Maduro es un dictador, Franco no

Cuando la primera guerra del Golfo ya vimos que la televisión se encargaba de convertir el horror en una película de aventuras. Con la segunda, esa película ya era el despiporre de efectos especiales. Hace unos días me acordaba de esas dos guerras (hay más, claro que hay más, aunque sólo se convierten en películas las que, por lo que sea, nos caen cerca) y de los aviones bombardeando la Moneda en Santiago de Chile. La última película ha sido el bombardeo de EE UU sobre Caracas. Con la voz zarrapastrosa de Trump contándonos en tiempo real el relampagueo y los estallidos de las bombas en plena madrugada venezolana. El oprobio llevado a su máxima expresión. Como si estuviera en una fiesta cantando My Way, ahí teníamos al que se cree dueño del mundo mostrando al planeta entero su tontorrón orgullo de fascista. Soñar despierto me lleva a imaginarlo un día esposado de manos y pies, encerrado en una cárcel de alta seguridad y juzgado por un tribunal internacional por crímenes contra la humanidad. No caerá esa breva. Pero tenemos derecho a soñar cuando las hostias nos llegan por todas partes, como a la miel las moscas en un poema-fábula –si no recuerdo mal de Samaniego–.

Me llamaba la atención que en casi todos los medios se decía que Maduro había sido capturado por el ejército estadounidense. No sé por qué no decían que había sido secuestrado. Es que no es lo mismo una cosa que la otra. Pero ahí empezaba otra competición: la del lenguaje, la del famoso relato. ¿Cuántas veces hemos visto el trayecto recorrido por Maduro y su mujer, Cilia Flores, esposados de manos y pies, cegados, humillados, convertidos en carnaza de informativos de televisión y paparazis a la caza de la imagen más sórdida de esas detenciones? Esas imágenes no nos hablaban de verdad ni de justicia, sino de una hazaña peliculera llevada a cabo por un tipo al que le importan un pito la verdad y la justicia si no son las suyas. El derecho internacional se la trae floja y piensa, en sus delirios hitlerianos, que no hay ninguna diferencia entre la razón y la bravuconería. Ahora ya piensa en bombardear Cuba, Colombia, Nicaragua, Groenlandia y no sé si habrá pactado con Ayuso poner bandera blanca en el Bernabéu para que pasen de largo los bombarderos cuando le llegue el turno a la Moncloa para taparle la boca a Pedro Sánchez.

Podemos llamar a lo que ha hecho Trump como nos dé la gana. Es simple y llanamente la invasión de un país que no es el suyo. Imperialismo puro y duro

Ya podemos llamar a lo que ha hecho Trump como nos dé la gana. Es simple y llanamente la invasión de un país que no es el suyo. Imperialismo puro y duro. Más o menos como lleva haciendo EEUU –de diversas maneras– a lo largo de su historia. Lo que pasa es que ahora el mundo es otro y los equilibrios de poder andan una miaja desbarajustados. Hace años ese mundo se lo repartieron entre unos cuantos y ahora –con las diferencias lógicas de espacios y de tiempos– pues más o menos lo mismo. Y ahí la realidad trumpista: no sólo no va a renunciar a su parte de pastel imperialista, sino que irá aumentando porción a porción, bombardeando lo que haga falta aquí, allá, en cualquier parte, como cantaban mis Beatles. Decir que a Maduro lo capturó por dictador y narcotraficante es enmascarar la realidad y considerarnos idiotas profesionales: no le disgustan los dictadores y ahí está como muestra su encuentro hace poco con el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salmán, un elocuente ejemplo de demócrata a más no poder. O la complicidad con los ultras que gobiernan en sus países como auténticos carniceros de la democracia. ¿Y el petróleo qué, qué hacemos con el petróleo y otras riquezas naturales de Venezuela? Ya lo ha dicho el carnicero mayor del reino: sólo eso importa. Y ante ese nauseabundo gesto de barbarie, aquí tenemos una Europa cagada de miedo, jugando al despiste, muda como si se le hubiera comido la lengua el gato de la desvergüenza. La villanía de un cazarrecompensas sin entrañas es un ordeno y mando para nuestros representantes europeos. Pobrecita Europa que necesita las caricias de un matón de baja estofa para dormir tranquila por las noches. Siembra el miedo –si puedes– y échate a dormir tranquilo mientras los amenazados por la bestia se pasan la noche mirando de reojo al dinosaurio de Augusto Monterroso.

