Comunicación política

Irene Montero y Pablo Iglesias, objetivos de una cacería organizada

En los últimos años, se ha extendido en el mundo la organización de acciones preparadas que buscan simular una crítica directa de la ciudadanía hacia algún líder en concreto. La técnica ha tenido especial profusión entre formaciones de clara inspiración populista que buscan difundir la imagen de un político perseguido por el pueblo. No cabe ataque más directo: un representante democrático reprendido por los electores. La plasmación práctica más extendida de esta estrategia son los conocidos como escraches.

En origen, este tipo de actuaciones que parece que tuvieron su punto de origen en Argentina en la década de los 90. Nacieron como una forma de expresión de colectivos desfavorecidos que reivindicaban públicamente una protesta ante un poder superior inaccesible para ellos por métodos ordinarios. Como explica el sociólogo y especialista en comunicación política, David Redolí, "solía tratarse de personas muy vinculadas a organizaciones como una ONG, una plataforma de afectados o una formación política y que tienen que tener mucha implicación y compromiso con el movimiento que lo está promoviendo".

Pablo Iglesias e Irene Montero, escrachadosescrachados

En el caso español, recientemente, ha tenido especial repercusión el escrache mantenido alrededor de la vivienda privada de Irene Montero y Pablo Iglesias. Los promotores de la iniciativa han sido identificados incluso como cargos públicos de Vox. La excepcionalidad del acoso tiene que ver con la reiteración en la acción que abre la duda de donde termina una libre muestra de protesta y donde empieza un acoso organizado que violenta el círculo de intimidad de una familia y su vecindario. El peculiar exceso que ha supuesto esta protesta reivindicativa que busca expulsarles de su residencia, tal y como han afirmado públicamente algunos de los asistentes habituales, lleva a plantearse si debe existir algún tipo de límite en esta práctica.

Para Antoni Gutiérrez Rubí, experto en comunicación política y asesor de Ideograma, "los escraches, como práctica de agitación y acción política, deberían descartarse porque es muy difícil marcar la línea entre la libertad de expresión y la persecución o la invasión en la privacidad". Gutiérrez Rubí mantiene que "desde el punto de vista de una sociedad democrática, el señalamiento a una persona por el simple hecho de ser quien es, es algo que no deberíamos aceptar".

Los detractores de Iglesias y Montero alegan que ellos también promovieron escraches antes de estar en el gobierno y los defendían como práctica democrática. Entienden que, de alguna manera, supone que sufran en su propia experiencia lo que ellos han incitado y protagonizado en otras ocasiones. Resulta más que evidente que si alguien pretendía compensar acciones realizadas con anterioridad, en este caso, hace ya mucho tiempo que las sobrepasaron ampliamente. Antoni Gutiérrez-Rubí entiende que "los políticos también tienen derecho a cambiar y a evolucionar y parte de ese derecho también es su obligación: tener la capacidad de evolucionar, cambiar y adecuarse. Esto no necesariamente significa una contradicción sino la aceptación de que ahora lo ven de otra manera".

La política busca el foco mediático

Uno de los grandes problemas que suelen tener las formaciones políticas es el de cómo atraer a los medios para que presten atención a sus iniciativas. Es habitual que los periodistas sean reacios a hacer simple seguidismo informativo de aquello que los partidos desean. Básicamente, el problema radica en que los líderes lo que pretenden es que el mundo de la comunicación se limite a extender sus mensajes para hacerlos llegar al mayor número posible de ciudadanos. Que hagan de altavoces de sus declaraciones.

De manera natural, los periodistas son contrarios a limitarse a reproducir aquello que los partidos quieren. Hay una evidente diferencia entre la información y la propaganda. De alguna manera, en política el trabajo de la prensa en muchos casos consiste en filtrar la publicidad para convertirla en noticia. Es decir, eliminar los elementos de pura venta electoral y extraer la parte que tiene auténtico valor informativo. Lo mismo ocurre con los electores. Su interés por la política no es el de atender a mensajes publicitarios lanzados por cada formación. Lo que suelen buscar es conocer la realidad de lo que cada formación piensa realmente y entender cómo pretende llevarlo a cabo. Aplicado a los escraches, el expresidente de ACOP, David Redolí, mantiene que los medios no deberían darles cobertura a los escraches porque esa es la única manera de neutralizarlos. Su principal objetivo es tener gran impacto mediático y si no lo tienen acabarán diluyéndose".

