La crisis de la democracia de partidos

El partido soy yo: el auge de líderes políticos con siglas de quita y pon

El ultraderechista holandés Geert Wilders, único miembro formal del Partido por la Libertad.

Ángel Munárriz

Líderes fuertes, ambiciosos, solitarios, que se valen de instrumentos mutantes para sus fines. Partidos débiles, siglas de quita y pon. Estructuras organizativas ágiles que se montan para un proceso electoral y se desmontan tan pronto como termina el recuento de las papeletas. Así es el signo de los tiempos. Las organizaciones de masas piden un hueco en el baúl de la historia, aunque aquí quepa advertir que la historia en ocasiones puede repetirse. Quizás vuelva su momento. Pero, por ahora, toca ir despidiéndose de las maquinarias gigantes, la disciplina interna inflexible, la adhesión inquebrantable, las cosmovisiones ideológicas y sus textos sagrados. Adiós dogmas. En la "modernidad líquida" que dibujó Zigmut Bauman todo eso ha caducado. La sujeción a unas reglas orgánicas resulta ineficiente e ineficaz. Es más fácil organizarlo todo con un gabinete de profesionales al servicio de un candidato con tirón. Al fin y al cabo, se trata simplemente de ganar unas elecciones. De vender un producto en televisión. A esta filosofía son cada vez más adeptos tanto los partidos tradicionales como los líderes de nuevo cuño que les disputan su primacía como actores fundamentales de la democracia.

Los mediadores cotizan a la baja: prensa, sindicatos y por supuesto siglas políticas tradicionales. Sobre las cenizas de unos partidos machacados por el desprestigio social se alzan candidatos carismáticos de todo tipo, más dados a someterse al juicio directo de los votantes que a lidiar con los engorros de la vida interna de las organizaciones políticas. Les sobran los partidos, que utilizan sólo en la medida en que son útiles a su proyecto. En ningún caso deben lealtad a ninguna corriente ideológica histórica, sino sólo a unas ideas acuñadas por ellos mismos, que además no son necesariamente las mismas hoy que ayer. A veces estos líderes se salen de los partidos para montar una organización de autor, a la medida de sí mismos (Emmanuel Macron); a veces trazan su propia agenda en contra del criterio de buena parte de la dirigencia de su formación (Carles Puigdemont). No hay dos casos iguales. El fenómeno guarda relación con otras constantes de la contemporaneidad política, como la dificultad de los partidos para ejercer un control mínimo en el acceso al liderazgo, sobre todo con elecciones primarias internas (Donald Trump, Jeremy Corbin, Pedro Sánchez...).

Pero eso son asaltos al liderazgo interno desde los propios mecanismos internos. Los macrones hacen un recorrido distinto. Prescinden de los partidos existentes, que ven como lastres para sus aspiraciones. Los líderes individualistas en este ocaso de la era de los grandes partidos suelen cultivar un cierto provindencialismo. Lo necesitan: el proyecto son ellos. La fórmula predispone al culto a la personalidad. Son políticos con olfato e intuición, capaces de hablarle de tú a tú a los electores. Desdeñan los peajes orgánicos de los partidos de siempre. Son conscientes del cambio de paradigma: un gran líder, mejor que cien dirigentes. Emprendedores de la política, han entendido que el público demanda más zascas en las tertulias que detalles programáticos. Y creen que un pequeño grupo de asesores resulta más útil para convencer a la opinión pública, y por lo tanto para ganar unas elecciones, que una legión de militantes que no hacen más que constreñir el margen de maniobra para cambiar de discurso en función de las encuestas.

El fenómeno del líder sin partido no ha llegado aún a cuajar del todo en España, aunque algunos de sus rasgos arquetípicos –adanismo, vaciamiento ideológico, superficialidad, tecnocracia– tiñen toda la vida política del país. Eso sí, los datos ilustran un debilitamiento apreciable no sólo del bipartidismo, sino de la propia idea de partido político. A los partidos se les discute incluso su capacidad como proveedores de altos de cargos de la Administración. Se les hace responsables de la corrupción y el despilfarro, pero también de la baja calidad de las élites. Un 57% de los encuestados por Myword para un estudio de 2013 afirmaba que la democracia funcionaría mejor sin partidos, sólo con plataformas sociales que gestionasen los asuntos públicos. "Los políticos, los partidos y la política" son el tercer problema para los españoles, según el CIS.

