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Plaza Pública

¿Hemos sacralizado a los comités científicos?

María Unceta Satrústegui

Cuando se ha cumplido un mes de confinamiento, este 14 de abril, se amplifican los rumores sobre los fallos, las inexactitudes, los cambios de opinión, las informaciones contradictorias, etc. de la OMS, de los máximos expertos mundiales en salud pública.

Nosotros, el pueblo llano confinado, confiamos porque tenemos que confiar. Nosotros, hombres y mujeres del común, no somos expertos en virus, en epidemias, en pandemias. No sabemos cómo se gestionan, cómo se les pone coto, cuáles son las medidas que hay que adoptar, qué alcance tienen ni qué repercusiones van a tener en nuestras sociedades. Tenemos que confiar en la ciencia, en los expertos.

Nuestra generación, en este rincón de Occidente, no ha vivido ninguna pandemia, carece de experiencias directas. Hemos sido testigos, sí, de la epidemia del sida pero, como se ha repetido en estos días, afectaba a otros. Especialmente virulenta en África, de donde partió, pero nos quedaba lejos; devastadora para los homosexuales, pero se suponía que eran una minoría y, además, estigmatizada, al menos entonces. También sabemos que la malaria siega, principalmente en África, cuatrocientas mil vidas cada año, pero tampoco pasa de ser una información que queda ahí, en la zona de nuestro cerebro donde se acumulan las estadísticas ajenas, las que nos conmueven durante cinco minutos, y algunas horas más si las comentamos con las personas de nuestro entorno sensibles a los problemas mundiales. Por supuesto, está esa pandemia que no tiene que ver con ningún virus: el hambre que mata niños y mayores por millones cada año; pero esta, a pesar de los datos de pobreza en nuestra sociedad, parece que solo roza de pasada nuestra realidad diaria.

Y ahora, nosotros, que estamos viviendo con dolor, desconcierto y desconocimiento la pandemia del covid 19, nos vemos por primera vez atacados directamente, no como en ocasiones anteriores, que atacaba en otras latitudes geográficas o vitales. Y nosotros confiamos en la ciencia. No nos queda otro remedio y nos parece lo más sano.

En la mañana de este 14 de abril, el experto Pedro Alonso, director del programa contra la malaria de la OMS, dejaba en el aire de las ondas, en el programa de la Ser Hoy por hoy, dudas flotantes sobre la actuación, en la presente pandemia, de la organización de la que él mismo forma parte. ¿Falta de información? ¿Información sesgada? ¿”Esquemas mentales”, como el propio Pedro Alonso los nombró, que impiden procesar convenientemente las informaciones que se poseen?

Nuestras máximas autoridades sanitarias, las de nuestro país, no cesan de repetirnos que las medidas que se adoptan y las que se adoptarán están siempre basadas y condicionadas por los criterios y directrices de los expertos y comités científicos que son las verdaderas autoridades en la materia. Y así es, no me cabe duda.

Pero sí, me asaltan otras dudas y van más allá de la actuación de nuestras autoridades. Tienen que ver con las llamadas verdades científicas o, más bien, con la transmisión de estas “verdades”. Para empezar, deberíamos empezar a pensar que, al menos en este caso, no hay tales verdades. Hay investigaciones, datos, informes. Y hay personas, científicos, expertos que nos transmiten esas investigaciones, datos e informes. Y hay organizaciones, como la OMS, que obtienen, sintetizan, canalizan y transmiten esas investigaciones, esos datos y esos informes científicos. La información que llega está pues jerarquizada. ¿Quién informa al informador? Lo que sabemos es que son científicos, agrupados en comités y organizaciones, los que informan, de arriba hacia abajo, e informan sumando a las evidencias científicas, las que tienen en cada momento, otros criterios, entre los que sin duda entran algunas consideraciones extracientíficas, o que cuando menos no forman parte de las ciencias naturales. Así, la confianza o no en las informaciones obtenidas de un determinado país; las diferencias sanitarias y socioeconómicas entre unos países y otros; la conveniencia o no de decretar una alarma generalizada; las consecuencias que dicha alarma puede generar más allá de lo que es puramente la salud pública; la experiencia, bien o mal asimilada, de situaciones anteriores que se asemejan a la actual…

Son estos y seguramente muchos más los criterios que ha manejado la OMS para no decretar hasta finales de febrero que nos encontrábamos ante una pandemia, cuando en la primera semana de enero tenía evidencias científicas de que se trataba de un coronavirus altamente contagioso.

¿Quiero decir con esto que debemos retirar nuestra confianza en la ciencia? Pues no, no es esa mi idea, pero sí convendría que diferenciáramos entre confianza y fe. Y, al menos en lo que se refiere a este desastre del covid-19, no mayor que otros, probablemente, en vidas humanas, pero sí más expandido por todos los continentes y de consecuencias imprevisibles para toda la humanidad, no otorga a los comités científicos, por muy mundiales que sean, el papel que en el Egipto de los faraones se atribuía a los sacerdotes y a su capacidad para predecir las plagas. Y, sobre todo, para darlas siempre a posteriori por superadas… hasta la siguiente.

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