El día que cien policías, entre ellos pesos pesados, homenajearon a Billy el Niño

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Cuando Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, decidió en 1982 pedir la excedencia del Cuerpo Superior de Policía para dar el salto a la empresa privada de la mano de la firma Hispavinsa, ligada a la multinacional del automóvil Talbot, probablemente nunca llegó a imaginar que, tres décadas después, su nombre volvería a marcar de nuevo la agenda política y mediática española. Primero fue la conocida como querella argentina, donde apareció como investigado por varios delitos de torturas cometidos durante el franquismo. Luego, se pusieron bajo la lupa las cuatro condecoraciones al Mérito Policial –dos Medallas de Plata y dos Cruces con distintivo rojo– que cuelgan sobre su viejo uniforme, distintivos que le reportan un plus acumulado del 50% sobre su pensión vitalicia. Y la semana pasada, su nombre volvió a saltar a los titulares tras ser cazado en el acto de celebración del patrón de la Policía Nacional en una comisaría de Ciudad Lineal en Madrid, una invitación que ha provocado la apertura de un expediente al jefe de dicho destino policial.

A pesar de las brutales técnicas de interrogatorio que el viejo policía empleó sin ningún reparo durante su etapa como hombre fuerte de la Brigada Político-Social –culatazos con el arma, palizas o simulaciones de ahogamiento a los detenidos– y de las constantes polémicas que protagonizó en la Transición y los primeros compases democráticos, una parte importante de sus colegas de profesión jamás le dieron la espalda. Algunos de sus compañeros en la Brigada Especial Operativa consideraban, tal y como consta en un reportaje del diario El País, que a González Pacheco se le endosaba “todo” lo que sucedía: “En cuanto un detenido sale a la calle, dice que ha sido torturado por González Pacheco. Yo sé de unos que lo acusaron y sé también que él ni los llegó a ver”. Y la máxima expresión de este respaldo sin fisuras pudo verse, por ejemplo, en julio de 1979, cuando le organizaron un acto en un céntrico hotel de Madrid para darle todo su apoyo en uno de los momentos más delicados de su carrera policial.

Contra “la incomprensión y la inquina”

Fue en el verano de ese año cuando la estrella de González Pacheco comenzó a apagarse lentamente. El policía, convertido en uno de los hombres fuertes de la Brigada Central de Información a raíz de la liberación del teniente general Villaescusa y del expresidente del Consejo de Estado Antonio María de Oriol y Urquijo, tuvo que prestar declaración ante el juez para aclarar su presunta amistad con José Fernández Cerrá, uno de los condenados por el asesinato a sangre fría de cuatro abogados laboralistas y un administrativo en el número 55 de la calle Atocha de Madrid. Tras lograr esquivar las dos primeras citaciones, González Pacheco acudió a los juzgados el 8 de junio. “Visiblemente nervioso”, como señalaron las crónicas de la época, el expolicía declaró, en contradicción con lo que señalaban los acusados, que no conocía ni era amigo de ninguno de ellos y que tampoco se había reunido con los investigados, a pesar de que la acusación había presentado datos concretos de dichos encuentros.

Ante las contradicciones existentes, que giraban alrededor de la supuesta amistad entre el agente y el acusado y de los posibles contactos mantenidos en la Dirección General de Seguridad, González Pacheco fue sometido a mediados de julio a un careo con Fernández Cerrá y Gloria Herguedas, otra de las imputadas en el caso. El expolicía, que por aquel entonces ya había sido condecorado en dos ocasiones, llegó al hospital penitenciario de la cárcel de Carabanchel, el lugar designado para practicar la diligencia, acompañado de varios de sus colegas de brigada. De nuevo, el exagente de la Político-Social negó cualquier relación de amistad con Fernández Cerrá, mientras el acusado seguía insistiendo en ella.

Durante esos dos intensos meses, sus compañeros se volcaron decididamente con González Pacheco. Así, el 3 de julio de 1979, un centenar de funcionarios del Cuerpo Superior de Policía ofrecieron a Billy el Niño una cena-homenaje que fue calificada de “acto íntimo y corporativo”, en un hotel del centro de Madrid para mostrar su solidaridad con los compañeros “que actúan abnegadamente” pero que sufren “la incomprensión y la inquina”, según publicó la agencia EFE un día después. Al término del encuentro, señalaba el teletipo, González Pacheco afirmó que no sentía “otra preocupación que ser un buen policía” e impedir que “estén en la calle los delincuentes, terroristas y asesinos”. Y, por supuesto, aseveró que no pensaba dimitir “porque se le ataque o injurie”. Una posición que mantuvo unos días después en una entrevista en la revista Tribuna Policial, una amable conversación con la que se intentó blanquear su imagen.

