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Plaza Pública

Vacaciones, con uve de Vox

El presidente de Vox, Santiago Abascal, y el secretario general y diputado nacional, Javier Ortega Smith.

Javier Franzé

Vox aprovechó la sesión parlamentaria del pasado martes, que se esperaba plagada de apelaciones al menos formales a la unidad, para anunciar una moción de censura al Gobierno. Un golpe de efecto más, pues sabe que no puede ganarla. Pero entonces ocurrió lo impensado. Sánchez preguntó al diputado Abascal: "Si tan urgente es para usted cambiar a este Gobierno ¿por qué espera al mes de septiembre?”. Y en tono campechano, suelto, seguro, remató: “¿Qué pasa, señor Abascal? ¿Se va de vacaciones?".

Abascal no pudo más que aguantar el chaparrón de la verba parlamentaria sentado en su escaño, sosteniendo a duras penas la mirada a un presidente que se auto-celebraba, risueño y socarrón. Para colmo, la mascarilla le impidió al líder de Vox usar el lenguaje no verbal, utilísimo en la esgrima parlamentaria de la época mediática. Y no cualquier mascarilla, sino la elegida por él, de tela negra cruzada verticalmente por dos pequeñas banderas españolas. Probablemente, Abascal no se percató de lo que significaba que el negro –asociado al fascismo– y dos banderas españolas fuera lo que le tapaba la boca y casi todo su rostro, impidiéndole apenas comunicar. Por primera vez, Vox quedaba en el lugar donde suele (querer) poner a sus adversarios: doblegado a la luz pública.

Tras meses y meses de soportar la estrategia discursiva de Vox, hecha de hipérbole, catastrofismo y palabras que ya no se dicen –aquellas que el discurso dominante de la Transición ha neutralizado–, el presidente Sánchez, sin enojarse y en tono distendido, dio la vuelta a la situación: “vacaciones” fue a clavarse firme en la línea de flotación del discurso de Vox, que presume de ser el partido “de la España que madruga”. Es decir, de los auténticos españoles y no de los políticos, ni de los inmigrantes, ni de las feministas, ni de los comunistas, ni de los nacionalistas “periféricos”.

Más allá de la escaramuza parlamentaria, que será vista de refilón por la mayoría de la ciudadanía y archivada como una anécdota más de la “verborrea inútil de los políticos”, Sánchez generó un hecho (no un acontecimiento) relevante: bastaron cuatro sílabas para recolocar el escenario político de la Transición o, lo que es lo mismo, para dar una lección de buen hacer hegemónico. El discurso de Vox fue reenviado al lugar del artificio, del ruido, de la pataleta, del alarmismo, para recordarnos que España es un país institucionalista, donde la rutina parlamentaria y mediática canaliza la mayor parte del flujo político, donde nunca debe pronunciarse una palabra más alta que la otra, aun en el marasmo. Recuérdese que El País, su partido impreso, tiene por norma no publicar títulos a toda página “para no alarmar al lector”. Un país, en definitiva, en el que hasta los sedicentes más duros y heroicos combatientes eligen al fin también veranear.

Sánchez había hecho visible minutos antes de su remate el talón de Aquiles del discurso de Vox: la interminable ristra de enemigos que éste enumera. Dijo el presidente a Abascal: “Nos queda claro que para ustedes la culpa [de la pandemia] es de los chinos, de los comunistas, de los inmigrantes, de las mujeres y mía”. Abascal asintió jubiloso desde su escaño, desconociendo que su fuerza estaba siendo usada contra él. En efecto, si ninguno de esos enemigos —a los que habría que sumar los nacionalismos “periféricos” y el populismo— condensa a los demás, los representa, abarca y sintetiza, entonces todos ellos en conjunto acaban operando como infinitos frentes, por definición imposibles de manejar. ¿Por qué? Porque cuando nombro a mi enemigo me estoy nombrando a mí. Y si ese Ellos es un friso de múltiples espejos, su imagen reflejada no puede ser un Nosotros, sino una colección de yoes yuxtapuestos. Los caminos para negar, rehuir, esquinar lo político son inescrutables.

Lo destacable es que el fulminante contraataque de Sánchez no se explica tanto por la pericia personal, sino por el uso, como quien no quiere la cosa, del lenguaje político materno, el del PSOE, el de la Transición, el hegemónico, ese que se domina sin necesidad de grandes tecnicismos ni elucubraciones. En un abuso de estructuralismo, cabría decir que el lenguaje lo habló al propio Sánchez, no al revés. Por eso la eficacia radica en el lenguaje, no en la literalidad del significante “vacaciones”: éste sólo cobra valor envuelto en el espesor de aquél. Si la potencia anidara en lo literal, no habría contingencia ni, por tanto, política: bastaría con comprarse un Diccionario. El espesor del lenguaje es particular porque cobija todas las luchas históricas por el sentido.

Para escándalo de Vox, todo esto lo aprendimos de la experiencia de Podemos. No hay atajo, no hay secreto, no hay abracadabra. El resplandor no da la medida del calor. Lo político se hace con brasas. Burke no andaba muy errado: no hay borrón y cuenta nueva. Hay cuenta nueva, pero con los números antiguos.

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Javier Franzé es profesor de Teoría Política de Universidad Complutense de Madrid

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