LA FIESTA NACIONAL DEL 12 DE OCTUBRE

El "imperio nostalgia" que excita al PP y a Vox: la carrera nacionalista de la derecha española se extiende a Latinoamérica

El presidente del PP, Pablo Casado, y el expresidente mexicano Felipe Calderón, en la Convención Nacional del PP, en Cartagena.
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"La extrema derecha ha conseguido imponer su agenda". "Ha vuelto con fuerza un tipo de retórica que, amparándose en la Hispanidad, enlaza con cierta melancolía imperial y con la leyenda negra". "Los imaginarios de encuentro y tolerancia han dado paso a los de violencia y guerra santa". "Existe una audiencia favorable y bien dispuesta a este tipo de mensajes, que suponen un chute de autoestima". "Hay una identificación cada vez mayor de la nación española y lo que significa ser español con elementos conservadores".

Son cinco frases que infoLibre ha recabado de politólogos y especialistas en historia, que coinciden en que la derecha española ha extendido a Latinoamérica la utilización de un discurso nacionalista cada vez más radical y esencialista, que se ve alimentado por tres fenómenos: la oportunidad política que brinda la hinchazón españolista provocada por el procés, el auge del revisionismo histórico entre las extremas derechas de toda Europa y el éxito editorial del "populismo historiográfico".

Todo ello abona el terreno para el éxito del "imperio nostalgia", en expresión del historiador César Rina. PP y Vox tratan de capitalizarlo políticamente.

Exaltación de la conquista

PP y Vox abundan en posicionamientos políticos de exaltación de la conquista, que combinan con la denigración tanto de las culturas precolombinas como de la izquierda latinoamericana y el indigenismo, fenómeno que tanto para Isabel Díaz Ayuso como para José María Aznar es "el nuevo comunismo". Se trata de una comparación que indica una "ignorancia crasa", como ha explicado en la cadena Ser la socióloga guatemalteca Marta Casaús, autora de diversas investigaciones sobre el racismo en América Latina: "Yo no conozco, en general, a ningún indígena que sea marxista".

Pero no es el trazo historiográfico fino lo que anima este revival, que ha encontrado en los perfiles más visibles de la derecha española una disposición fervorosa. Javier Carbonell, profesor en Sciences Po (Francia) e investigador de las relaciones entre derecha y extrema derecha, expone: "Ha avanzado tanto la autocrítica [por la etapa colonial] como la fuerza contraria, dentro de una polarización en el eje cultural de la competición política. En el caso de España, claramente la extrema derecha ha conseguido imponer su agenda. Con [Mariano] Rajoy podía haber elementos de este discurso, pero Rajoy paraba".

Pablo Casado es un entusiasta de la "Hispanidad", noción lingüística y cultural que remite al pasado imperial y es a su juicio "el mayor hito de la Humanidad después de Roma". Mientras, Aznar utiliza los apellidos del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, para ridiculizar su reclamación de "perdón" por los excesos de la conquista. En cuanto a Vox, su discurso está aún más cargado de esencialismo nacionalista. El partido de Santiago Abascal ha realizado su traducción de la noción de Hispanidad, la Iberosfera, que aúna a Latinoamérica y Estados Unidos con España en el centro, recuperando así al fin una misión a la altura de su grandeza histórica.

No es sólo retórica. Ambos partidos están desplegados en el terreno. Destaca Vox, cuyo líder viaja a México a reunir firmas de líderes de la derecha latinoamericana para su Carta de Madrid, a su vez declaración de principios del Foro Madrid, la red que pretende tejer Abascal para dar músculo panhispánico a su proyecto anticomunista. El think tank de Vox, Disenso, también vuelca esfuerzos en Latinoamérica. En el PP destaca por su activismo Aznar, que este año ha creado dentro de su fundación FAES Latam para "la incorporación de Iberoamérica al mundo atlántico". El PP, que quiere evitar que Vox se apropie de esta bandera, ha otorgado protagonismo en su reciente convención a Felipe Calderón (México), Andrés Pastrana (Colombia), Leopoldo López (Venezuela) y Mario Vargas Llosa (Perú).

