Plaza Pública

Patada a seguir en la COP de Glasgow: Del 'retardismo' a la educación

Miles de manifestantes han salido este sábado a las calles de capitales de todo el mundo para exigir acciones contra el cambio climático. En esta foto, la concentración en Amsterdam.

Jesús Marcos Gamero Rus

El cambio climático es una amenaza existencial, pero eso no quita para que algunos quieran seguir siendo los más ricos del cementerio. Del mismo modo, pareciera que el resto de los ciudadanos de las sociedades occidentales quisiéramos seguir ese mismo destino, como si fuera parte de un proceso de emulación pecuniaria tal y como explicó Thorstein Veblen a finales del siglo XIX.

Los incuestionables datos científicos, expresados en el reciente informe del IPCC, deberían suponer un acicate para responder ante esa amenaza y reactivar la acción climática a nivel global. Igualmente, servirían para evidenciar la falta de recorrido de una estrategia negacionista que durante décadas ha sido utilizada por la industria de los combustibles fósiles y por sus medios, políticos y organizaciones a sueldo.

Sin embargo, la capacidad de “adaptación” del negacionismo ha resultado en un fenómeno mucho más difícil de identificar y enfrentar. Lo que se denomina como “retardismo”, explicado brevemente como la tendencia, aun a sabiendas de la gravedad del cambio climático, a retrasar u obstaculizar acciones climáticas efectivas, y que nos permite mostrar aún más la unidad de (in)acción entre industria y gobiernos.

Pero esa estrategia y complicidad entre gobiernos e industria, en la demora para tomar cada vez acciones más drásticas en cuanto a la reducción en el uso de combustibles fósiles, necesita cómplices. Y de forma voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente, asistimos desde nuestros sofás a la celebración de las conferencias del clima desde la más absoluta frivolidad e impostura.

Podría decirse que forman parte del calendario mediático anual. Después de Navidad, sabemos que, entre otros eventos, vienen los Goya y, a continuación, los Oscar; también en invierno aparecen eventos deportivos como el All-Star de la NBA o el Seis Naciones de rugby; en España en febrero tenemos el Carnaval, en marzo las Fallas y después Semana Santa; en mayo toca Eurovisión y en verano algún evento deportivo global como el Mundial o los Juegos Olímpicos; si así lo consideran celebramos el 12 de octubre; y entre noviembre y diciembre vuelve el espectáculo itinerante de la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC).

Observamos con indignación, pero también con cierto desdén, la celebración de las COP y lo que pudiera ser un ritual que parece repetirse inexorablemente y del que ya pudimos dar buena cuenta en Madrid en 2019: la llegada de delegados, activistas, periodistas, empresarios, etc. (jets incluidos); el desfile de los líderes mundiales mostrando una retórica vacía de compromiso; la exclusión de la sociedad civil, las reuniones a puerta cerrada y la celebración de una gran marcha por la calles de la ciudad sede; la elección de villanos a demanda según el medio y país; las reuniones finales y la exclusión de los delegados de los países más pobres que tienen billetes cerrados de vuelta y no esperan tal demora en las negociaciones; y finalmente un acuerdo de mínimos que nos deja la puerta abierta para seguir avanzando en el proceso negociador del próximo año que concluirá en una nueva COP.

Tampoco parecen inmutarnos las prácticas de greenwashing por parte incluso de la propia organización de la COP de Glasgow y sus patrocinadores y que también pudimos observar en Madrid. Entendemos que lo justo es ser ecuánimes, incluso ante las evidentes tácticas de desviación que pretenden centrar la atención en actores individuales como Greta Thunberg, y obviar el discurso social sobre las políticas y cambios sistémicos que hay que implementar.

Respondemos con un “eso ya lo sabía yo”, al conocer investigaciones como la más reciente del The Washington Post sobre los errores y falsedades que explican la enorme brecha entre lo que los países dicen que emiten y lo que realmente están emitiendo. En definitiva, la forma en que actúan los políticos y las empresas ante el cambio climático no son más que el fiel reflejo de lo que somos como sociedad, ya sea de forma individual o colectiva. Evidentemente, algunos pueden creer acertadamente que su comportamiento es consciente y comprometido. Pero los millones de conductores atrapados en los atascos de nuestras grandes ciudades no pueden estar equivocados.

Tras la flagelación viene la reflexión. Pero el espacio que queda para terminar este artículo es limitado, y el tiempo que nos queda como civilización para hacer frente al problema también lo es, por lo que mejor será dedicarlo a un objetivo relativamente modesto como puede ser la educación.

Y es que encontrar un sendero, ya sinuoso de por sí, entre el catastrofismo y el “business as usual”, va a requerir sobre todo grandes dosis de información y formación. Es el momento de desterrar de una vez del discurso público la muletilla sobre la necesidad de explicar y educar sobre el cambio climático a nuestros jóvenes.

Más al contrario, la solidaridad intergeneracional ante el cambio climático no se demostraría formando solamente a los más jóvenes, sino también a las generaciones de adultos y mayores. Esa formación, si quieren a nivel masivo y puesta en práctica desde todas las instituciones limitaría, al menos, la tendencia a caer en visiones negacionistas, anticientíficas, retardistas o catastrofistas.

Y del mismo modo, serviría para adaptar y reforzar el contrato social ante unos impactos del cambio climático cada vez mayores y la necesidad de implementar unas respuestas que pueden llegar a ser traumáticas y disruptivas, y que van a tener una de sus mayores fortalezas en la solidaridad y la cohesión social.

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Jesús Marcos Gamero Rus es profesor en Retos Medioambientales Globales en la Universidad Carlos III de Madrid y analista de la Fundación Alternativas.Jesús Marcos Gamero Rus Fundación Alternativas

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