Igualdad

Dos años del #MeToo: el estallido social comienza a provocar pequeños avances institucionales

Imagen de una manifestación feminista.

Octubre fue el mes clave. El día 5 de aquel mes, hace ahora dos años, el New York Times destapó en un artículo décadas de agresiones sexuales a manos del reputado productor Harvey Weinstein. A aquella primera piedra le siguieron montañas. A partir del 15 de octubre, el hashtag #MeToo comenzó a popularizarse en las redes sociales: la marejada de denuncias empezaba a revolverse. A las voces de actrices como Alyssa Milano, Rose McGowan o Angelina Jolie les siguieron los gritos de eurodiputadas, periodistas o artistas que dieron un paso adelante para lanzar un mensaje claro: yo también. Dos años después del fenómeno que evidenció toda una estructura articulada en torno al poder de los hombres sobre las mujeres, ¿cuáles han sido los efectos?

 

El cambio más evidente ha sido en lo social. En un primer plano, abrió la puerta para que muchas otras mujeres dieran el paso de identificar un problema que creían privado como un asunto público y común. Las calles se llenaron de mensajes combativos contra el acoso cotidiano en todos los ámbitos.

Verónica Barroso, portavoz de Amnistía Internacional, celebra el movimiento y sus efectos. "Ha conseguido visibilizar un tipo de violencia que estaba muy invisibilizada", sostiene al otro lado del teléfono y menciona algunos "casos muy mediáticos como el de La Manada, que generó mucha indignación y miles de personas en la calle diciendo que no consienten". El resultado, además de poner sobre la mesa "tipos de violencias que para muchos no existían", impulsó además una suerte de "presión hacia las autoridades para adoptar medidas".

La sindicalista Elena Blasco, secretaria de Mujeres e Igualdad de CCOO, coincide en que el fenómeno "ha influido" y ha ayudado a generar "éxito en las movilizaciones" feministas. "Se ha conseguido unir varias demandas feministas que afectan a varias esferas", reflexiona Blasco, y que tienen que ver con "toda la discriminación y desigualdades" que padecen las mujeres. En ese sentido, "ha permitido que se viralizara de manera rápida cualquier tipo de protesta, que se agrupara en las movilizaciones cualquier tipo de persona interpelada y se ha internacionalizado por completo".

El movimiento, no obstante, ha generado también voces críticas. Algunos sectores del movimiento feminista creen que el fenómeno excluye a parte de las víctimas, precisamente las que carecen de medios para hablar. "El movimiento #MeToo se ha convertido en una especie de aventura, en un evento hollywoodiense en el que te encuentras con unas actrices protestando porque no les han pagado lo mismo que a otros hombres. Que, en vez de cobrar dos millones de dólares, sólo cobraron uno. Y, mientras tanto, no han dicho ni mu sobre las otras mujeres normales y corrientes que luchan cada día para salir adelante", observa la activista Elaine Brown, líder de las Panteras Negras entre 1974 y 1977, en esta entrevista. El Movimiento Me Too, de hecho, nació en el año 2006 de la mano de la activista Tarana Burke, pero no fue hasta su aterrizaje en Hollywood que comenzó a ser escuchado. En lugares como Oriente Próximo o El Magreb, los costes de denunciar públicamente la discriminación, explotación y violencia que sufren las mujeres es extremadamente elevado para las víctimas y su impacto pasa, en ocasiones, desapercibido fuera de sus fronteras.

Para Estefanny Molina, abogada de Women’s Link Worldwide, "estos cambios no han llegado a todas las mujeres", porque el fenómeno "ha sido un altavoz para mujeres que, pese a las dificultades, tenían posibilidad de levantar la voz y hacer su denuncia". En el extremo opuesto, conviene no olvidar "que otras muchas mujeres siguen en situaciones de vulnerabilidad que les dificultan mucho poder denunciar la violencia sexual que sufren". Sobre estas mujeres "sigue existiendo una gran desconfianza y una falta de credibilidad cuando han intentado crear su propio #MeToo". La jurista recuerda en este punto a las temporeras de la fresa en Huelva. "A día de hoy, no se han depurado responsabilidades por la explotación laboral ni la violencia sexual que sufren".

