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Igualdad

Miguel Lorente: "El problema más serio que tiene una sociedad es que asesinen a 60 mujeres al año"

El médico forense y exdelegado del Gobierno para la Violencia de Género, Miguel Lorente.

Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Granada, Miguel Lorente nunca dejó de hablar como médico forense en sus entrevistas. Toma su profesión para enfocar sus conocimientos a un área muy concreta: la violencia de género. Su experiencia le avala: entre los años 2008 y 2011 estuvo al frente de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, pero además ha colaborado como experto en la materia con organizaciones dentro y fuera de las fronteras.

Lorente no ha dejado de investigar las muchas aristas de la violencia sobre las mujeres y los elementos que nutren la estructura patriarcal sobre la que se sostiene. Durante cerca de una década ha volcado sus análisis y reflexiones en el blog Autopsia a través de artículos que ahora recoge en su nuevo libro, Autopsia al machismo(Editorial Comares, 2020). El conjunto de textos introduce un análisis riguroso no sólo respecto a la violencia específica que sufre la mitad de la población, sino sobre las raíces culturales que la apuntalan, el impacto social que genera y las políticas que tratan de erradicarla. Habla, en entrevista con infoLibre, sobre el pasado, presente y futuro del machismo, pero también de la igualdad como única alternativa en democracia.

PREGUNTA: En el libro incluye una breve introducción relativa a la situación actual ocasionada por el covid-19. Ahí introduce el concepto de confinamiento y sus significados: "Llevamos miles de años de confinamiento social sobre las mujeres". ¿En qué consiste este confinamiento?

RESPUESTA: Ahora hemos tomado conciencia de lo que significa tener unos límites en una situación de teórica libertad. Lo más interesante de esa situación es que la gente entendió que salir tenía consecuencias negativas para uno mismo pero también para el resto. Eso se interiorizó y se asumió. La reflexión que comparto ahí es que, mientras que en una situación de teórica libertad hay límites que asumimos de manera consciente por determinadas circunstancias, en la normalidad construida sobre una sociedad machista las mujeres han tenido un confinamiento social en el sentido de que no han podido disponer de los espacios y los tiempos en igualdad respecto a los hombres y que si lo hacían tenían consecuencias negativas. Eso ha sido así en la esfera más formal, no poder ir a la universidad, no poder votar, no ejercer un trabajo sin el permiso del marido, todo eso que ahora nos puede parecer una barbaridad lo hemos tenido como control formal por ley. Pero luego está lo informal: la reputación, la imagen, soportar todo tipo de situaciones que las mujeres han soportado. Al final muchas han roto esos límites, pero no la inmensa mayoría y quienes sí lo han hecho ha sido con consecuencias: violencia, crítica, rechazo. Esas no son horas para una mujer, esos no son sitios para una mujer. Esos dos mandatos siguen vigentes a día de hoy. Ha habido para ellas un confinamiento social sin libertad para poder hacer y decidir como los hombres.

P: También habla de la violencia de género como una pandemia. ¿Hay una conciencia social al respecto?

R: No la hay, si la hubiera se habrían puesto medidas mucho más dirigidas a buscar una solución: no un control ni una disminución, sino que la única respuesta admisible ante la violencia de género es la erradicación. Aunque no hubiera ningún homicidio al año, sí se sigue produciendo con una situación de desigualdad. Muchas veces el incremento de la violencia viene porque los machistas reaccionan a la tensión social que están protagonizando las mujeres. La percepción de cambio, de crítica, de cuestionamiento que perciben muchos hombres hace que respondan de manera violenta. Hace 50 años no se asesinaban a 60 mujeres de media al año: porque no se separaban, porque estaban atrapadas en la violencia. Era violencia de control, de dominio, de sometimiento. Cuando hay ruptura es cuando se produce eso. Erradicar la violencia de género no puede traducirse en mayor control. No bastaría con controlar los casos, la casuística, sino que debemos erradicar las causas, las circunstancias de esos casos. Si hubiera conciencia de pandemia tendría que haber una respuesta mucho más contundente y generalizada. Piensa que el concepto de violencia de género apenas se utiliza en la Unión Europea, ni siquiera ahí tenemos el contexto. Es como si estuviéramos combatiendo al covid-19 buscando una vacuna contra los coronavirus, en lugar de una contra este coronavirus específico.

