Manifiesto
A continuación, incluimos la traducción del tuit con los extractos de la obra The Technological Republic:
- Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. La élite de ingenieros de Silicon Valley tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación.
- Debemos rebelarnos contra la tiranía de las aplicaciones. ¿Es el iPhone nuestro mayor logro creativo, si no la culminación de nuestra civilización? Este objeto ha cambiado nuestras vidas, pero también puede estar limitando y restringiendo ahora nuestro sentido de lo posible.
- El correo electrónico gratuito no es suficiente. La decadencia de una cultura o civilización, y en particular de su clase dirigente, solo será perdonada si esa cultura es capaz de proporcionar crecimiento económico y seguridad a la población.
- Los límites del poder blando, de la retórica grandilocuente por sí sola, han quedado al descubierto. La capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer requiere algo más que atractivo moral. Requiere poder duro, y el poder duro en este siglo se construirá sobre el software.
- La cuestión no es si se construirán armas basadas en inteligencia artificial, sino quién las construirá y con qué propósito. Nuestros adversarios no se detendrán a entregarse a debates teatrales sobre los méritos de desarrollar tecnologías con aplicaciones críticas para el ámbito militar y la seguridad nacional. Seguirán adelante.
- El servicio nacional debería ser un deber universal. Como sociedad, deberíamos considerar seriamente alejarnos de un ejército compuesto únicamente por voluntarios y solo librar la próxima guerra si todos comparten el riesgo y el coste.
- Si un marine estadounidense pide un rifle mejor, deberíamos construirlo; y lo mismo vale para el software. Como país, deberíamos ser capaces de mantener un debate sobre la idoneidad de la acción militar en el extranjero mientras permanecemos firmes en nuestro compromiso con quienes hemos enviado a situaciones de peligro.
- Los servidores públicos no tienen por qué ser nuestros sacerdotes. Cualquier empresa que remunerara a sus empleados del modo en que el gobierno federal remunera a los funcionarios públicos tendría dificultades para sobrevivir.
- Deberíamos mostrar mucha más indulgencia hacia quienes se han expuesto a la vida pública. La erradicación de cualquier espacio para el perdón —la eliminación de toda tolerancia hacia las complejidades y contradicciones de la psique humana— puede dejarnos con un elenco de dirigentes del que acabemos arrepintiéndonos.
- La psicologización de la política moderna nos está desviando del camino. Quienes buscan en el ámbito político alimentar su alma y su identidad, quienes dependen en exceso de que su vida interior encuentre expresión en personas a las que quizá nunca conocerán, acabarán decepcionados.
- Nuestra sociedad se ha vuelto demasiado proclive a acelerar, y a menudo a celebrar con entusiasmo, la caída de sus enemigos. La derrota de un adversario es un momento para detenerse, no para regocijarse.
- La era atómica está llegando a su fin. Una era de disuasión, la era atómica, termina, y está a punto de comenzar una nueva era de disuasión basada en la inteligencia artificial.
- Ningún otro país en la historia del mundo ha promovido valores progresistas más que este. Estados Unidos está lejos de ser perfecto. Pero es fácil olvidar cuánto más oportunidades existen en este país para quienes no pertenecen a élites hereditarias que en cualquier otra nación del planeta.
- El poder estadounidense ha hecho posible una paz extraordinariamente larga. Muchos han olvidado, o quizá dan por hecho, que casi un siglo de alguna forma de paz ha prevalecido en el mundo sin un conflicto militar entre grandes potencias. Al menos tres generaciones —miles de millones de personas, sus hijos y ahora sus nietos— no han conocido una guerra mundial.
- El desarme de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse. La neutralización de Alemania fue una sobrerreacción por la que Europa está pagando ahora un alto precio. Un compromiso similar y altamente teatral con el pacifismo japonés, si se mantiene, también amenazará con alterar el equilibrio de poder en Asia.
- Deberíamos aplaudir a quienes intentan construir allí donde el mercado no ha actuado. La cultura casi se burla del interés de Musk por los grandes relatos, como si los multimillonarios debieran limitarse a su papel de enriquecerse a sí mismos... Cualquier curiosidad o interés genuino por el valor de lo que ha creado se descarta esencialmente, o quizá asoma bajo un desprecio apenas disimulado.
- Silicon Valley debe desempeñar un papel en la lucha contra la delincuencia violenta. Muchos políticos en Estados Unidos han optado esencialmente por encogerse de hombros ante la criminalidad violenta, abandonando cualquier esfuerzo serio por abordar el problema o asumir riesgos con sus electores o donantes a la hora de proponer soluciones y experimentos en lo que debería ser un intento desesperado por salvar vidas.
- La exposición despiadada de la vida privada de las figuras públicas aleja a demasiado talento del servicio público. El ámbito público —y los ataques superficiales y mezquinos contra quienes se atreven a hacer algo distinto a enriquecerse— se ha vuelto tan implacable que la república se queda con un amplio elenco de figuras ineficaces, vacías, cuya ambición sería perdonable si existiera en ellas alguna estructura de creencias genuina.
- La cautela en la vida pública que fomentamos sin darnos cuenta es corrosiva. Quienes no dicen nada incorrecto a menudo no dicen prácticamente nada.
- La intolerancia generalizada hacia la creencia religiosa en ciertos círculos debe ser resistida. La intolerancia de las élites hacia la religión es quizá una de las señales más reveladoras de que su proyecto político constituye un movimiento intelectual menos abierto de lo que muchos dentro de él sostienen.
- Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas son ahora iguales. La crítica y los juicios de valor están prohibidos. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, e incluso subculturas... han producido maravillas. Otras han resultado mediocres y, peor aún, regresivas y perjudiciales.
- Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y hueco. Nosotros, en Estados Unidos y más ampliamente en Occidente, hemos evitado durante el último medio siglo definir las culturas nacionales en nombre de la inclusión. Pero ¿inclusión en qué?
Extractos del bestseller número 1 del New York Times The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska.