De Washington a Trump

Es una ilusión pensar que las democracias aguantan todas las tensiones. Los sistemas democráticos tienen áreas de vacío legal donde las leyes no son claras y permiten un amplio margen de interpretación. Son las fisuras por las que puede entrar el totalitarismo. Las constituciones pueden no especificar con detalle cómo debe ser una transición entre gobiernos, pero hay normas no escritas que garantizan que el proceso sea ordenado y pacífico. La Convención de Filadelfia de 1787, en la que se redactó la Constitución de los Estados Unidos, representó un momento clave por la manera en que los delegados asumieron que la democracia requería algo más que leyes: necesitaba espíritu, contención y costumbre, dado que la ley no puede anticipar todas las situaciones ni regular todas las actividades de los políticos. Incluso Nixon o el muy excéntrico Lyndon Johnson respetaron los procedimientos establecidos por sus predecesores mediante la costumbre.

Desde el punto de vista de los llamados contrapesos duros (instituciones, leyes, separación de poderes) y blandos (normas informales, ética pública, autocontención a la hora de ejercer el poder), la Convención diseñó un sistema de frenos legales, confiando en que los actores políticos respetarían los límites no escritos, algo que ha sucedido casi siempre en los últimos 250 años. Estados Unidos tuvo la enorme fortuna de que los Padres Fundadores (Hamilton, por encima de todos Madison, Washington, Franklin y Morris) eran profundos conocedores de la Ilustración europea y la historia de Grecia y Roma, de manera que conocían las causas por las que los sistemas podían caer en la tiranía. Pero no son solo las convenciones lo que está en riesgo hoy en Estados Unidos, sino la democracia en sí, porque un rasgo esencial de un delincuente vengativo y mezquino como Trump es, precisamente, que no respeta las normas. 

No son solo las convenciones lo que está en riesgo en Estados Unidos, sino la democracia en sí, porque un rasgo esencial de un delincuente como Trump es que no respeta las normas

Los reyes de Inglaterra conservan todavía la prerrogativa de vetar leyes aprobadas por el Parlamento, pero hace siglos que no la ejercen. El último intento serio de resistirse al poder legislativo fue el de Carlos I, cuya negativa a aceptar límites constitucionales y su enfrentamiento con el Parlamento desembocaron en la Guerra Civil inglesa y el fin del absolutismo en el país. Desde entonces, el poder real fue progresivamente acotado, algo que todos los monarcas aceptan. Estos ejemplos históricos muestran que la solidez de los sistemas democráticos depende también de la voluntad ética de sus líderes a la hora de respetar límites que no son legalmente vinculantes. Cuando un agente político decide quebrar estas normas está socavando la confianza y la estructura que ha permitido que la democracia funcione de forma pacífica durante siglos.

Los sistemas de contrapesos funcionan si un número importante de agentes respeta todas las normas, pero me temo que empezará a erosionarse de forma crítica en Estados Unidos porque hay muchos agresores potenciales dispuestos a seguir a Trump en sus desvaríos autoritarios. Podemos recordar, tal vez como el mejor ejemplo, lo que hizo Mike Pence al negarse a seguir las demandas de Trump de rechazar los votos electorales durante la certificación de la elección presidencial de 2020. La negativa de Pence se basó en una interpretación estricta de sus deberes constitucionales, pero podría haber hecho lo contrario. Como vicepresidente, la función de Pence era presidir esa sesión, un papel que tradicionalmente es ceremonial. Un día antes de la certificación, emitió una declaración pública en la que explicaba que, según la Constitución y las leyes existentes, su papel era simplemente abrir y contar los votos, no decidir cuáles aceptar o rechazar. Al certificar los resultados de la elección, Pence cumplió con su deber constitucional, pero en el proceso desafió directamente las órdenes del aún presidente y se ganó su enemistad porque para un necio como Trump la lealtad mal entendida debe pasar por encima de la propia democracia. 

Otro aspecto fundamental que explica la tradicional fortaleza de la democracia estadounidense es que los Padres Fundadores eran ilustrados y liberales tanto en el orden económico como en el político. Ninguno de ellos fue lo que hoy entendemos como un neoliberal, que son los radicales que creen en un mundo en el que los verdaderos gigantes de nuestro tiempo, las grandes multinacionales y fondos, no deben ver límites a sus actividades. El propio Adam Smith, reconocía que, sin controles, los empresarios tendían a abusar o crear monopolios. No me extrañaría nada que, dado que su principal preocupación era la libertad, los liberales políticos y económicos clásicos estuvieran hoy más cerca de la socialdemocracia de Olof Palme que de la ley de la selva que defienden Trump, Milei y Ayuso. En fin. Para que perviva todo lo que conocemos no basta con la ley ni por supuesto con invocar la democracia y sus atributos, como hacen los adláteres de Trump hablando frecuentemente de “libertad” y hasta de “derechos humanos”. Lo que sostiene a los sistemas democráticos es la cultura política y el respeto por las normas no escritas. Los contrapesos duros pueden ser burlados cuando los blandos no son respetados, porque estos últimos dependen de la voluntad humana, por eso son vulnerables. Hablar de contención a dirigentes preocupados por la censura, por humillar a sus adversarios e incluso deshumanizarlos se convierte en un ejercicio de ingenuidad. Para ejercer la vida política hay que poseer grandeza, y quienes gobiernan hoy son un prodigio de mezquindad, crueldad y mediocridad. 

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Eduardo Luis Junquera Cubiles es escritor y socio de infoLibre.

Es una ilusión pensar que las democracias aguantan todas las tensiones. Los sistemas democráticos tienen áreas de vacío legal donde las leyes no son claras y permiten un amplio margen de interpretación. Son las fisuras por las que puede entrar el totalitarismo. Las constituciones pueden no especificar con detalle cómo debe ser una transición entre gobiernos, pero hay normas no escritas que garantizan que el proceso sea ordenado y pacífico. La Convención de Filadelfia de 1787, en la que se redactó la Constitución de los Estados Unidos, representó un momento clave por la manera en que los delegados asumieron que la democracia requería algo más que leyes: necesitaba espíritu, contención y costumbre, dado que la ley no puede anticipar todas las situaciones ni regular todas las actividades de los políticos. Incluso Nixon o el muy excéntrico Lyndon Johnson respetaron los procedimientos establecidos por sus predecesores mediante la costumbre.

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