Luces Rojas

El humanismo de la Guerra Fría

José Saturnino Martínez

Los Ilegales cantaban Europa ha muerto en los 80 con el mismo espíritu iconoclasta y sarcástico con el que cantaban ¡Heil Hitler!, es decir, con la finalidad de provocar aclamando aquello que nadie comparte. Sin embargo, cuando actualmente León Benavente versionea Europa ha muerto en sus conciertos, el público corea el estribillo con pasión y convencimiento. Entonces Europa era un proyecto de desarrollo económico, democracia y humanismo. Hoy parece que es un camino hacia el capitalismo de tipo asiático (mucho libre mercado, poca democracia política y poco Estado de Bienestar).

Varias generaciones de españoles vivimos todo el proceso de integración con gran ilusión. En su momento ya había quienes señalaban sus debilidades, pero lo que entonces eran posibilidades sombrías, se han hecho reales. El exceso de tecnocracia, la falta de democracia, la política migratoria, la crisis económica y luego la falta de reflejos para afrontar el problema de los refugiados, a remolque de la opinión pública más solidaria, producen la sensación de que el sueño europeo ha muerto.

Los derechos humanos y el Estado de Bienestar son universales, en el sentido de Marx, es decir, porque es aquello que interesa a quienes no tienen nada que perder en el mundo en el que vivimos. Pero las condiciones de éxito de estas propuestas no son naturales ni universales, sino que dependen de la correlación de fuerzas entre distintos grupos sociales. Hagamos un pequeño repaso histórico para entender por qué han tenido algo de éxito, y por qué están en retroceso.

El capitalismo con rostro humano construido en Europa fue un subproducto de la Guerra Fría. No podemos experimentar con la historia, pero podemos pensar en escenarios alternativos y ver qué nos parece coherente que suceda en ese mundo “what if”. Imagine la movilización del 15-M, con las plazas españolas tomadas por una multitud, que en vez de presumir de no tener líderes estuviese dirigida por un Partido Comunista bien organizado y disciplinado, como el que fue capaz de sacar a un millón de personas a las calles de Madrid tras la matanza de Atocha en 1977, aunque todavía era una organización ilegal. Para hacer el escenario más entretenido, imagine que el embajador soviético declara que su pueblo es solidario con la protesta española y que está dispuesto a darle todo el apoyo que necesite en sus justas reivindicaciones (como ha hecho Occidente en las protestas ucranianas, apoyando incluso un golpe de Estado). Es razonable suponer que el Gobierno español haría todo lo posible por desactivar esa protesta recogiendo parte de las reivindicaciones. Y aunque fuesen costosas, se vería de dónde sacar el dinero, como se ha hecho cuando se ha ido a una guerra imprevista o a rescatar bancos.

El humanismo y el Estado de Bienestar fueron las “armas blandas” para hacer frente al peligro revolucionario. La división europea en bloques dio garantías al capitalismo occidental de que la revolución no se extendería al otro lado del muro, y a los rusos de que no volverían a sufrir otra invasión desde el Oeste. Tras las Segunda Guerra Mundial, la URSS se retiró de Austria, y no apoyó más de lo necesario a los comunistas italianos o franceses, a diferencia de lo que sucedió en los países del Este. Pero la población del Oeste tenía el reflejo de que otro mundo sí era posible. Cuando más se supo de ese mundo, menos atractivo era, pero no dejaba de demostrar que otra forma de organización económica y social era posible.

La implosión del comunismo europeo y el desarrollo del capitalismo bajo el “comunismo” asiático mataron la posibilidad de una alternativa. Los indignados, tras el narcisismo de conocerse a sí mismos en las plazas, han devenido en carne de leninismo posmoderno (pasado por Laclau y Mouffe). Algo de miedo han dado (abdicó el Rey, los desahucios entraron con fuerza en la agenda política, el Estado de Bienestar, aunque se prefiera desmontar, debe ser defendido de boquilla, a diferencia de lo que pasa en EEUU).

La apuesta “podemita” posestructuralista consiste en construir discursos hegemónicos que hagan frente a esta situación, en vez de optar por la insurgencia revolucionaria, lo que parece bastante sensato dado el nivel de bienestar material alcanzado (incluso tras el deterioro debido a la crisis, la renta familiar actual es mayor que la de finales de los 90). El límite de esta estrategia de palabras y alianzas populares frente al capital se ha puesto de manifiesto en Grecia. Quizá sea el fin del humanismo europeo. O un primer ensayo, fallido, y vendrán más. Quizá en Reino Unido, de la mano de Jeremy Corbyn. La cuestión a resolver es si es posible mantener el Estado de Bienestar y el humanismo solidario en un contexto en que el capital no siente miedo a la revolución comunista.

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José Saturnino Martínez es profesor de Equidad y Educación en la Universidad de La Laguna y acaba de publicar Estructura social y desigualdad en España (La Catarata). Entre 2007 y 2011 fue vocal asesor en el Gabinete del Presidente Rodríguez Zapatero. En Twitter es mandarrian y muchas de sus publicaciones están disponibles en http://josamaga.webs.ull.es

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