¿Son necesarios los partidos? ¿Necesitamos organizaciones formales estables, regladas, jerarquizadas, con una determinada visión del mundo, que compitan para alcanzar el poder? De momento su liderazgo en el sistema político español se mantiene, pero sus formas tradicionales están en retroceso. Y no por su anunciada superación por parte de "movimientos sociales" que, a partir de la lucha por objetivos concretos –medioambientales, por ejemplo–, acabarían por construir una hegemonía política. Tal cosa no ha ocurrido ni se prevé que ocurra a corto plazo. La perspectiva más amenazante para el poder de los partidos es la de un súper líder emanado de sus propias filas, pero que decida hacer la guerra por su cuenta. La idea ya ha triunfado en Francia, aspira a hacerlo en numerosos países más de Europa y es casi la norma en América Latina. ¿Puede ocurrir aquí? infoLibre analiza el fenómeno, sus perspectivas y sus posibilidades.

  El emprendedor político 

Se trata de un paso más, aunque un paso relevante, en la evolución de los partidos. Así lo ve Pablo Simón, doctor en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra. Al principio, con el sufragio censitario, los partidos eran "una mera agregación de notables locales, como al inicio de los tories británicos". "Luego aparecen los movimientos obreros y los partidos de masas. Son organizaciones que vertebran la vida de sus militantes. Se financian con cajas de resistencia, tienen casas del pueblo, iglesias, prensa propia", describe Simón. Las décadas de los 60 y 70 superan este modelo. Nacen los "partidos atrapalotodo" (catch-all parties), plataformas verticalizadas que se financian cada vez menos con el dinero de sus militantes y cada vez más con subvenciones y donaciones. "Buscan el poder sin una carga ideológica muy fuerte, limitando su movilización a los periodos electorales", explica Simón. En esa (larga) fase llevamos ya lustros.

Pero no es una fase estable. Los partidos pierden peso a ojos vista. Hay una "enorme desafección" hacia los "partidos políticos tradicionales", explica Manuel Alcántara, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Salamanca. ¿Por qué este desprestigio? "Es producto –explica Alcántara– de una banalización de la democracia, centrada casi exclusivamente en los procesos electorales, que ignora la rendición de cuentas y la separación de poderes y que, además, no es consciente de los cambios registrados en las sociedades en los últimos veinte años". Las sociedades, añade, "se han vuelto líquidas, pues el individualismo es rampante, se erosiona la disciplina partidista y la gente se identifica cada vez menos con viejas fórmulas ideológicas que además cambian muy rápidamente, teniendo por resultado la volatilidad".

A esto hay que sumar los cambios en las estructuras que conforman la opinión pública, sacudida por la revolución digital y las redes sociales. Los mediadores clásicos ceden influencia. "Todos los agentes intermedios están mutando: Iglesia, sindicatos, partidos", subraya Pablo Simón. Es el contexto perfecto para lo que llama, con un punto de ironía, "emprendedores políticos", líderes que apuestan todo a sí mismos y a su interlución directa con el público a través de la televisión. "Hablamos de individuos que detectan una demanda desatendida y responden verticalmente, de arriba a abajo, con organizaciones nuevas que con suficientes recursos, y dependiendo del contexto institucional, pueden llegar al poder", afirma.

No hay modelos irrebatibles para analizar el fenómeno. Por ejemplo, a priori su terreno de juego óptimo son los espacios escasamente institucionalizados, como los que abundan en América Latina. Pero, ¿y el éxito de Macron en Francia? Tampoco es fácil categorizar a los líderes sin partido, o con partido de autor. Cada caso tiene su propia idiosincrasia. Está el ejemplo de Macron, que fue ministro con el Partido Socialista y cuya organización ahora es En Marche! (de siglas EM, como Emmanuel Macron, qué casualidad). Un ente que se dice a medio camino entre el partido y el movimiento, nacido para acabar con el "incesto cultural" de las formaciones tradicionales, al servicio de ideas "socioliberales", con escasa estructura, muy vinculado a Internet, muy laxo en el compromiso que exige a sus miembros. Frente a la imprecisión ideológica de Macron, el Partido por la Libertad de Geert Wilders, en Holanda, se escora nítidamente a la derecha, con un discurso xenófobo claro. Wilders es el ejemplo redondo del lobo solitario. Tras dejar el Partido Popular por la Libertad y la Democracia, que le parecía paralizado por la endogamia, en 2004 montó su formación, de la que él es –atención– el único miembro formal. Los demás son simples asociados. ¿Qué forma más directa puede haber de ahorrarse las crisis internas, otro de los lastres de la vieja política? A diferencia de Macron, Wilders no ha conquistado el poder. Aunque, al igual que Marine Le Pen, persevera.