De la empresa a los juzgados

Más allá del eco social que han tenido las protestas, el movimiento también ha tenido determinado impacto en terrenos como el laboral y judicial. Para Blasco resulta fundamental destacar que el #MeToo y su denuncia atañe a "diferentes ámbitos profesionales", donde se ha asumido que "el simple hecho de que seas mujer, en cualquier situación, supone que puedas ser víctima de discriminación o desigualdad". Una idea, sostiene la sindicalista, que ha incidido en la "concienciación y la sororidad para poder tener esa fuerza y denunciar".

En la esfera laboral, sí entrevé que "a nivel empresarial son muchos más conscientes de la dimensión del problema". Del "empoderamiento" de las mujeres ha brotado "una especie de denuncia colectiva y cambios legislativos", cita, "los últimos convenios de la OIT". En junio de 2019, la OIT adoptó un nuevo convenio y una nueva recomendación para hacer frente a las situaciones de violencia y acoso en el lugar de trabajo .Todo ello guarda estrecha relación "con la implicación feminista" y ha permitido que "todos los agentes se involucren".

A nivel estatal también se han dado algunos avances. En marzo del presente año, y en cumplimiento del Pacto de Estado contra la Violencia de Género, el Gobierno aprobó una serie de medidas para acabar con la desigualdad en el empleo. Uno de los cambios más sustanciales fue reducir a 50 el número de trabajadores con los que ha de contar una empresa para tener que registrar, de forma obligatoria, un plan de igualdad. En una respuesta parlamentaria el Gobierno aseguró en febrero de 2018 que "en ausencia de un registro de todos los planes de igualdad que son obligatorios según la vigente legislación, resulta imposible informar sobre la tasa de cumplimiento de dicha obligación". Desde marzo, la existencia de un registro que permita hacer balance es una obligación.

El #MeToo "rompió un silencio colectivo" y permitió "comprender cómo la violencia sexual afecta a todas las mujeres en todo el mundo, de todos los ámbitos y profesiones", valora Molina. La letrada pone como ejemplo la influencia que tuvo en territorio español a través de las "manifestaciones en apoyo de la sobreviviente de La Manada y en la posterior sentencia del Tribunal Supremo". En ese sentido, Molina observa un cambio de paradigma a nivel judicial, al menos en la sensibilidad de quienes juzgan. "Al #MeToo tenemos que agradecer que haya contribuido a empezar a eliminar algunos estereotipos que existen sobre las mujeres que denuncian violencia sexual", sostiene la jurista. Según el informe más reciente del Ministerio del Interior, entre enero y junio de 2019 se produjeron 829 agresiones sexuales con penetración y 7.258 delitos contra la libertad e indemnidad sexual. Un 3,8% y un 11,8% más en relación al mismo periodo del año anterior, respectivamente.

En materia penal, el debate en torno al consentimiento cobró dimensiones especialmente llamativas con la propuesta de reformar del Código Penal. El análisis de los expertos, aún sin concluir, comenzó a dar sus frutos planteando eliminar el abuso sexual de manera que cualquier ataque sea considerado una agresión. La repetición de elecciones generales deja en el aire el futuro de esta pretensión, clamor de las organizaciones que luchan por los derechos de las mujeres.

Pero las lagunas persisten. Un informe de Amnistía Internacional, Ya es hora de que me creas, puso sobre la mesa la invisibilidad que afrontan las víctimas de violencia sexual y las trabas a las que deben enfrentarse."Mientras se daban importantes pasos en relación a la violencia contra las mujeres por parte de sus parejas y exparejas, otras manifestaciones de violencia de género quedaban desatendidas", sostiene la organización, que denuncia tres décadas sin políticas públicas para combatir la violencia sexual.

Barroso recuerda que el informe "destacaba la falta de políticas públicas, de recursos especializados para atender a las víctimas, de centros de crisis", pero también el "cuestionamiento de la víctima, su revictimización, los estereotipos y prejuicios por parte de los profesionales", muchas veces "dentro del sistema judicial y los propios profesionales".

A juicio de la activista, "sí que ha habido concienciación y sensibilización", pero no hay que obviar "los discursos que aún oímos y que vienen a cuestionar" la especificidad de la violencia sobre las mujeres. A nivel político, valora, "ha habido pequeños avances", pero la "voluntad política no se puede quedar en anuncios", sino que se debe "materializar en políticas públicas efectivas".

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