P: Inspirado en una autopsia, estructura el libro en tres partes. ¿Qué representa cada una de ellas?

R: Quería darle sentido autópsico para facilitar la propia estructura alrededor de ocho años de blog y otras publicaciones de prensa. Cuando ya sí vi una estructura que tenía sentido y un título que siempre había querido darle, lo que me encajaba era estructurarlo en tres elementos y vincularlos a las tres cavidades que, según se define una autopsia médico-legal, hay que abrir obligatoriamente: cráneo, tórax y abdomen. La estructura encefálica guarda un poco lo que es el criterio, el sentido, el principio cognitivo que ordena las conductas, todo el núcleo ordenador del cuerpo. Ahí tomas conciencia de ese machismo digamos consciente, ideológico, cargado de sentido, de razón, nada de accidente, nada de confusión, de derivas, sino una estructura que tiene mucho sentido. Llamarla Muchos y machos era por aglutinar esa idea tan machista de "no somos muchos pero somos muy machos". Aquí no, aquí son muchos y son machos. La segunda tiene que ver con llamar la atención sobre la violencia, algo que tenemos siempre que hacer, pero también poner mucho el foco sobre algo que niegan sistemáticamente y es que los hombres protagonizan la violencia en general. Tiene que haber un elemento común cuando en toda la historia, en cualquier parte del mundo, han sido hombres los protagonistas de la violencia. Ahí abordo la violencia como identidad: el hecho de que tú seas violento no te resta como hombre. Nunca hay una traición a la masculinidad cuando aparece un asesino violento. Si arriba está el principio directivo, en la segunda cavidad está el bombeo sistemático de ese mensaje machista a través de un corazón frío que se representa en la violencia. Y en la tercera, en el abdomen, donde se digiere todo, se metaboliza, se transforma en algo justificado, está el posmachismo. Que es el machismo que lanza argumentos como las denuncias falsas, que hace que la realidad, en lugar de verla en toda su crudeza, se metabolice, se digiera y parezca que no es tan mala. Hay un metabolismo que está intentando presentar la realidad como algo que no es.

P: Pese a tratarse de una autopsia, el libro está atravesado por una idea: el machismo está vivo. ¿Cómo logra sobrevivir?

"Para acabar con el machismo tiene que producirse un cambio de ese ambiente tóxico por la igualdad respirable"

R: El machismo juega con el hábitat. Ha creado un hábitat tóxico y como lo ha creado él desde el principio se ha adaptado, de manera que lo que resulta tóxico para la convivencia, para la justicia, para la libertad, la dignidad, la igualdad, es claramente asumible para él. Para acabar con el machismo tiene que producirse un cambio de ese ambiente tóxico por la igualdad respirable. Los focos necróticos, que aparecen en algunas zonas, surgen por ese aire nuevo limpio del feminismo que se está respirando en la sociedad. Las mujeres son quienes bombean ese aire y eso hace que el machismo esté crítico, pero lo cierto es que está muy vivo y con capacidad de reaccionar con todo el discurso de la extrema derecha.

P: Menciona la educación como una de las claves sobre las que se asienta la cultura machista y a su vez como una de las principales herramientas de cambio. Dice que la revolución que transformará la sociedad sucederá en las aulas. ¿Cómo se consigue ese cambio del que habla a través de la educación?

R: Es tan sencillo como complejo. Es tan fácil como instaurarla. No hay nada que impida desarrollar un sistema o un programa educativo distinto, simplemente hay que tener voluntad de hacerlo. Yo creo que gran parte de los problemas que tenemos es que no se aborda con la suficiente rotundidad ni contundencia. Para mí el problema más serio que tenemos en una sociedad es la violencia de género: que asesinen a 60 mujeres al año de media, que estén maltratando a 600.000 con todo el impacto que eso tiene, no hay nada más grave. Cuando construyes una sociedad asentada sobre esa realidad y los valores que la acompañan para que pueda ser algo estructural, no hay nada más importante ni necesitado de transformar. Claro que no se va a transformar en un año ni en dos, pero precisamente porque sabemos que es una cuestión que requiere de tiempo tenemos que empezar antes. Se tiene conocimiento de que el problema tiene muchísimas derivadas, pero realmente no se ponen las políticas ni los medios suficientes para poder cambiarlo. Cuando se llevan a cabo acciones desde los sectores progresistas, el sector machista y conservador lo tiene muy claro y empieza con la ideología de género, con que estamos adoctrinando. Eso ha quedado a nivel social. Están consiguiendo generar la duda para que no se produzca una transformación y para apuntalar ese especie de complejo que se tiene desde la izquierda de transformar de manera rotunda elementos esenciales para desarrollar la democracia y la convivencia. La educación es clave, habría que abordarla de manera mucho más directa y sin ningún complejo.

