Durante décadas, los controles de exportación tecnológica de Estados Unidos se centraron en el hardware: semiconductores, equipos de fabricación, supercomputadoras. El 12 de junio de 2026 se ha reenfocado el objetivo. Por primera vez, Washington ha sometido a control de exportación un modelo de inteligencia artificial en sí mismo. La Administración Trump ordenó a Anthropic suspender el acceso a sus modelos Fable 5 y Mythos 5 para cualquier ciudadano extranjero, dentro o fuera del país, incluidos sus propios empleados no estadounidenses. La compañía, que califica la decisión de malentendido, ha optado por negociar la reversión de la orden de forma discreta mediante reuniones con el Departamento de Comercio.
Para Europa, la lección no está en los detalles del origen del cierre del modelo —un presunto jailbreak de las salvaguardas del modelo, según la versión de la Administración—, sino en lo que el episodio revela sobre la naturaleza de la dependencia tecnológica de la UE. Y para entenderlo conviene separar dos casos que la cobertura ha tendido a fundir en uno. Fable 5 y Mythos 5 no son lo mismo, y el corte de cada uno enseña una cosa distinta.
El primer caso, Fable 5, ilustra la dependencia comercial. El modelo es un producto de mercado. Ordenar el corte de su acceso a los europeos –y resto de no estadounidenses– es disruptivo, pero pertenece a un orden conocido: hay competidores, hay sustitutos y el daño es económico y, en principio, reversible. Es el mismo riesgo que ya señalaba el paquete de soberanía tecnológica presentado por la Comisión Europea el 3 de junio, cuando estimaba en torno al 80% la cuota que Amazon, Microsoft y Google concentran en la nube europea. La dependencia de un proveedor extranjero siempre fue un riesgo de mercado. Aunque no haya que olvidar que si se materializa para un servicio central en la economía, como la nube, puede causar una disrupción sin precedentes.
El segundo caso, Mythos 5, ilustra algo más grave: la fragilidad de las alianzas. Mythos nunca fue un producto comercial. Anthropic había restringido su disponibilidad desde abril por sus capacidades avanzadas de identificación de vulnerabilidades, y lo había concedido a un círculo reducido de gobiernos: primero la Administración estadounidense, y el 2 de junio 15 países más, entre ellos España, y se lo negó a China. Anthropic había respetado las reglas tradicionales de la política internacional estadounidense, pero estas han dejado de ser válidas. La condición de aliado no es una salvaguarda; es una concesión revocable. El acceso de los 15 gobiernos al modelo duró menos de dos semanas y se revocó de modo unilateral y sin previo aviso.
Lo que Farrell y Newman describieron en 2019 como weaponized interdependence —el uso coercitivo de la dependencia económica como instrumento de poder— ha dejado de ser una hipótesis académica. Da igual, a estos efectos, si el corte respondió a una estrategia deliberada o a un susto regulatorio mal calibrado: el resultado para quien depende es idéntico, la pérdida de acceso en segundos y sin recurso. Esa equivalencia es precisamente el argumento para tener como objetivo político no depender. Estamos viviendo la extrapolación a la tecnología del poema atribuido al pastor protestante Martin Niemöller, superviviente de los campos de concentración nazis: "Primero vinieron por Huawei, y guardé silencio porque no tocaron a Nokia y Ericsson". La desconexión de Huawei en 2019 o las restricciones de semiconductores sobre China en 2022 fueron avisos que Europa no quiso leer.
La condición de aliado no es una salvaguarda; es una concesión revocable
La decisión tiene un coste que también recae, paradójicamente, sobre la propia industria estadounidense. Se introduce una nueva variable para los inversores: el riesgo de que el Estado limite unilateralmente el mercado de actuación a una empresa. Si la accesibilidad a un producto puede ser interrumpida por una carta del Departamento de Comercio a las cinco de la tarde de un viernes, la prima de fiabilidad del Made in America se resiente. El efecto trasciende a una compañía: anticipa la presión sobre las grandes tecnológicas para fragmentar su oferta por jurisdicciones, y empuja al mercado hacia un mosaico de "IA soberana" que encarece y ralentiza a todos. La armamentización del acceso desgasta también el arsenal de quien dispara. La presencia de los CEO de las principales empresas de IA en la reunión del G7 es un signo más de que su poder tecnológico no es ilimitado, sino condicionado dependiente de las decisiones geopolíticas.
Para la Unión Europea, el episodio impone urgencia en la adopción de un paquete reforzado de soberanía tecnológica, al menos con una tramitación tan acelerada como la empleada para simplificar la Ley de IA. Las normas propuestas en el paquete –Ley de Chips 2.0, Ley de desarrollo de la Nube– son necesarias pero insuficientes en ámbito y alcance. Por ejemplo, el marco de garantía de soberanía de las infraestructuras se circunscribe al nivel de aplicación y deja fuera de foco la cadena de suministro hardware. El objetivo tiene que ser la autonomía estratégica europea en toda la pila tecnológica, apoyada tanto en capacidades propias como en alianzas que construyan una cadena de suministro resistente a la coerción de terceros.
Como había anticipado Alex Karp –CEO de Palantir– “la era de la disuasión atómica está terminando, y una nueva era de disuasión construida sobre la IA está empezando”. En el nuevo entorno, Europa necesita una caja de herramientas que tiene que ser tan defensiva como ofensiva. En lo defensivo, el instrumento son los requisitos de soberanía en la contratación pública y en las condiciones de acceso a las ayudas de Estado en el ámbito tecnológico. En lo ofensivo, establecer condiciones claras e inmediatas de activación de las palancas de controles tecnológicos de respuesta a coerciones de terceros –por ejemplo, sobre las herramientas litográficas de ASML o los equipos de telecomunicaciones de Ericsson y Nokia–.
La soberanía tecnológica no se declara; se construye, y se defiende. Es hora de que Europa demuestre que realmente está dispuesta a hacerlo. Y nada es gratis. La absurda idea de rebajar la propuesta presupuestaria de innovación y tecnología en el Marco Financiero Plurianual de la UE para el periodo 2028-2034 no es el camino adecuado.
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Emilio García García es colaborador de la Fundación Alternativas y coautor de “Chips y poder”.
Durante décadas, los controles de exportación tecnológica de Estados Unidos se centraron en el hardware: semiconductores, equipos de fabricación, supercomputadoras. El 12 de junio de 2026 se ha reenfocado el objetivo. Por primera vez, Washington ha sometido a control de exportación un modelo de inteligencia artificial en sí mismo. La Administración Trump ordenó a Anthropic suspender el acceso a sus modelos Fable 5 y Mythos 5 para cualquier ciudadano extranjero, dentro o fuera del país, incluidos sus propios empleados no estadounidenses. La compañía, que califica la decisión de malentendido, ha optado por negociar la reversión de la orden de forma discreta mediante reuniones con el Departamento de Comercio.