La Semana Santa, ¿empate técnico?
En este año del Señor, como le gusta decir a la Curia Romana y a la jerarquía católica, la Semana Santa contiene aspectos singulares. Sociológicamente, las creencias cristianas se manifiestan masivamente en las calles y las iglesias quedan como refugio minoritario. La enormidad de procesiones en número ( leo que son 32.711 ) y duración ( algunas con más de 14 horas), que ocupan miles de calles de nuestras ciudades y pueblos, además de esas manifestaciones, crean muchas dificultades a los vecinos y a los que quieren visitarlas. A su vez, la necesidad y urgencia de disfrutar unos días de descanso y de vacaciones hacen que los desplazamientos y el turismo alcancen cotas altísimas, de proporciones parecidas a las vacaciones de verano.
Pero el motivo que condiciona esta Semana Santa, como no se le escapa a nadie, intervenga en ellas o solo las presencie, asista a los oficios religiosos eclesiales, vaya a la playa, la montaña o Estambul, es la guerra: La Operación Furia Épica, como la han bautizado sus autores, Trump y Netanyahu. No hay tregua, a pesar de que en estos días coincide la Pascua judía (Pesaj) con la semana grande de la Iglesia Católica y la Pascua ortodoxa a la semana siguiente, en la que participa Putin, otro guerrero.
Mi impresión es que de esta guerra la humanidad va a salir más sabia, con más consciencia, tal está siendo su repercusión. Que el imperialismo yanqui está cavando su tumba. Así cayeron otros imperios, cuando más fuertes se creían. Trump ha tenido en este último año muchos reveses (la guerra comercial con China, la amenaza de anexión de Groenlandia, las presiones sobre Canadá que facilitó la victoria de Mark Carney y aproximó Ottawa a China o la sentencia del Tribunal Supremo que tumbó la guerra arancelaria), como ha expuesto Andrea Rizzi en un artículo en El País.
No es una guerra de religión, como fueron las guerras en la Edad Media y siglos anteriores para la implantación de la cristiandad. Y más recientemente nuestra guerra civil. En la actualidad se puede afirmar que ningún dirigente civil o religioso puede hoy día imponer su dominio terrenal, solo o en alianza.
Pero Dios, si existe, no interviene como actor ni en los conflictos, sean leves o muy graves, ni tampoco en el esfuerzo por conseguir la paz
Coincidiendo con la guerra, en España son las cofradías y hermandades las que echan un pulso al Estado y la Iglesia católica, procesionando con sus cristos lanceados y las imágenes de madres dolorosas. Con esas tallas diversas y cristos retorcidos en la cruz, aunque no lo pretendan, las cofradías y hermandades señalan el dolor y el sufrimiento como experiencia sensorial inevitable de la condición humana. No en balde, la procesiones tienen como sobrenombre “estaciones de penitencia”, como si fuera la mala suerte que nos espera algún día a todos los mortales. Solo con el nombre de la mayoría de las cofradías, uno se echa a temblar: "cofradía de nazarenos del santísimo cristo de la fe y del perdón”, "Archicofradía Primaria de la Real e Ilustre esclavitud de nuestro Padre Jesús Nazareno de Medinaceli”, "Cofradía del prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios”.
No sabemos experimentalmente lo que pasó en la IIª República, cuando el Gobierno prohibió las procesiones. Hubo muchas protestas, pero es inimaginable lo que pasaría hoy, solo si el Gobierno redujera algunas o redujera las horas de ocupación de las calles para facilitar el tránsito de los viandantes y disminuir los ruidos que provocan. Mientras escribo estas letras veo en Televisión Española el caos provocado por la coincidencia de una carrera de atletas con los nazarenos de una procesión en una población del País Vasco. Y la asistencia continua que hacen los fisios a los costaleros.
Miradas en profundidad las procesiones de la Semana Santa española, se puede decir que tanto el Estado como la jerarquía católica han dimitido de sus funciones. Ese laissez faire, laissez passer que ambos han permitido a las cofradías y hermandades, creyendo que les beneficia, está creando un clima de malestar muy extenso contra la ocupación de la calle, el ruido y el turismo masivo. Hasta el punto de que se hable de que la Semana Santa sevillana puede morir de éxito. La jerarquía católica, que apenas participa en las procesiones, cree que le beneficia tanta procesión. Porque alimentan esa fe “sui géneris” de los cofrades y hermanos y de los miles que las presencian y les mantienen dentro de las creencias, aunque la mayoría no asista a los oficios propiamente recordatorios en las iglesias de los últimos días del juicio popular a Jesús y de su pasión y muerte. Y el Gobierno de turno de España hace cuentas cada año del incremento de los turistas y los ingresos que dejan en las arcas públicas. Por eso tantas celebraciones de la semana son declaradas de Interés Turístico internacional. En definitiva, entre un Estado aconfesional, que aboga por la libertad religiosa y la igualdad de la participación de las mujeres en las cofradías y hermandades que se lo niegan, y los obispos que ven con agrado esa toma de las calles, se puede decir que existe un “empate técnico” para mantener el statu quo actual.
En el protagonismo que alcanza el Papa en la Semana Santa anual, León XIV, como dirigente máximo del pueblo cristiano, se ha declarado abanderado de la paz con las siguientes palabras: ”Dios rechaza la guerra. No se puede utilizar a Dios para justificar la guerra”. Y abundará en esa declaración el domingo. No nombrará a Trump, Netanyahu y Putin. Pero Dios, si existe, no interviene como actor ni en los conflictos, sean leves o muy graves, ni tampoco en el esfuerzo por conseguir la paz. El destino del planeta que habitamos depende exclusivamente de nosotros, de la humanidad y también de las fuerzas de la naturaleza que, a veces, nos advierten de que caminamos en sentido contrario.
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Felipe Domingo Casas es socio de infoLibre.