P: Otra de las cuestiones que aborda es la idea de masculinidad. Dice que "se cuestiona más al hombre que se aparta de sus roles que al hombre que maltrata por conseguir mantenerlos". ¿Por qué sucede esto?

R: Porque al final ser hombre es ser reconocido como hombre por otros hombres, no hay una condición innata, salvo el cimiento biológico, pero luego tú eres hombre si formas parte del grupo de hombres. Si no, eres un mal hombre, un afeminado, un traidor, algo o alguien que no pertenece a su grupo. Cuando un hombre tiene que enfrentarse a esas decisiones, comportarse como hombre o romper con esos mandatos, al final a muchos les cuesta perder ese reconocimiento con los privilegios que conlleva. Lo contrario pasa por asumir una ruta que al principio viene caracterizada por la soledad. Eso es así porque ni los hombres te aceptan ni las mujeres te creen. Y es normal que no te crean, porque el machismo se asienta sobre en una mentira. Hay una fase de desorientación, de incertidumbre y cierta soledad. Cuando muchos hombres se meten en ese túnel prefieren darse la vuelta.

P: En uno de los artículos habla de las víctimas colaterales de la violencia de género. El Gobierno, a través del Pacto de Estado, plantea algunos compromisos como ampliar la definición de violencia o un recuento de las víctimas colaterales. ¿Es hora de cambiar la ley de 2004?

R: Hay que ampliar el foco, lo cual no quiere decir que tengamos leyes específicas para cualquier tipo de violencia. Pero está claro que la ley de 2004 en su preámbulo hace referencia a que la violencia de género es la violencia que se debe a la construcción sociocultural que se lleva a cabo en los tres contextos fundamentales: relación de pareja, trabajo y sociedad. Se dice así, pero luego el objeto de la ley ya cambia. Aquí pasan varias cosas. Una es la necesidad de reconocer todo lo que la violencia de género produce, que es algo objetivo. Y al mismo tiempo cuando se pone en marcha esta ley era la primera vez que se asociaba violencia y cultura. Esto es género, esto es cultura, esto somos nosotros. No es un grupo que se organiza, no hay pisos francos. Es la propia dinámica social. Cuando tú asocias eso, que era un salto muy importante, yo que participé en la redacción de esta ley como experto, el legislador entendió que había que centrarla en una violencia que fuera frecuente, cercana y grave. Para que se entendiera eso que con otro tipo de violencia no se entendía. Se optó por la violencia más cercana, más frecuente y más grave: la violencia machista en pareja.

Esa parte para empezar en aquel momento estaba bien, pero ahora es verdad que tiene que ampliarse. La duda entonces era la interpretación que podía hacerse. Los niños, por ejemplo, aparecían como víctimas de la violencia en cinco artículos pero no en el primero. Esto generaba problemas para dictar medidas de protección por parte de los jueces. Entonces merecía la pena modificar al artículo primero, como se hizo, para que no hubiera dudas ni limitaciones respecto a los niños. Pero la cautela era: cuidado que no se confunda la violencia contra las mujeres y la violencia en el núcleo de convivencia. Esa es la cautela que llevó a que el feminicidio por continuidad no se regulase tan bien. Incluso no hay tanto problema cuando se mata a la hermana o a la madre de la víctima, a nivel conceptual aunque sí puede haber más problemas técnicos. ¿Pero qué ocurre cuando se mata al novio actual de la víctima? Es también violencia de género. A esa persona la matan por violencia de género, no por terrorismo o para robarle el coche. Es por violencia de género y tenemos que entenderlo porque eso es lo que identifica la violencia de género: la capacidad de actuar contra cualquier persona que tenga un vínculo con la mujer o que el agresor interprete que ha influido para que la mujer lo deje. Hay una violencia ampliada que se dirige contra otras personas para hacer daño a la mujer. La violencia de género puede golpear a otras personas del entorno y hay que reconocerlas como tal.