Una reciente carta dirigida por el papa Francisco a la Iglesia mexicana, en la que –igual que hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI– pedía perdón "por los errores del pasado", ha permitido asistir a todo el repertorio retórico nacionalista. Ayuso no entendía que un papa hispanohablante dijera tales cosas cuando el legado de España es "el catolicismo y por lo tanto la civilización y la libertad" al continente. Esa es la equivalencia: catolicismo igual a la libertad. ¿Qué había antes allí? Lo explica Toni Cantó: "España liberó al continente de un poder brutal, salvaje, caníbal".

Entre los especialistas consultados, se vislumbra un consenso en torno a una idea: el pujante nacionalismo español, efervescente a raíz de la crisis catalana, refuerza su utilización de América Latina para crear un nuevo foco de discusión identitaria. El historiador Alejandro García Sanjuán lo observa con nitidez. El PP, afirma, ha cedido plenamente a la "grandilocuencia" de Vox, que ve plagada de "reminiscencias" de la historiografía franquista. "América Latina, como es lógico, siempre ha estado presente. Lo que ha vuelto con fuerza es un tipo de retórica que, amparándose en la Hispanidad, enlaza con cierta melancolía imperial y con la leyenda negra", añade el doctor en Filosofía Edgar Straehle, que investiga sobre usos políticos de la historia.

Historia de un anhelo

Historia, palabra clave en el asunto. Pablo Batalla, autor del reciente ensayo Los nuevos odres del nacionalismo español, la recorre tomando como referencia las distintas lecturas del 12 de Octubre desde finales del siglo XIX. Nació –siguiendo a Batalla– con el impulso de sectores regeneracionistas y empresariales en busca de modernización y negocio; adquirió tintes reaccionarios con Primo de Rivera; ensalzó el republicanismo de los Estados latinoamericanos durante la Segunda República, aunque irritó a Unamuno por el uso "a la alemana" de la idea de "raza" en el bienio derechista; el franquismo le imprimió un tono imperialista; con el desarrollismo se suavizó para buscar el encuentro comercial; el felipismo ensayó aquello del "encuentro entre dos mundos"...

El poder, en fin, ha ido adaptando su lectura del 12O a su interés. Y como corriente de fondo se ha producido una inclinación a la derecha. "Los imaginarios de encuentro y tolerancia han dado paso a los de violencia y guerra santa", señala Batalla, que liga el fenómeno tanto al auge de líderes de izquierdas en Latinoamérica a lo largo del siglo XXI –que han discutido el papel histórico de España y el presente de sus empresas– como a un auge de "imaginarios nacionalistas" como respuesta al retroceso de las élites locales frente a las globales.

El especialista Xosé Manoel Núñez Seixas, autor de Suspiros de España, un recorrido por más de dos siglos de discurso y práctica identitaria en España, también echa la vista atrás: "Desde principios del siglo XX, el nacionalismo español descubre Latinoamérica como gran aportación de España a la civilización, poniendo énfasis no sólo en el castellano sino en la evangelización". El desplegado por la derecha es, señala, un discurso con un "regusto viejo", que apela a la supuesta "garantía del orden social" que ofrecía España en el subcontinente, "nostalgia" con cierta presencia en la élite criolla.

Oportunidad política

El anclaje de la utilización de Latinoamérica en clave nacionalista por PP y Vox no es sólo histórico. Hay tres claves más que lo explican: oportunidad política, auge internacional del revisionismo y tirón editorial.

Primero, oportunidad política. El historiador César Rina recalca que el propio nacimiento del nacionalismo español en el siglo XIX está ligado a la pérdida de las colonias en América. "Ya nace con esa pérdida. Y el hispanoamericanismo surge como un imaginario de sustitución", explica. Rina lo llama "imperio nostalgia", idea que reverdece con la herida nacional abierta por el procés y en pleno "rearme ideológico" de la derecha en torno a los "mitos nacionales, añade. La idea que expone Rina tiene sencillo resumen: España brinda hoy un campo mejor abonado para el florecimiento del "imperio nostalgia".

