En nuestro empeño por llegar bien preparados a la Cima 2030, tomamos nota de los deseos humanitarios, vengan de donde vengan. Resaltan la necesidad de aminorar las desigualdades humanas, alientan una llama que nos alumbrará un mundo mejor. A decir verdad, no garantizan el éxito, expuesto a muchas variables temporales, pero permiten plantearnos preguntas que ayudan a dibujar el deseo de un futuro compartido.
Contemplamos con satisfacción el eco religioso y social que ha tenido la visita del papa León XIV a España. Como pertenecemos al gran grupo de católicos solo bautizados, no nos extenderemos en el análisis de la fe expuesta. Cada cual se mira como puede en su interior; contempla sus idas y venidas hacia el ideario de su Iglesia. Recordamos la atención a la pobreza y el socorro debido que aprendimos en el catecismo: el amor al prójimo como a uno mismo. Valores que hoy serían un argumento para seguir juntos caminos más saludables e ilusionantes hacia las metas 2030. Estoy seguro de que el papa es consciente de las urgencias sociales; por eso ha enarbolado la bandera humanitaria.
En una celebración religiosa a la que asistieron millón y medio de personas, advirtió que "nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano". Puede que sea una interpretación maliciosa la que vamos a exponer aquí; vayan por delante disculpas para quienes se sientan ofendidos. Tengo la impresión, no verificada por investigaciones serias, de que buena parte de los asistentes pudieran ser seguidores de lo tradicional en la cultura religiosa. Estudiarían un catecismo parecido al que yo aprendí mal, y fui reprendido con estrépito por el sacerdote examinador. En ese caso, y por cálculo estadístico borroso, me atrevo a suponer que entre los asistentes habría un alto porcentaje de votantes o simpatizantes de Vox y del PP. El primer partido ha extendido la creencia de que todos los no nacidos en España —serían el prójimo— son casi delincuentes; no merecen vivir entre nosotros. El otro le ha comprado el mensaje y lo ha convertido en acción para gobernar con él en varias comunidades autónomas. ¿Quién sabe lo que harán tras las elecciones generales en España?
Esta distopía entre el pensamiento religioso basado en el amor que predica León XIV y el deseo de desprecio hacia los no nacidos en España, regularizados o no, puede impedirnos llegar en las mejores condiciones al año 2030, cualidades que nunca serán definitivas. Porque esa cita en positivo no solamente nos sirve a nosotros, creyentes o descreídos, católicos o no. Supone una cierta salvaguarda para las generaciones futuras, aunque no sea aseguradora del entendimiento colectivo. Máxime ahora que Europa tiene prisa por poner en marcha deportaciones masivas.
Sigamos con lo dicho por el papa en Madrid, en concentraciones multitudinarias. Me parece que, en una misa, recomendó que la religiosidad no sea "un museo del pasado que visitar". Demandó compromiso al insistir en que los cristianos están "llamados a estar presentes en las situaciones y las competencias de la sociedad". Por lo que nos atañe, esas las identificamos enseguida con el fin de la pobreza; hambre cero; salud y bienestar generalizados; educación de calidad y gratuita para todos; reducción paulatina de las desigualdades; igualdad de género; respeto hacia la biodiversidad; justicia equitativa para ricos y pobres, gobernantes o gobernados, etc. Y muchas más metas que se podrían incluir, incluso sin nombrarlos, en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), tan denostados por los partidos políticos. En suma, toda una Agenda 2030 social que no arranca todavía en el Congreso de los Diputados de España; todos los partidos allí representados, también los que se autotitulan progresistas, tienen sus responsabilidades.
Esperemos que en Roma y aquí los cristianos, y sus señorías de cualquier partido político, vean algo positivo en la agenda propuesta por los ODS
Seguro que las entidades y grupos de acción relacionados con la Iglesia católica —Cáritas y muchas parroquias de toda España, en especial de los barrios pobres de las ciudades—, que se dedican a la ayuda al diferente, se habrán sentido gratificados. León XIV les ha traído un empuje ético, valora lo que estas entidades llevan haciendo desde hace mucho tiempo a favor del prójimo. Me permito aventurar que estos grupos creerán también en la necesidad de los ODS para poder compartir futuros, con independencia de la religión, el lugar de nacimiento, la lengua y el género.
Por el debido respeto, nada diré de los, a mi juicio, inmovilismos tradicionales de la fe católica citados por el papa como cualidades inherentes. Alejados, sin duda, de lo que predican instituciones como la ONU sobre la consideración de las mujeres, o UNICEF y su protección de la infancia. Sin duda, los conservatismos siempre están demasiado alejados del cambiante bien humanitario colectivo. Allá cada cual con su fundamento doctrinario. Solamente llamar la atención reflexiva de quienes predican el respeto a los demás.
Nos gustaría saber cómo les han sentado, en su fuero interno, a los diputados y senadores de los dos partidos firmantes del acuerdo de las exclusiones la apelación de León XIV al desarme del lenguaje despreciativo; a que toda decisión de las autoridades públicas toca a personas de carne y hueso; al "trágico drama" de quienes se ven obligados a dejarlo todo "para buscar paz, seguridad y futuro"; a desterrar el rechazo a los diferentes; al reclamo de una acogida respetuosa con posibilidades reales de integración. Suponemos que algunos asistentes al discurso del día 8 en el Congreso habrán considerado una injerencia de un jefe de Estado extranjero en la política nacional; otros le recriminarán su apoyo a algunas tesis del "nefasto" presidente Sánchez, aunque haya criticado políticas del Gobierno socialista con respecto al aborto, la eutanasia o la potencia de la enseñanza privada. Nos tememos que la mayoría de sus señorías se olvidarán pronto de lo dicho. Estaría bien que algunas de las ideas papales quedasen reflejadas en plenos de las cámaras dedicadas a temáticas de bienestar humanitario.
Con todo, hay que agradecer al papa que se haya atrevido a levantar la voz ante las problemáticas ecosociales que amenazan al mundo entero. Esperemos que en Roma y aquí los cristianos, y sus señorías de cualquier partido político, vean algo positivo en la agenda propuesta por los ODS. ¿Por qué han de seguir siendo una quimera, habida cuenta de la alta carga social que tienen?
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Carmelo Marcén Albero es doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza y especialista en educación ambiental.
En nuestro empeño por llegar bien preparados a la Cima 2030, tomamos nota de los deseos humanitarios, vengan de donde vengan. Resaltan la necesidad de aminorar las desigualdades humanas, alientan una llama que nos alumbrará un mundo mejor. A decir verdad, no garantizan el éxito, expuesto a muchas variables temporales, pero permiten plantearnos preguntas que ayudan a dibujar el deseo de un futuro compartido.