Plaza Pública

Quien engaña lo más, engaña lo menos. (Acerca del victimismo preventivo)

Foto de archivo del Palau de la Generalitat de Cataluña.

Manuel Cruz

Como se trata de ir al grano cuanto antes y no entretenernos en los preámbulos con el objeto de no hacer este papel desmesuradamente largo, se me disculpará la verticalidad –un tanto brutal, lo reconozco– a la hora de plantear el asunto del que quisiera hablarles. El independentismo lleva ya un tiempo, en concreto los años que ha durado el procés desde su pistoletazo de salida en 2012, presentando un planteamiento político que orilla a la inteligencia. No es, pues, cosa de sus dirigentes –muchos de los cuales no son Bismarck precisamente, eso parece claro–, sino del diseño de futuro que han presentado durante este tiempo a los ciudadanos catalanes, y que se podría describir diciendo que es un diseño que proponía como objetivo inmediato su programa de máximos. Dicho lo mismo con los términos clásicos, utilizaba la estrategia como munición táctica.

La confusión entre estrategia y táctica sin duda ha rendido, hay que reconocérselo, notables dividendos a los independentistas. Cuando se colocan como objetivos por alcanzar de manera inmediata grandes metas históricas, cualquier cuestión concreta que se les pueda reprochar a los defensores de tan magnas causas carece de la menor importancia, resulta irrelevante (¿a quién se le ocurre debatir sobre asuntos menores como la sanidad cuando lo que está en juego es la independencia?, se quejaba amargamente en 2018 el entonces portavoz adjunto de JxCat, Eduard Pujol). O, peor aún, hace que quienes presentan semejantes críticas con ánimo de desgastar a un govern independentista aparezcan, por defecto, como personajes sin la más mínima estatura política, incapaces de percibir la enorme trascendencia del momento (“tenim presa”, ¿recuerdan?) para el futuro del pueblo catalán. Con otras palabras: la confusión entre estrategia y táctica cumple la función de poner a los ejecutivos que incurren en ella a salvo de la crítica a la gestión concreta, al día a día de la acción de gobierno, devenida irrelevante por definición (y por comparación).

Pero no todo son ventajas en la confusión, que también presenta algún severo inconveniente. El más relevante es el de exponer lo que tradicionalmente ha sido utilizado por las formaciones políticas como horizonte último al que tender, cuya misión primordial es la de señalar el rumbo hacia el que deben apuntar sus políticas, en objetivo inmediato, susceptible, por tanto, de ser refutado por los hechos. No hace falta subrayar que, planteando las cosas desde un punto de vista estrictamente lógico, una tal refutación implica, a renglón seguido, la ruina del conjunto del proyecto político, desautorizado por la propia realidad. De tal manera que quien se empecinara, a pesar de ello y contra viento y marea, en seguir manteniendo inalterada la misma propuesta (en este caso, una independencia a fecha fija ante la que se resignaría el Estado español y que contaría tanto con el beneplácito de Europa como con el entusiasmo de los poderes económicos) se haría justo merecedor del reproche de fanático.

Pues bien, es en este punto en el que interviene el recurso victimista, que constituye el mecanismo discursivo que cumple la función de evitar el tener que poner a prueba las propias tesis o, si se prefiere, el procedimiento para sortear la falsación. Porque la víctima es, por definición, esa figura que queda a salvo de cualquier reproche, fundamentalmente porque ninguno que se le pueda plantear posee la suficiente entidad como para hacer olvidar su condición de objeto de un daño que él se encarga de recordar todo el tiempo. Cuando se ha conseguido fijar en el imaginario colectivo de un grupo la premisa de que es la víctima, nada más fácil que retorcer cualquier razonamiento crítico cuantas veces haga falta hasta que termine destilando el resultado de reafirmar dicha premisa.

Para ello, el mecanismo más fácil y efectivo es la teoría de la conspiración, siempre tan reconfortante como de imposible verificación. A cualquiera que siga la política catalana no le costará el más mínimo esfuerzo constatar la extenuante reiteración del planteamiento. Supongamos, por poner un caso frecuente, una medida adoptada por el poder judicial que contraríe al independentismo y desmienta su anuncio de una feliz y plácida transición hacia la secesión. Tanto dará que no haya sido un tribunal radicado en Madrid el que haya adoptado dicha medida, ni importará que la misma se haya tomado a instancias de un particular, o de una entidad fuera de toda sospecha de connivencia con el gobierno central, o cualquier otro dato real que convierta en absurda la idea de la conspiración. Da igual. La respuesta del argumentario independentista es que se trata de un 155 judicial (como se sabe, hay 155´s para todos los gustos: políticos, judiciales, fiscales, sanitarios…), de la venganza de unos jueces resentidos, de una turbia maniobra del gobierno de España, de una operación de las cloacas del Estado, etc. En todo caso, oscuras (y, por tanto, indemostrables) conspiraciones que permiten ratificar la auto atribuida condición de víctima de la que se partía.