P: En esta nueva legislatura ha habido importantes avances en materia de igualdad, como recuperar el ministerio propio. ¿Qué se perdió durante los años del Partido Popular?

"Lo más importante que perdimos durante la legislatura del Partido Popular fue el tiempo"

R: Lo más importante que perdimos fue el tiempo. Ese tiempo como tal no lo vamos a recuperar, porque estamos hablando de un tiempo que no sólo no continuó con las políticas e iniciativas del Ministerio de Igualdad y su valor simbólico, sino que hubo muchos recortes. Se devaluó todo. El Instituto de la Mujer pasó a ser una subdelegación general, la ley de las entidades locales le quitó las competencias en violencia de género a los ayuntamientos, luego hubo que reformarla para recuperarlas. Se quitó la proximidad, cuando es algo esencial. Yo creo que tenemos que entender que eso fue como una pérdida en el tiempo, una especie de quiebra en la continuidad de las políticas de igualdad que ahora tenemos que recuperar en dos líneas: todo lo que es prevención y detección. Lo primero a través de la educación, la concienciación y el trabajo con hombres, hay que llamar a los hombres aunque sea para que no vengan. Ahí ya tenemos un grupo identificado de gente que no quiere formar parte, pero si no los llamamos esa aparente neutralidad parece suficiente. Ya estamos en un momento en el que tenemos que llamar a los hombres a la responsabilidad, entendiendo que hay responsabilidad por acción pero ahora, con el nivel de conciencia y conocimiento, también la hay por omisión. Y la detección tratando de contactar y abordar la realidad de las mujeres allí donde están.

P: Otro de los compromisos pasa por una ley de libertad sexual. ¿Qué opinión le merece?

R: Avanzamos mucho en lo que es la realidad de la violencia sexual. Está claro que los instrumentos que teníamos hasta ahora eran insuficientes para abordar no sólo la violencia sexual como se ha conceptualizado, sino la realidad de la violencia sexual, aquello que los agresores usan para romper la libertad de las mujeres a la hora de mantener una relación sexual. Si técnicamente e históricamente se ha considerado que la diferenciación entre abuso y agresión era suficiente sobre los conceptos de fuerza física e intimidación, cuando la práctica te está diciendo que no es suficiente lo correcto es cambiar y adaptar la ley a la realidad, no que la realidad se tenga que encajar en lo que es la ley. En el año 89 se reformó el Código Penal, hasta entonces hablábamos de delitos contra el honor. Una mujer prostituta que hubiera sido violada no tenía honor, una mujer violada por su marido tampoco porque no se consideraba un deshonor. Entendió el legislador que había que cambiarlo. Ahora pasa igual. El gran argumento de la diferenciación entre abuso y agresión basándose en la fuerza y la intimidación es un artificio, no tiene sentido cuando tú ves cómo los agresores usan otros elementos para conseguir su objetivo. Todo eso da lugar a situaciones como la primera sentencia de La Manada, donde hechos probados de situación de intimidación luego se interpretan como abuso. Por eso es necesaria esa transformación.

P: En el libro habla no sólo de machismo, también de homofobia y transfobia. ¿Cómo valora el debate que se ha generado dentro del movimiento feminista en torno a los derechos de las personas trans?

