La épica de los cobardes

“That's fine dude, I'm not mad”. Está bien, tío, no estoy enfadada.

Estas fueron las últimas palabras de Renee Nicole Good, madre y poeta de Minneapolis, el pasado 7 de enero. Las pronunció con una calma aterradora, justo antes de que el agente del ICE Jonathan Ross decidiera borrarla del mapa. Pero lo que verdaderamente hiela la sangre no es solo el disparo; es la coreografía de la crueldad que le siguió. Con los últimos alientos de Renee, el agente la miró y escupió su sentencia final: “Fucking bitch”.

Simone Weil escribió en su ensayo sobre la Ilíada que la fuerza es aquello que convierte a quien se le somete en una cosa. En ese instante, para el agente Ross, Renee ya no era una persona, ni una madre, ni una poeta. Era una cosa, un desecho al que se puede insultar mientras muere.

Ese “puta zorra” no es un exabrupto individual. Ni es solo machismo. Es el síntoma de una patología política. Solo 17 días después, Alex Jeffrey Pretti, enfermero de la UCI que salvaba vidas de veteranos, fue ejecutado por otro agente del ICE. ¿La respuesta de la Casa Blanca? Mentiras, encubrimiento y la acusación póstuma de "terrorismo". La maquinaria de Trump ha dejado de fingir democracia para abrazar la estética de las milicias totalitarias europeas del siglo pasado.

Hay distopías mucho menos salvajes que la realidad que Estados Unidos nos retransmite hoy. Hemos visto a seis agentes aplastar contra el asfalto a un hombre desarmado, meterle diez tiros y, en lugar de llamar a una ambulancia, dedicarse a contar los orificios de bala en el cuerpo como quien hace inventario en un matadero. Hemos visto a la gestapo trumpista secuestrar a un niño de cinco años para usarlo de cebo humano.

Para el agente Ross, Renee ya no era una persona, ni una madre, ni una poeta. Era una cosa, un desecho al que se puede insultar mientras muere

Hay una estética obscena en esa chulería, una satisfacción sádica en el ejercicio de la crueldad. Es la pulsión de muerte convertida en gestión pública, sustentada por el vasallaje patético de quienes necesitan humillar para sentirse alguien ante el caudillo. Porque el fascismo, si le quitas los himnos y las banderas, se queda en eso: la épica de los cobardes. Es la moral del capataz, una maquinaria diseñada para que el penúltimo descargue su frustración rompiéndole los dientes al último, mientras el amo aplaude desde el palco.

Y, sin embargo, aquí en Madrid, hay quien mira ese espejo cóncavo de barbarie y no siente náuseas, sino inspiración.

Cuando Ayuso vinculó, sin pruebas y contra los datos policiales, a los chavales migrantes trasladados a Alcalá de Henares con "agresiones sexuales" y "brotes de sarna", estaba poniendo la primera piedra de este muro de violencia. Cuando afirmó que el Gobierno trataba a los migrantes como "fardos" mientras ella misma se negaba a gestionar la acogida digna apelando a una supuesta inseguridad, estaba deshumanizando al otro.

Ayuso no puede mirarse en el espejo de Trump sin que veamos el reflejo del monstruo. Si defiendes cerrar centros de migrantes –como intenta el PP en Pozuelo–, si criminalizas a niños y niñas que llegan solos estigmatizándolos como un peligro, si ves con buenos ojos la deportación masiva de estos porque "no se adaptan" a las condiciones infames que les ofreces en los centros, estás allanando el camino a los paramilitares del ICE. No se puede ejecutar esa limpieza social sin un instrumento de terror. El camino que empieza llamando "agresores" y "enfermos" a personas vulnerables en una rueda de prensa en la Puerta del Sol, sigue con la normalización de los desokupas con métodos brutales y acaba inevitablemente con un agente contando balazos sobre un cuerpo en Minneapolis.

En España tenemos la obligación ética de construir un dique de contención a esta barbarie. Hay que insistir en una idea fundamental: es incompatible ser trumpista y ser patriota. El patriota cuida de la comunidad, protege los Derechos Humanos y respeta la ley; el trumpista necesita convertir a las personas en cosas para sentirse poderoso. Ayuso y Vox parece que han elegido bando.

No dejemos pasar la barbarie. Nos va la democracia, y la humanidad, en ello.

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Emilia Sánchez-Pantoja Belenguer es expresidenta de masdemocracia.org y Diputada en la Asamblea de Madrid por Más Madrid.

“That's fine dude, I'm not mad”. Está bien, tío, no estoy enfadada.

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