La eficacia del mecanismo discursivo es tal, que se recurre al mismo para evitar la menor crítica incluso en el caso de que no haya de qué declararse víctima. No se trata de una afirmación exagerada, aunque a primera vista entiendo que lo pueda parecer. Es precisamente lo que ocurrió, por poner un ejemplo, a finales del pasado mes de julio cuando Torra decidió no acudir a la conferencia de presidentes autonómicos en La Rioja en la que se tenía que debatir el reparto de los fondos europeos ante la pandemia. La ausencia intentó justificarla el entonces president apelando a diversos argumentos, a cual más peregrino (por ejemplo, no legitimar la monarquía haciéndose una foto con el Rey), pero todos se diluían ante la rotunda evidencia representada por el hecho de que el resto de presidentes, sin excepción, decidieran acudir. Incapaz de asumir el patinazo político, Torra optó por perseverar en el mismo tipo de discurso y manifestó a través de su portavoz que confiaba en que la Moncloa no aprovechara su ausencia para perjudicar al govern, acuñando de esta manera una nueva modalidad de victimismo, el que bien podría denominarse victimismo preventivo o, tal vez incluso mejor, victimismo por si acaso.

Sin duda, los habrá que entiendan que semejantes planteamientos representan una auténtica prueba de estrés que debería terminar afectando a quienes posean determinadas convicciones. Porque, continuarán argumentando aquellos, si a algo contribuyen con sus palabras y con sus hechos dirigentes como el mencionado Torra y similares es a dañar severamente la autoestima de ese sector de la ciudadanía catalana que en algún momento creyó en tales políticos. Sin embargo, constituye una realidad incontrovertible que también los hay, no son pocos y no parecen dispuestos a desfallecer, que consideran dichos planteamientos, si no como una aportación teórica en toda regla, sí como unos elementos discursivos que ayudarán a que su proyecto político salga más fuerte de todo esto.

Son los que entienden que la derrota cumple la función de convertir lo perdido en ella en el objetivo que hay que recuperar, cuando no en la Arcadia añorada. A tales efectos, tanto da ubicar ese momento en 1714, en el 1 de octubre de 2017 o en cualquier otro punto del pasado, porque de lo que se trata de manera preceptiva es de metabolizar como agravio la posible frustración por la derrota. Nos encontramos ante un planteamiento que se diría hecho a la medida de políticos sin escrúpulos: todo alimenta la causa que ellos representan, nada los lleva a reconsiderar sus falaces ensoñaciones. La frustración es aquí siempre y por definición un lugar de paso. A diferencia de lo que les ocurre a los ciudadanos que tienen otras convicciones políticas, a saber, que un elemental principio de realidad hace que, cuando constatan la inviabilidad de sus propuestas, asuman su frustración y, si acaso, se planteen reconsiderar algunos de sus convencimientos, el nacionalismo independentista convierte por sistema las derrotas en combustible para proseguir su travesía de la nada.

Obviamente para que semejante diseño consiga funcionar de manera permanente durante largo tiempo se requiere una base social dispuesta a aceptar que sus autoridades sustituyan la gestión por la queja constante o, si se prefiere, que su día a día venga regido por el tacticismo del agravio. Parece evidente que este es el caso, y que el grueso del electorado independentista ha estado dispuesto a pasar por carros y carretas sin formular el menor reproche a unos responsables políticos que han abdicado por completo de su obligación de gobernar, sustituyéndola por una agitación política permanente completamente inane. En este sentido, sin esfuerzo se podría afirmar que si estos políticos han podido perseverar en su actitud es porque le tenían bien tomada la medida a sus votantes. Lo cual, desplazando mínimamente la perspectiva, podría hacerse equivaler a lo siguiente. Si, de acuerdo con el aforismo de los antiguos juristas romanos, el que puede lo más, puede lo menos, se deduce sin dificultad alguna que al que ha conseguido engañar en lo más, no le ha de suponer el menor esfuerzo engañar en lo menos, como por lo demás tenemos ocasión de certificar a diario en los medios de comunicación públicos catalanes.

Por si esto resultara poco, el tópico de "ensanchar la base social", tarea de futuro que tanto proclama un sector del independentismo, da por descontado que los captados para la causa en estos años ya no la abandonarán y que solo queda esperar nuevas incorporaciones a la misma. El supuesto en el que se basa tan firme convencimiento está claro: el acrítico sentiment identitario por el que se mueven sus votantes es irreversible, y quienes participan de él son como los aficionados de un equipo de fútbol, que por mucho que se disgusten con sus derrotas, bajo ningún concepto están dispuestos a ser hinchas de otro.

Pero para ninguna sociedad esto puede ser una buena noticia. Lo llegaba a reconocer, esforzándose por ser delicado con sus palabras, el que fuera conseller de Economía en el govern de Artur Mas, Andreu Mas-Colell, en un artículo periodístico de finales de agosto del pasado año publicado en el diario Ara: “Sería extraño que el sentimiento patriótico nos obligara a violentar nuestra inteligencia sobre lo que es posible y lo que no lo es”. He aquí, a fin de cuentas, la gran diferencia entre unos y otros en esta Cataluña fracturada. Mientras que unos esperan, impacientes, a ser la mitad más uno para imponer su proyecto a la mitad menos uno (Laura Borrás dixit), los otros piensan que de nada sirve obtener esa exigua mayoría si la minoría derrotada nunca va a estar dispuesta a atender a razones. Esa no es manera de vivir juntos.

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(*) Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Acaba de publicar el libro El virus del miedo (La Caja Books).

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