R: Es un tema muy polémico. Yo me he dado cuenta de que va más allá y es mucho más profundo de lo que parece en apariencia. Tenemos la responsabilidad de reconocer todos los derechos que permitan a las personas trans desarrollar una convivencia sin ningún tipo de límites, en igualdad de condiciones. Otra cosa es que se desarrolle bajo qué conceptos, elementos o argumentos. Al principio nadie cuestionaba esto, yo no he vivido ese debate actual como algo problemático dentro del feminismo. Que ahora se haya convertido en un problema quiere decir que hay algo que está generando un roce donde debería haber armonía. Si la situación que conlleva ese reconocimiento de derechos bajo una uniformidad genera problemas para las mujeres, entonces no es una solución. No podemos resolver un problema con otro problema. Yo quiero analizarlo en profundidad porque es verdad que el sexo tiene una base biológica, luego tiene una base psicológica y una base social, esos tres niveles. El primero determinado en base a la anatomía, el segundo en función de cómo tú te sientes y el tercero por cómo te ven. Las personas trans eran consideradas como enfermas, en la última clasificación ya no, se considera como disforia de género, una cosa un poco extraña, pero es verdad que no es una patología y por tanto no es producto de una alteración. Ese sentimiento está, es válido y tiene que ser reconocido. Ahora, si ese reconocimiento lo hacemos de forma que los derechos de las mujeres puedan verse debilitados por alguna razón, tenemos que darle una solución desde el feminismo y sin ningún tipo de discriminación a nadie. Mi opinión es que hay que hacer un gran congreso o reunión y trabajar este tema. Si la solución es que no hay espacio común dentro de un feminismo, habrá que dividirlo. Lo que no se puede es generar un conflicto permanente que sea fuente de ataques desde el machismo, que es lo que está pasando.

P: También habla de prostitución, otro de los debates más sensibles dentro del movimiento feminista. En el libro defiende que en ningún momento de la historia las mujeres introdujeron de manera libre y voluntaria la prostitución como una opción profesional más. ¿Hay una brecha dentro del feminismo en torno a la prostitución?

"Lo que ha producido la prostitución a lo largo de la historia es mucha discriminación, mucho dolor, sufrimiento, violencia y muertes"

R: Mi planteamiento es ¿cómo una institución construida por el machismo podemos entender que es un logro de las mujeres? ¿Por qué se ejerce libremente la prostitución? Porque existe la prostitución. ¿Y por qué existe la prostitución?, ¿porque hubo una mujer que decidió un día ganarse la vida prostituyéndose o porque es una construcción machista que a base de explotar, forzar, discriminar se ha normalizado? Para mí la esencia está viciada y no he visto nunca que históricamente fuera un plus para la mujeres. Lo que ha producido la prostitución a lo largo de la historia y sigue produciendo es mucha discriminación, mucho dolor, sufrimiento, violencia y muertes. No entiendo que juguemos con espacios de la prostitución para defender una estructura que ha sido una construcción esencial del machismo, porque sirve para cosificar a las mujeres y para que los hombres sientan el poder a través del ejercicio de la conducta sexual con mujeres que ejercen la prostitución. No hay una relación sexual, hay una relación de poder a través del sexo.

P: El Gobierno se ha posicionado en contra de la trata con fines de explotación sexual, pero también ha desarrollado medidas de ayuda a las mujeres en contextos de prostitución. Durante la pandemia, la ministra instó a las comunidades a cerrar los prostíbulos y recientemente ha anunciado la introducción de la figura de tercería locativa. ¿Se están dando los pasos correctos o están siendo tibios?

R: Son pasos fríos. Hace años se creó una comisión mixta entre el Congreso y el Senado sobre derechos humanos y prostitución. Yo expuse que la prostitución es una situación histórica que no se va a resolver con penalizar al cliente, por ejemplo, u otras medidas puntuales. Lo que yo planteaba entonces era que esto se tiene que resolver con un plan a largo plazo. No se va a resolver de un año para otro. El objetivo tiene que ser erradicar la prostitución y elaborar un plan para decretar una ley que prohíba la prostitución. Calcular cuándo analizando lo que hay que hacer: por ejemplo, en el año 2040 quedará prohibida la prostitución y desde ahí mismo vamos a trabajar con las mujeres, con todo lo que conlleva, para que esa erradicación sea real. La trampa está en que tenemos una sociedad machista que crea las condiciones para que las mujeres entiendan que la prostitución es una opción.

P: La semana pasada se supo que la Audiencia Nacional condenaba al Ministerio del Interior por no haber protegido a una mujer que terminó siendo asesinada por su pareja. ¿Se empieza a entender que el Estado tiene una responsabilidad directa a la hora de proteger a las mujeres?