Rina rechaza una interpretación del revival en clave de defensa de la posición de las empresas españolas en Latinoamérica. Es un fenómeno más puramente político-ideológico, insiste. Un intento, dice, "de renacionalizar la cultura española" emanado de un "boom nacionalista español" que no está pensado por ni para el IBEX 35. Pedro Ramiro, investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina, va más allá: cree que la inflamación filocolonial "no le hace bien a las empresas españolas" en Latinoamérica, dada la extendida impopularidad de la conquista. Y además, añade, no le hace falta, ya que a su juicio en la defensa de sus intereses están PP, PSOE y "todo el aparato del Estado", empezando por la Corona, "a partir un piñón".

Siguiendo a Straehle, la Hispanidad es un discurso sobre Latinoamérica, pero no para Latinoamérica, donde es visto como "neocolonialista" y "no genera muchas simpatías". Su utilidad más frecuente ha sido la de "reforzar la identidad nacional española, en especial frente a la amenaza de los nacionalismos periféricos". Straehle desemboca donde Rina: hay que entender este auge en el contexto de la actual hinchazón españolista.

Auge del revisionismo

Hay más contexto aparte del nacional. España no está sola en esto. Ni de lejos. "El revisionismo es un rasgo común de las extremas derechas, que acuden a ideas esencialistas y no liberales de nación", apunta Javier Carbonell. A juicio de Núñez Seixas, se da una "reacción del nacionalismo conservador" a una "ola" previa de introspección europea por el colonialismo del siglo XX, que a su juicio ha sido "sana" pese a incurrir en puntuales "anacronismos". ¿Ejemplos de esta ola? Italia se ha interrogado sobre la colonización de Libia, Alemania sobre el genocidio en Namibia, Bélgica sobre las atrocidades en el Congo...

En el otro lado, hoy los gobiernos más nacionalistas de la UE ejercen desde el poder un descarado revisionismo sobre el siglo XX, negando toda complicidad popular en las matanzas de judíos (Polonia) o rehabilitando figuras como la del dictador Miklós Horthy (Hungría). Mientras, voces de Alternativa para Alemania han minimizado la gravedad del Tercer Reich –"una mierda de pájaro"– en relación con la milenaria historia de la nación alemana, han reivindicado con orgullo el papel del ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial o han criticado el memorial del Holocausto. 

Javier Carbonell añade dos casos de utilización de la historia en clave nacionalista. 1) El "tufo imperialista" de la pujante ideal de Global Britain de Reino Unido, donde el debate sobre el Brexit ha excitado todo el debate político sobre la historia. 2) El victimismo nostálgico del lepenismo –y los nuevos fenómenos de extrema derecha en Francia– en torno a la pérdida de la grandeur. Aquí Carbonell recuerda que el Frente Nacional se alimentó en su origen en los primeros 70 del "cabreo" por la pérdida de Argelia y la supuesta traición a los colonos franceses, los llamados "pies negros".

Éxito editorial

Precisamente en Francia el agitador ultraderechista Éric Zemmour acapara estos días atención ante su probable candidatura a la presidencia. ¿Y quién es el tal Zemmour? Pues un revisionista de manual, que en El suicidio francés reivindica las bondades del régimen colaboracionista de Vichy. Los sondeos indican que está devorando espacio de Marine Le Pen. Y su posible boom político viene precedido –he aquí otra clave– del éxito editorial.