"Estos líderes son figuras carismáticas y personalistas, pero no necesariamente desprovistas de carga ideológica", afirma Simón. Ahí está Wilders, un ultraderechista desacomplejado. Su rasgo distintivo es que "ven dónde hay una demanda desatendida y se sitúan ahí". Si es por oportunismo o por convicción, poco importa. Es frecuente que el líder descubra esa nicho de mercado desde un partido que ya no le ofrece los recursos para satisfacer la demanda. Así le ocurre a Macron y a Wilders, que deciden fundar partidos a su imagen y semejanza, con una fe infinita en el alcance de una estrategia de marketing bien planificada.

¿Y Puigdemont? Es un caso diferente, pero con rasgos típicos del lobo solitario al que se le ha quedado pequeño su partido. Joan Botella, decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona, ve las estructuras del PDeCAT "subordinadas" al expresident y sus seguidores, que ya lo fían todo a su figura. "Están ocurriendo cosas muy llamativas, como que en situaciones de grave crisis como las que se están dando apenas salga ningún portavoz del PDeCAT a dar opiniones sobre los acontecimientos. Puigdemont lo condiciona todo personalmente", señala. La infernal situación política y legal de Puigdemont hace difícil, no obstante, que funde una nueva formación con visos de adquirir relieve.

  Organizadores de campañas

¿Quién no recuerda aquella frase de Alfonso Guerra? "El que se mueva no sale en la foto", dejó dicho el vicepresidente de Felipe González. Toda una forma de entender la vida interna del partido. Disciplina, aceptación de las directrices, sujeción al argumentario. Y si no, ostracismo. Jordi Pacheco, decano del Colegio de Politólogos y Sociólogos de Cataluña, subraya que esto casa mal con una sociedad mucho más abierta e incontrolable. "A la militancia ya no se le puede decir lo que tiene que pensar mandándole una publicación. Antes no podían criticar más que en el bar. Ahora, con una cuenta de Twitter, ya estás en la arena política", señala. Es impensable, expone Pacheco, una base política que vaya detrás de un líder como fue la militancia del PCE detrás de Santiago Carrillo cuando aceptó la bandera y la monarquía. Se acabaron las adhesiones masivas a un partido. Hay demasiada oferta como para aceptar grandes sacrificios.

Los nuevos líderes conocen este esquema. Saben que su auge es circunstancial, pero también que el día que cuenta es el de las elecciones. Hay que llegar fuerte a las urnas. Su poder está más ligado a su aceptación por parte de las audiencias que a su prestigio dentro de una organización histórica. Nacen y crecen rápidamente, de la misma manera que se pueden apagar. Para asaltar el poder lo último que necesitan es una organización que los tutele, los fiscalice, les pida cuentas y, llegado el caso, los apee del sillón. Así las estructuras políticas óptimas pasan a ser "comités de organización de campañas, dirigidos por grupos de profesionales" al servicio de un candidato con la suficiente ambición y sentido de la oportunidad, señala Pacheco.

Esto afecta a los programas. "La ideología pierde peso en la oferta electoral", añade Pacheco. "La elaboración del programa desborda el marco del partido y se vuelca hacia afuera, para hacerse más ecléctico, plural, capaz de llegar a más gente". Lógicamente ello implica más contradicciones, pero ciertamente los partidos tradicionales también encaran a diario contradicciones. La ventaja de las máquinas electorales es que al emitir durante menos tiempo y a mayor volumen tienen más fácil disimular sus contradicciones, que sólo darán la cara en el caso de que el candidato llegue al poder y le toque gobernar.

  El blindaje español

Mucho se ha hablado de la crisis del bipartidismo, de la pérdida de fuerza de los partidos tradicionales en España. Las manifestaciones de esta crisis son conocidas. El terreno de juego se ha abierto a novedades significativas, entre las que destacan Podemos y Ciudadanos, cuya irrupción viene facilitada no sólo por los factores sociopolíticos –crisis, corrupción, desprestigio institucional–, sino también por los tecnológicos. "Podemos surge espoleado por una ventana de oportunidad, pero con eso no basta. Fundar un partido en 2014 era mucho más fácil que en 1994. Para empezar, puedes hacer votaciones electrónicas. Con los medios de 1994 no hubieran podido organizar unas primarias, porque ni siquiera tienen sedes físicas", explica Pablo Simón.