R: Es la primera y no debería haber sido la única, del ministerio y de otras instituciones. Como forense y persona que sigue la actualidad he conocido casos de mucha gravedad. El caso de Olivares fue sangrante. Es el primer caso que condena al ministerio y es una respuesta muy adecuada y muy justa. Las respuestas profesionales no siempre son ciencias exactas o matemáticas, pero lo que debemos valorar es si se han puesto los medios para solucionar el problema. Ocurre también en medicina. Y a veces no se ponen los medios suficientes: priman los mitos, los estereotipos o se duda de la palabra de las mujeres. Eso debe responderse con seriedad.

P: En la Macroencuesta de 2019 emergen cuestiones como la vergüenza, sobre todo en la violencia sexual. ¿Qué está fallando para que sea la víctima quien sienta vergüenza por serlo?

R: Lo que refleja y demuestra es la construcción cultural. El hecho de que tú te sientas avergonzada de sufrir una agresión no es por la agresión en sí, lo que estás reproduciendo con esa vergüenza es la construcción del mito que dice que este tipo de violencia les ocurre a mujeres que van provocando o que han puesto una denuncia falsa. En la Macroencuesta de este año hay un porcentaje que no denuncia por miedo al propio proceso. Cuando el proceso es tan duro para las mujeres y la situación social avergüenza a las mujeres, tanto el sistema como la sociedad están actuando de manera que esa vergüenza no es una decisión construida desde el planteamiento individual de las víctimas. No es casualidad que el interés de la derecha y del machismo sea que no se hable de género, porque entonces están desvelando esa construcción social y cultural en la que se sienten especialmente cómodos porque representa a la perfección el orden social que consideran adecuado para convivir.

P: Ha mencionado el tema de las denuncias falsas. Hay datos muy claros al respecto, pero aun así sigue habiendo una reacción machista muy fuerte. ¿A qué se debe?

R: Juega con uno de los elementos esenciales de la construcción machista de las mujeres: la perversidad y la maldad. Actualiza el mito de la Eva perversa, los mitos históricos se reactualizan. El mito es perfecto: juega con la construcción de esa maldad histórica de las mujeres. Además utiliza la falta de credibilidad en la palabra de la mujer. Algunas veces la falta de investigación o de instrucción se debe a la no credibilidad de las mujeres. Luego tiene el componente posmachista de jugar con un dato que ellos manipulan y es el hecho de que el porcentaje de condenas es bajo. El 80% no son sentencias condenatorias. Ellos extrapolan y defienden que el 80% son denuncias falsas. Entonces tenemos la construcción mítica, los elementos que dificultan la investigación y luego el dato final. Hay elementos muy objetivos que refuerzan la construcción social de la maldad de la mujer. Si a eso le unes que nadie cree en aquello que le viene mal, el que tú digas denuncias falsas es un argumento que tranquiliza a la sociedad. Cuando hablamos de 60 mujeres asesinadas de media al año y te encuentras con el argumento de las denuncias falsas, suavizas la situación.

Estos días escuchamos argumentos respecto a los que pactan con los herederos de ETA. Todavía ETA, años después de haber dejado de matar y habiendo asesinado a 857 víctimas en 40 años, es todavía mucho más grave que una violencia que ha matado a 1.070 mujeres sólo desde 2003. Quienes dicen que se está pactando con los herederos de ETA ocultan la violencia que mata a 60 mujeres al año. Cuando no quieres implicarte en esa realidad social necesitas un argumento fácil, que es lo que hace el posmachismo con la confusión: que las mujeres también matan, que los hombres se suicidan por culpa de las mujeres… Se toman estos argumentos y cuanto más subjetivos, más fácil de creerlos. Por eso sólo entre el 1% y el 3% de la población entiende la violencia machista como algo grave, según el CIS. La clave está en la necesidad de tener argumentos y la capacidad de construirlos desde posiciones de poder. Todo el mundo que necesite creer eso, lo va a creer. La gran pasividad de la sociedad se debe a la estrategia posmachista de generar confusión y distancia para que todo siga igual. La gente necesita argumentos para no implicarse y el argumento de las denuncias falsas es muy eficaz.

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