Conoce bien el éxito de la fórmula Edgar Straehle, que prefiere utilizar la etiqueta de "populismo historiográfico", más amplia que la de "revisionismo", porque abarca una forma de contar la historia basada en "explicaciones sesgadas" basadas en "recursos populistas" que "colisionan" con la investigación académica, como ha escrito en Ctxt. Estas visiones a menudo cosechan éxito editorial, social y político, adaptándose como anillo al dedo a los marcos nacionalistas. En España, explica Straehle a infoLibre, "el caso más paradigmático es Imperiofobia y leyenda negra, de Elvira Roca Barea, aunque hay otros recientes en una línea parecida como La leyenda negra. Historia del odio a España, de Alberto Ibáñez, o Madre patria, de Marcelo Gullo". "No es casualidad –añade– que todos ellos toquen de lleno la cuestión de la leyenda negra, pues esta se caracteriza por su maleabilidad y por cierta transversalidad e imprecisión políticas que, además, conectan con el victimismo y el resurgir del nacionalismo".

César Rina cree que el auge de la baza latinoamericana viene determinado con un "rearme ideológico" en torno a "mitos nacionales" como el de la leyenda negra, pese a su escasa acreditación historiográfica. Alejandro García Sanjuán señala: "Existe una audiencia favorable y bien dispuesta a este tipo de mensajes, que suponen un chute de autoestima al acentuar sentimientos patrióticos y reivindicar hazañas históricas".

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La fórmula es sencilla y eficaz. Edgar Straehle advierte que el arraigo de la lectura en clave populista y nacionalista del pasado va más allá de PP y Vox. Cs llevaba en su programa "acabar con la leyenda negra". Y Roca Barea, recalca el investigador, cosecha apoyos en el PSOE. A su juicio, los éxitos editoriales, "más que crear opinión, en muchos casos la saben articular y reforzar". Es decir, no serían tanto causa como consecuencia de un estado de opinión previo. Apunta en la misma dirección Javier Carbonell, para quien el "consenso" social sobre la historia de España "se ha movido a la derecha". PP y Vox se benefician del fenómeno y lo alientan, encantados de la dinámica acción-reacción con los líderes izquierdistas latinoamericanos.

¿No tiene la izquierda margen para un discurso propio sobre el caso? Las respuestas cosechadas, siendo diversas, apuntan a una conclusión: al igual que ocurre con otras discusiones que tocan a la identidad, el tema incomoda en el ámbito progresista. Pablo Batalla cree que sí hay un discurso, pero a menudo "a rebufo" de la derecha o como mera "imitación" del indigenismo. Núñez Seixas recuerda que el republicanismo español ya marcó perfil propio, con un discurso que apartaba la evangelización para centrarse en la tarea de "pobladores" y "fundadores de ciudades" y en el "origen popular" como Hernán Cortés o Francisco Pizarro. Ya en la presente democracia, ha habido asideros para una visión propia, bien reivindicando un papel de España como "mediadora" de Latinoamérica en Europa o cultivando las simpatías por los movimientos de izquierdas del subcontinente. No obstante, Núñez Seixas califica de "oportunidad perdida" la declaración como día de la Fiesta Nacional el 12 de octubre, por la conquista de América, en vez de una fecha de connotaciones más cívicas.

Javier Carbonell reflexiona sobre lo que supondría que la Fiesta Nacional fuese el 19 de marzo, por la aprobación de la Constitución de Cádiz, 19 de marzo de 1812, alejándola así del imaginario de conquista. A su juicio, es necesario acudir a la historia en busca de referentes que reivindicar. Lo resume así: "No se trata de tirar una estatua de Felipe II, sino de erigir una a Bartolomé de las Casas". Carbonell detecta una constante: ante el Brexit en Reino Unido, ante el procés en España, los sectores progresistas se acaban viendo "atrapados" en los debates que exaltan pasiones nacionales. El caso Latinoamérica aún no llega a ese nivel de polarización, pero Carbonell señala que, aunque tratar de evitar el choque por el tema puede resultar tentador para los no nacionalistas, no hay que cerrar los ojos ante un fenómeno en marcha: "Hay una identificación cada vez mayor de la nación española y lo que significa ser español con elementos conservadores".

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