Ahora decidirá ese matón qué hacer con Venezuela. La gente venezolana de uno y otro signo. El pueblo venezolano del interior, de la emigración económica, del exilio. Qué hacer lo decidirá él porque para eso es el dueño absoluto del país después de la madrugada de las bombas. La sorpresa es que haya dejado de lado a la oposición y decidido la continuidad del chavismo en la figura de Delcy Rodríguez, hasta ahora vicepresidenta del gobierno de Maduro. El desprecio igualmente absoluto que ha mostrado por Corina Machado y Edmundo González es de Guinness de las sorpresas. A lo mejor es que se está vengando de que la primera dama de la oposición ultra le robara el Nobel de la Paz cuando él mismo se postulaba abiertamente, sin ninguna vergüenza, para el premio.

Vaya par, el aspirante y la ganadora. Vaya par. Pero hay un detalle, entre tanta gravedad acumulada en estos días, que me ha llamado mucho la atención y es cómo el PP y Vox, llenos de un apasionado calentamiento democrático, pronunciaban la palabra dictador cuando se referían a Maduro. Y digo que me llamaba la atención porque el PP y Vox están volcados, con toda el alma, corazón y vida de Los Panchos, en recuperar como sea no sólo la memoria sino el mismísimo cuerpo momificado de Franco, su admiradísimo Caudillo. Las palabras son para quienes las necesitan, como decía el entrañable cartero a Neruda cuando le pidió que escribiera un poema para su novia. Y al PP y Vox les importa una mierda la democracia. Por eso recuerdan con nostalgia de bolero la dictadura franquista y se juntan donde haga falta para dinamitarla desde dentro con la complicidad de la justicia, del mundo financiero, de buena parte de lo que se llaman fuerzas de seguridad, del entramado mediático que ya se hizo visible –con otras cabeceras y algunas de las de entonces– cuando aquel nada irrisorio –como les gusta a algunos calificar la asonada para blanquearla– golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

No ha sido el mejor comienzo para el nuevo año. Y tanto que no lo ha sido. Tampoco es que esperásemos que nos hiciera la ola. Pero ver y escuchar la invasión de Venezuela por EEUU, narrada en directo por un matón fascista que se cree dueño del mundo, es algo que, aunque había señales suficientes para sospecharlo, no esperábamos del todo. Me gustaría acabar estas líneas humildes hablando del miedo. Y lo hago con palabras de Mario Benedetti que transcribo a mi manera: ante tanta humillante y fanfarrona amenaza del fascismo, hemos de convertir el miedo en una más que necesaria forma de coraje. Pues eso.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro es 'El boxeador', editado por Piel de Zapa.

Cuando la primera guerra del Golfo ya vimos que la televisión se encargaba de convertir el horror en una película de aventuras. Con la segunda, esa película ya era el despiporre de efectos especiales. Hace unos días me acordaba de esas dos guerras (hay más, claro que hay más, aunque sólo se convierten en películas las que, por lo que sea, nos caen cerca) y de los aviones bombardeando la Moneda en Santiago de Chile. La última película ha sido el bombardeo de EE UU sobre Caracas. Con la voz zarrapastrosa de Trump contándonos en tiempo real el relampagueo y los estallidos de las bombas en plena madrugada venezolana. El oprobio llevado a su máxima expresión. Como si estuviera en una fiesta cantando My Way, ahí teníamos al que se cree dueño del mundo mostrando al planeta entero su tontorrón orgullo de fascista. Soñar despierto me lleva a imaginarlo un día esposado de manos y pies, encerrado en una cárcel de alta seguridad y juzgado por un tribunal internacional por crímenes contra la humanidad. No caerá esa breva. Pero tenemos derecho a soñar cuando las hostias nos llegan por todas partes, como a la miel las moscas en un poema-fábula –si no recuerdo mal de Samaniego–.