Allá donde esté una central de gas, poner un aerogenerador o un parque fotovoltaico. El resto, todo igual, como siempre. Mismo sistema, mismas empresas, mismos poderes, mismos problemas. La transición energética se nos ha quedado corta, precisamente porque se ha interpretado como un mero cambio de fuentes de energía. Se podría decir que no se han atendido cuestiones clave –porque no se ha querido– como son las consecuencias sociales de mantener un modelo económico y energético en el que la garantía de acceso universal a un bien de primera necesidad y la democratización de su funcionamiento es todavía insuficiente.
Hasta hoy, la llamada transición energética ha logrado importantes hitos. Tenemos un ministerio encargado de avanzar hacia un modelo energético más limpio, resiliente y bajo en carbono. Pero, el plan que ha articulado España, al igual que Europa, ha pecado de ser poco ambicioso, pues no aborda el proceso con una mirada más amplia y transversal, dejando de lado temas tan importantes como la componente social, que, además, podrían transformar la vida de millones de personas para bien.
El pasado 30 de junio presentamos nuestro libro “Manual de independencia energética. El camino hacia la transición ecosocial” (Catarata, colección Transiciones) y estuvimos acompañados por tres personas –a las que agradecemos su predisposición– que no son ajenas al proceso hacia una transición más social: la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, el secretario general de CCOO, Unai Sordo, y la analista y profesora de Ciencias Políticas y Sociología Cristina Monge. ¿Por qué dos personalidades vinculadas al pensamiento laborista? Porque, precisamente, este camino debe contar con la clase trabajadora. Hablamos no solo de tener en cuenta su voz en procesos de cambio cruciales, sino de involucrar a toda la población y convertir este reto enorme en una oportunidad para mejorar la vida de las personas.
Esto pasa por ver en el despliegue de renovables y la electrificación una oportunidad no para satisfacer las líneas de negocios de las grandes empresas energéticas, sino una forma de generar empleo y valor socioeconómico. Unai Sordo lo sintetizaba muy bien arguyendo esa idea de que más renovables es sinónimo de energía barata y eso, a su vez, es un aliciente para atraer industrias que generen puestos de trabajo estables.
No sólo eso. La vicepresidenta Díaz recordó los miles de muertes que se han producido durante las olas de calor en los últimos años y cómo estas afectan, en gran medida, a la clase trabajadora. Morir a 40 grados, en un andamio o limpiando las calles abrasadoras de tu ciudad, es una realidad que no se puede ocultar y que, por desgracia, será cada vez más recurrente por culpa de un termómetro global al alza.
La transición energética se nos ha quedado corta, precisamente porque se ha interpretado como un mero cambio de fuentes de energía
Y en este punto la transición ecosocial puede convertirse –más bien, debe– en un proyecto de país. La electrificación y las renovables son una herramienta de mitigación local. Pero, también esta transición es la de la adaptación, la de hacer ciudades amables, la de normativas laborales que protejan a los ciudadanos de eventos extremos vinculados al cambio climático como las olas de calor, las sequías y las inundaciones.
Necesitamos que la transición ecosocial sea una estaca que atraviese cada una de las arterias socioeconómicas del país. Eso pasa por mejorar la vida a escala micro, desde abajo, con un sistema energético distribuido, que apueste por el autoconsumo doméstico e industrial, por comunidades energéticas, por redes públicas y por ciudades verdes. Pero, también este periplo tiene que ser una oportunidad única para que España sea dueña de su propio destino.
Y es que Ormuz y la invasión rusa de Ucrania han visibilizado, una vez más, la debilidad de una economía fósil. Es el momento de dar importancia a generar una energía limpia y autóctona, ajena a los volantazos bélicos de las superpotencias del planeta. La transición ecosocial es una forma de proteger a los ciudadanos. Aunque no lo creamos, con una buena gestión, cada gigawatio renovable instalado puede ser un salvavidas para las familias que durante el invierno no pueden mantener sus hogares en condiciones dignas. En otras palabras, renovables y electrificación como estrategia de defensa.
Es complicado abordar en estas breves líneas lo que supone articular un proyecto de país en torno a la electrificación y las renovables. Sin embargo, podemos resumir el reto en la ambición de hacer que la descarbonización de nuestra economía sirva no sólo para rebajar los índices de CO2, sino para construir un lugar donde la vida no sea hostil. Lo tenemos a mano, nos va la vida en ello.
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Fernando Ferrando es coautor del libro Manual de independencia energética y el presidente de la Fundación Renovables.
Ismael Morales es coautor del libro Manual de independencia energética
Allá donde esté una central de gas, poner un aerogenerador o un parque fotovoltaico. El resto, todo igual, como siempre. Mismo sistema, mismas empresas, mismos poderes, mismos problemas. La transición energética se nos ha quedado corta, precisamente porque se ha interpretado como un mero cambio de fuentes de energía. Se podría decir que no se han atendido cuestiones clave –porque no se ha querido– como son las consecuencias sociales de mantener un modelo económico y energético en el que la garantía de acceso universal a un bien de primera necesidad y la democratización de su funcionamiento es todavía insuficiente.