Los asistentes

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A la cena-homenaje acudieron pesos pesados del estamento policial. Allí estaba el comisario general de Información, Manuel Ballesteros, el mismo que pocos meses después depuraría a Billy el Niño de la lucha antiterrorista con el objetivo de mejorar la imagen de la brigada. Fallecido en 2008, Ballesteros comenzó en la Político-Social, pero su ascenso meteórico se produjo durante la Transición. En 1979, se hizo cargo de Información en sustitución del temido Roberto Conesa, un puesto que ocupó hasta 1981, cuando presentó su dimisión después de que se decretara prisión preventiva para cinco policías que participaron en los interrogatorios Joxe Arregi, muerto como consecuencia de los malos tratos sufridos en comisaría. A pesar de ello, y de haber sido acusado de torturas durante la dictadura, Ballesteros siguió ocupando puestos relevantes durante su carrera policial: jefe de Contraterrorismo, de Operaciones Especiales o director del Gabinete de Información de Interior.

Al acto también asistió el jefe de la Brigada Operativa, que por aquel entonces era Manuel Gómez Sandoval. Crecido también en el seno de la Político-Social, este policía, fallecido en 1986, comenzó su andadura como jefe del grupo de estudiantes, encargado de reprimir los movimientos universitarios, según consta en un amplio reportaje del diario El País. Como Billy el Niño, Gómez Sandoval fue condecorado en 1977 por el ministro Rodolfo Martín Villa con la Cruz al Mérito Policial con distintivo rojo y no tardó en hacerse un nombre en la Brigada Central de Información, de la que fue removido para entrar a formar parte de la denominada Brigada Antigolpe. Sobre Gómez Sandoval pesa también la sombra de la tortura. En junio de 2017, un exmiembro de la Liga Comunista Revolucionaria lo incluyó, junto a González Pacheco y otro viejo agente de la Político-Social, en una querella interpuesta por torturas sufridas durante la dictadura.

Por último, acudió a la cita el entonces presidente de la Asociación Profesional de Funcionarios del Cuerpo Superior de Policía (Apfcsp), Carlos Cabrerizo Rica. Legalizado en 1978, y controlado desde un primer momento por antiguos agentes muy vinculados a la Político-Social, el colectivo se fue haciendo fuerte poco a poco, aglutinando a gran parte de los comisarios principales, comisarios, subcomisarios e inspectores de primera, segunda y tercera. Desde el primer momento, Cabrerizo destacó como su presidente nacional. Sin embargo, la crisis abierta a finales de ese año tras el fracaso en el intento de negociar reivindicaciones profesionales terminó provocando su salida de la presidencia del sindicato. Tras esto, poco más se ha sabido sobre su trayectoria. Lo último, que en 1983 fue relevado de su cargo como comisario jefe de San Sebastián y enviado a Marbella como consecuencia del tratamiento dado a los secuestros de Orbegozo y Echevarría.

Cuando Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, decidió en 1982 pedir la excedencia del Cuerpo Superior de Policía para dar el salto a la empresa privada de la mano de la firma Hispavinsa, ligada a la multinacional del automóvil Talbot, probablemente nunca llegó a imaginar que, tres décadas después, su nombre volvería a marcar de nuevo la agenda política y mediática española. Primero fue la conocida como querella argentina, donde apareció como investigado por varios delitos de torturas cometidos durante el franquismo. Luego, se pusieron bajo la lupa las cuatro condecoraciones al Mérito Policial –dos Medallas de Plata y dos Cruces con distintivo rojo– que cuelgan sobre su viejo uniforme, distintivos que le reportan un plus acumulado del 50% sobre su pensión vitalicia. Y la semana pasada, su nombre volvió a saltar a los titulares tras ser cazado en el acto de celebración del patrón de la Policía Nacional en una comisaría de Ciudad Lineal en Madrid, una invitación que ha provocado la apertura de un expediente al jefe de dicho destino policial.

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