Un doble juego de mutua persecución

En realidad, alrededor de este tipo de técnicas, se abre un curioso juego de doble persecución mutua. Por un lado, los periodistas van detrás de los políticos en busca de noticias. Pero, por otra parte, también se produce el efecto a la inversa. Los diferentes grupos ideológicos intentan desesperadamente atraer la atención de los medios hacia ellos. Necesitan que los focos les coloquen en el centro del escenario para poder trasladar públicamente sus mensajes. En opinión de Antonio Gutiérrez Rubi, "Los escraches están sobrerrepresentados en los medios", aunque reconoce que al final "siempre se llevan la fotografía porque son un elemento muy atractivo para ellos".

Aunque muchos no seamos conocedores del mundo de la caza, todos hemos visto en alguna ocasión una escena similar. Sucede cuando se usan perros entrenados que buscan piezas escondidas a las que atacan para que intenten escapar. En ese momento, se ponen a tiro de los cazadores que pueden alcanzar el blanco sin ningún tipo de barrera. En la jerga profesional de la comunicación política anglosajona, se ha acuñado un término que asemeja esta situación a una práctica habitual en el uso de los medios. La técnica se bautizó como Bird Dogging. Se refiere a la caza de pájaros utilizando perros para obligarles a volar y poder abatirlosBird Dogging. En el mundo de la política, esta estrategia se plasma en la provocación de algún tipo de incidente alrededor de algún líder político. A la vez se garantiza que tenga lugar ante la presencia de los medios de comunicación que, con total seguridad, le prestarán máxima atención. Se trata de provocar una noticia que inevitablemente va a ser recogida por los medios. El ideal, siempre será que tenga una cierta espectacularización que garantice su difusión posterior a través de las televisiones y las redes sociales.

El Bird-dogging constructivo y el destructivoBird-dogging

Hay una larga tradición en el uso de esa técnica. En algunas ocasiones, las menos, puede promoverse el Bird-dogging con intención positiva. Es decir, es el propio protagonista el que prepara alguna escena para sí mismo. Son fáciles de recordar casos de políticos que aparecen disfrazados en algún acto público para llamar la atención de las cámaras o que convocan a la prensa en algún lugar inesperado para buscar una imagen que despierte el interés mediático y de la audiencia.

Hay un factor clave que a menudo se escapa a la atención de los medios y a la valoración de los ciudadanos. El Bird-dogging supone una simulación de una acción natural.Bird-dogging El escrache suele ser tan falso como pueda serlo una escena de una serie que vemos a continuación del telediario. El problema es que no suelen advertirlo. En realidad, la noticia, si es que debe recogerse, debería siempre informar no sólo de quien lo ha recibido como, sobre todo, de quien lo ha organizado. El escrache se considera legalmente un ejercicio de libertad de expresión. También debería ser libertad de información dar a conocer la organización premeditada de una escena de acoso a cualquier ciudadano.

El riesgo de una mala utilización

Al final, como toda estrategia de batalla política, la cuestión clave está en determinar su eficacia ¿Es realmente útil acosar a un responsable político? ¿Para qué sirve? ¿Tiene algún tipo de riesgo? El sociólogo David Redolí cree que "estas acciones logran un gran efecto de notoriedad, pero tienen dos grandes problemas: uno, que señalan al entorno, familia, vivienda y vecinos de la persona a la que quieren señalar y lo segunda es que esa persona tiene derecho a la presunción de inocencia". Por su parte, Gutiérrez Rubí defiende la idea de que "la eficacia política del escrache es limitada porque la ciudadanía en general rechaza la intimidación, la persecución y el señalamiento a las personas, aunque por otro lado los representantes públicos tienen que asumir que un cierto grado de contestación y rechazo público a su actuación les viene en el cargo".

El ejemplo del desmedido y abusivo escrache a Irene Montero y Pablo Iglesias por parte de la extrema derecha puede marcar en España un antes y un después. El Bird-dogging, como toda técnica de presión mediática, tiene su riesgo en la falta de una mínima mesura y puede acabar por tener un efecto contrario al originalmente perseguido. Es posible que a algunos pertinaces odiadores de la militancia ideológica pueda servirles de terapia para dar salida a sus insanos sentimientos. Por el contrario, con total seguridad, para la mayor parte de la población el violento acoso sufrido puede acabar por despertar cierto grado de simpatía hacia los escrachados por un mínimo efecto de solidaridad. Más que ante una cuestión ideológica, nos encontramos, como tan a menudo ocurre en la política actual en todo el mundo, ante un combate de pulsiones emocionales. Tal y como resume David Redolí: "Los escraches tienen mucho que ver con las tripas, con las emociones, se basan en llevar la política a un plano muy emocional y visceral".

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