Aún no sabemos si Salvador Illa y Pedro Sánchez compartirán un año más destino vacacional en Lanzarote, pero lo que sí está claro es que el destino político de cada uno pasa por el otro. Seguro que esa semana de agosto en la residencia de La Mareta, donde el presidente veranea desde 2020, les viene bien a ambos para preparar un nuevo curso cargado de exámenes, aunque al menos el president ha evitado la reválida.
Con los presupuestos sellados en Cataluña tras una ardua negociación con ERC y el apoyo de los comuns, Illa ha hecho los deberes antes que el morador de La Moncloa, que no tendrá fácil lograr los apoyos para sacar las cuentas adelante. El curso que viene, sin embargo, el president tendrá que implementar una financiación que plantea muchos interrogantes. "Son unos presupuestos muy condicionados a diferentes acuerdos con partidos de la oposición, que se le pueden girar en contra. Es una estabilidad formal, pero no material", señala a infoLibre el profesor de Ciencia Política en la Universitat de Barcelona Jesús Palomar sobre unos acuerdos que, además, "no son catalanes, porque dependen de Madrid, no hay garantía de que se cumplan y eso puede complicar la gobernabilidad".
De momento, el tripartito catalán —PSC, ERC y comuns—, aún sin ser una coalición de gobierno formal, ha resultado en un funcional matrimonio de conveniencia. "Tanto PSC como sus socios saben que moverse en una posición distinta puede tener un alto coste. Tienen miedo a moverse", asegura a este medio el profesor de Estudios del Derecho y Ciencia Política en la Universitat Oberta Catalunya (UOC) Andreu Paneque sobre el pragmatismo que ha guiado al eje izquierdista. "Si ERC hace algo, Junts hará lo contrario", pone como ejemplo, y aunque la lógica independentista ya no impera en el electorado, "puede trasvasar votos de cara a las municipales" del próximo mayo.
Si bien Illa ha logrado enterrar el procés, sigue lejos de ser el partido de la estabilidad, la concordia y las grandes mayorías que prometió en su campaña hace más de dos años. Entre otras cosas, porque la crispación no ha desaparecido. Ahora, agudizada por la fractura izquierda-derecha con el auge de los ultranacionalistas, especialmente de Aliança. "Eso no deja de revelar una particularidad de esta legislatura, la de los vasos comunicantes: lo que pasa en España se refleja en Cataluña, lo que pasa en el Congreso se refleja en el Parlament, y viceversa", afirma el politólogo.
Guiños a Pujol pero portazo de Junts
Esa conexión ha impedido a Illa volver a la normalidad tras el tsunami y la resaca del procés. Su talante moderado y conciliador no le ha servido para reconstruir el 'oasis catalán', o mejor dicho, pujolista, cuando el clima de moderación en la Cámara de Barcelona contrastaba con las broncas en Madrid. Y no será porque el socialista no haya intentado rehabilitar la figura de Jordi Pujol: lo invitó al Palau de la Generalitat como "una de las figuras más importantes de la historia de Cataluña", se reunió con él en el Palacio de Pedralbes y la semana pasada volvieron a coincidir en un acto en el que Illa reconoció que "Cataluña le debe mucho". Todo eso tras la confesión de Pujol de tener una fortuna oculta en Andorra y en pleno juicio en la Audiencia Nacional, durante el cual el president pidió "sentido común" para archivar el caso. No sucedió, aunque Pujol fue exonerado por su deterioro cognitivo. Tiene 95 años.
Sin embargo, de nada ha servido esa contribución a la restauración de la imagen del líder convergente para acercarse a su idea de 'Catalunya un sol poble', ni tampoco para ganarse el favor de Junts, aun con visita a Puigdemont en Bruselas incluida, en septiembre del pasado año.
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Esa era otra de las tareas de Illa para favorecer la gobernabilidad de Sánchez, pero los independentistas rompieron su acuerdo con el PSOE a finales de año tras convencerse de que no se iban a cumplir sus peticiones. Junts optó por la ruptura dura, por tumbar varias propuestas de ley en materia social —incluso algunas de mayor inversión para Cataluña—, hasta votar junto a PP y Vox para pedir que Sánchez convoque elecciones. La ecuación de Junts es fácil de resolver: sin gobernar en Cataluña no se logra nada en Madrid, así que mejor "hacer la puñeta" para mantener cierta visibilidad, como dice el politólogo Jesús Palomar.
Y, aun con esas contrariedades, Cataluña es una de las pocas bazas de los socialistas, que sólo gobiernan en Castilla-La Mancha, Asturias y Navarra. Illa ha aprendido esa lección y es buen compañero. El president aprovecha cualquier tarima para echarle un capote al presidente. El balance del Gobierno central es "excelente se compare con lo que se compare" y Sánchez es "la voz de la dignidad", defendió a mediados de junio en el Consell Nacional del PSC, al más puro estilo felipista. Un encuentro entre militantes para olvidar las asignaturas pendientes: Rodalies, vivienda y educación.
Tras anunciar con bombo y platillo varias inversiones y obras en la red ferroviaria, los trenes de cercanías han vuelto a sufrir en junio interrupciones por fallas eléctricas, daños en infraestructura o robo de cobre. Pese a las numerosas medidas para contener el precio del alquiler, limitar la compra especulativa y aumentar el parque público, ha aumentado un 14% el precio de la vivienda, persiste el ahogo entre jóvenes para pagar el alquiler y se mantiene un déficit acumulado de 140.000 pisos. Y en el último trimestre le estalló una huelga masiva y prolongada del profesorado, que rechazó su propuesta de mejoras y avisó de un "otoño caliente". Así que Illa podrá tomarse un respiro estas vacaciones, seguro que más tranquilas que las de Sánchez, pero con algún que otro cuadernillo de verano para refrescar fórmulas y textos que seguramente tendrá que emplear el próximo curso. Los exámenes, al menos, no serán sorpresa.
Aún no sabemos si Salvador Illa y Pedro Sánchez compartirán un año más destino vacacional en Lanzarote, pero lo que sí está claro es que el destino político de cada uno pasa por el otro. Seguro que esa semana de agosto en la residencia de La Mareta, donde el presidente veranea desde 2020, les viene bien a ambos para preparar un nuevo curso cargado de exámenes, aunque al menos el president ha evitado la reválida.