No a la guerra

La pregunta más inquietante de nuestro tiempo no es si habrá otra gran guerra, sino si la sociedad reaccionará a tiempo para impedirla.

Las grandes tragedias de la historia rara vez empiezan con una explosión. Empiezan con una costumbre: la costumbre de aceptar lo inaceptable. La costumbre de escuchar hablar de guerras, de amenazas nucleares o de enemigos absolutos como si todo ello formara parte natural del paisaje político.

Ese es el momento más peligroso: cuando la sociedad se acostumbra.

Hoy el mundo vuelve a moverse en una dirección inquietante. Las tensiones entre potencias se multiplican, los conflictos regionales se expanden y el lenguaje militarista vuelve a ocupar el centro del discurso político. Lo que hace apenas unas décadas parecía impensable, una confrontación global entre grandes potencias, vuelve a insinuarse en el horizonte.

La invasión de Ucrania ordenada por Putin rompió el principio básico que había permitido mantener una relativa estabilidad en Europa desde el final de la Guerra Fría: el respeto a las fronteras y al derecho internacional. En Oriente Próximo, la política de fuerza impulsada por Netanyahu ha intensificado una espiral de violencia que amenaza con desestabilizar toda la región durante generaciones. Y desde Estados Unidos, el nacionalismo confrontativo promovido por Trump ha contribuido a erosionar alianzas, debilitar instituciones multilaterales y normalizar una política basada en la presión y la rivalidad permanentes.

Contextos distintos, líderes distintos. Pero una misma lógica: la del poder militar entendido como imposición y no como responsabilidad histórica.

Defender la paz no es ingenuidad. Es la forma más lúcida de realismo histórico

La historia demuestra que esa lógica rara vez conduce a la seguridad. Con demasiada frecuencia conduce al desastre.

Las grandes guerras del siglo XX no fueron inevitables. Se hicieron inevitables cuando la política abandonó la prudencia y la ciudadanía dejó de creer que podía detener la deriva.

Por eso hoy resulta más actual que nunca el llamamiento de Stéphane Hessel en sus breves pero poderosos ensayos, ¡Indignaos! y ¡Comprometeos!: la peor actitud ante la injusticia y el peligro es la indiferencia.

Indignarse es negarse a aceptar que la guerra sea una normalidad política. Significa exigir a los gobiernos que vuelvan a situar la diplomacia, el derecho internacional y la cooperación entre pueblos en el centro de sus decisiones.

Porque la paz nunca ha sido solo obra de los gobiernos. A lo largo de la historia, los grandes avances democráticos y los movimientos por la paz nacieron de la presión de la sociedad civil: ciudadanos que se negaron a aceptar que la violencia fuera el destino inevitable de la humanidad.

Hoy esa responsabilidad vuelve a ser nuestra.

La humanidad posee recursos científicos, tecnológicos y culturales que generaciones anteriores ni siquiera podían imaginar. Podríamos estar construyendo una era de cooperación global sin precedentes. Sin embargo, corremos el riesgo de regresar a una política dominada por el miedo, el enfrentamiento y la lógica del enemigo.

Frente a esa deriva, la ciudadanía debe recuperar su papel.

Defender la paz no es ingenuidad. Es la forma más lúcida de realismo histórico.

Porque todas las guerras, incluso las que parecen inevitables, podrían haberse evitado en algún momento anterior.

Porque antes de cada guerra hubo un momento en que todavía era posible detenerla. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos y comprometeos para detenerla.

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Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.

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