parte de la oposición está dejando en evidencia el ansia de Pablo Casado por llegar cuanto antes a la Moncloa.

Con otras palabras, que si alguien quiere recurrir a un juicio de intenciones para poder acusar al adversario de tacticismo irresponsable, habría que advertirle que el reproche también podría circular en la dirección contraria y aplicárselo a quien lo formule. Solo esa descontrolada impaciencia por parte del líder de la oposición explicaría, por cierto, sus descomunales torpezas políticas en la gestión del asunto de los indultos. Torpezas de las que constituiría una muestra emblemática la iniciativa de organizar mesas petitorias para recoger firmas contra la liberación de los presos del procésprocés, iniciativa calcada a la de hace quince años contra el Estatut, y que se encuentra en el origen de que el PP haya devenido una fuerza política casi residual en Cataluña.

El planteamiento de Amón, en cambio, permite soslayar el siempre volátil ámbito de los juicios de intenciones y poner el foco de la atención sobre la realidad de los comportamientos y de sus consecuencias. Es al hacerlo cuando resulta patente a mi juicio que, más allá de la inevitable retórica política, siempre un punto inflamada, lo que ahora se encuentra en primer plano, tras el fracaso del procés (la propia Laura Borrás ha pasado a situar la independencia de Cataluñaprocés, hasta ayer mismo a tocar, a diez años vista), no es el contencioso con el Estado, sino el conflicto interno por la hegemonía en el seno del bloque independentista. Es en esta clave en la que se tiene que leer el movimiento de Junqueras, quien, formulándolo en breve, perseguiría ocupar el lugar hegemónico en la política catalana ostentado durante casi un cuarto de siglo por Jordi Pujol.

No es casual que este último ande defendiendo últimamente la necesidad de acordar con el Gobierno central algún tipo de salida (como un apaño, la ha calificado literalmente) al conflicto catalán, visto que la unilateralidad se ha revelado como un auténtico callejón sin salida. Junqueras, en ese sentido, estaría apostando por la restauración, debidamente actualizada (esto es, con una referencia independentista explícita), del marco mental pujolista, frente a los exconvergents, desnortados por completo y aplicados a intentar resucitar un disparatado marco mental antifranquista para nostálgicos y/o ignorantes (con presos, exiliados, represaliados y cuanta parafernalia presuntamente progre haga falta invocar con tal de cuestionar la existencia misma de democracia y Estado de Derecho en España).

Por supuesto que, sobre todo si Junts continúa profundizando en su errática radicalidad independentista, ERC se esforzará por no regalar dicha reivindicación a su más directo rival electoral y no abandonará por completo, al menos en el plano de la propaganda política, el horizonte de la secesión, al que es más que probable que haga recurrentes exhortaciones. Es más, en absoluto resulta descartable que ese pudiera ser su plan B para el supuesto de que, por las circunstancias que fueran (en estas cosas, el PP siempre está dispuesto a echar una mano), se reactivara un conflicto frontal con el Estado. Pero no parece que sea hacia ahí hacia donde apunte el movimiento llevado a cabo por Junqueras en estos momentos.

¿"Ho tornarem a fer" o "ho tornarem a dir"? (Promesas incumplidas y profecías autocumplidas)

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El veneno del ponche, en definitiva, tal vez siempre estuvo destinado al más directo competidor por el mismo espacio (no al enemigo, al cual, en clave victimista, hay que mantener con vida a toda costa, porque es quien proporciona el necesario combustible de los agravios). O, en todo caso, parecía destinado a todos los que, negándose a aceptar el fracaso, se labran su muerte política a base de perseverar, ellos sí, en la intoxicación de la convivencia y en la crisis territorial de Cataluña. Entiéndanme bien. No es que sea más optimista que Rubén Amón: es que me gustaría poder pensar que, incluso en política, en algún momento sale a cuenta dejar de mentir.

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Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Autor del libro 'El virus del miedo' (La Caja Books).

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