Podemos y Ciudadanos, aunque con liderazgos fuertes, han jugado la carta del partido-partido. Es cierto que son partidos muy diferentes a los históricos, pero partidos al fin y al cabo. En teoría, sobrevivirán a sus líderes, no son siglas de quita y pon, ni oficinas de un candidato. Aspiran a engordar su cuenta de militantes y, sobre todo, a garantizarse una implantación territorial. Sin esa capilaridad, en España, es imposible alcanzar La Moncloa. "Todo el sistema electoral español se creó pensando deliberadamente en cómo evitar liderazgos personalistas y populistas. No sólo para la presidencia. En España hacerse elegir concejal requiere unos esfuerzos mucho mayores que en otros contextos", señala el politólogo Joan Botella. "Nuestro sistema está bastante blindado", añade. Lo dice en positivo. "Se suele criticar mucho la ley electoral, que si favorece a la casta y cosas así. Se ignoran en cambio ventajas como ésta", añade.

El liderazgo solitario se adapta a la perfección al presidencialismo. "Así peleas por una sola plaza, la de presidente. Es más fácil hacer una guerra relámpago en torno a una figura popular en un sistema presidencial. Por ejemplo, Macron en Francia, donde además se ha visto favorecido por las circunstancias al convertirse en la alternativa al Frente Nacional", señala Pablo Simón, que tiene claro que en España es "mucho más complicado" que triunfe esta fórmula. "Hay tres cortafuegos", dice. Uno) El sistema electoral; dos) el modelo parlamentario; y tres) los contrapesos territoriales al poder central. "Un outsider lo tiene muy difícil. Hay que negociar mucho. Se penaliza a los partidos pequeños, hace falta implantación", señala Simón. Lo refrenda Antonio Alaminos, catedrático de Sociología de la Universidad de Alicante: "Los sistemas mayoritarios son más sensibles a vuelcos repentinos. En los proporcionales, con la necesidad de estructuras dispersas territorialmente, los cambios están más frenados".

  Respuestas en América Latina

El fenómeno Macron, la patada al tablero electoral de un político de moda que sepa seducir transversalmente a amplios sectores del electorado, va a ser un fenómeno "cada vez más frecuente", señala Manuel Alcántara, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Salamanca. Pero pone encima de la mesa una puntualización. Lo que más abona el terreno para estos líderes circunstanciales es el sistema presidencialista. Un modelo que abunda en América Latina, cuya realidad política ha estudiado a fondo.

Allí el fenómeno es especialmente frecuente. "En América Latina el presidencialismo fomenta las candidaturas individuales tanto de viejos políticos, como Pedro Pablo Kuczinski en Perú, como de nuevos, como Horacio Cartes en Paraguay o Jimmy Morales en Guatemala. En su momento Hugo Chávez y Rafael Correa se aprovecharon de esa dinámica toda vez que no eran políticos tradicionales y no tenían experiencia política, porque el primero no tenía ninguna y el segundo unos meses como ministro", señala.

El cordón umbilical que une a los políticos de ambición presidencial con unas estructuras organizativas consolidadas se rompe fácilmente en América Latina. Alianza País ha estado a punto de "expulsar" de sus filas al mismísimo presidente de Ecuador, Lenín Moreno. En México la candidata Margarita Zabala ha dejado el derechista Partido de Acción Nacional (PAN) y se presentará por su cuenta. En Colombia Humberto de la Calle amaga con no presentarse ni siquiera a las primarias del Partido Liberal, la formación con la que –según parecía– quería ser candidato. La cultura del lobo solitario está ya arraigada en los niveles regionales y locales de la política en buena parte del continente.

  Atomización en Italia

Así que el mejor laboratorio de estudio es América Latina. Pero en Europa tampoco es nuevo nada de esto. Jordi Pacheco, decano del Colegio de Politólogos y Sociólogos de Cataluña, es partidario de mirar con detalle a Italia. Ubica el origen del fenómeno en Tangentopoli y menciona a Silvio Berlusconi, para detenerse en la "pérdida de identidad y estructura" de la izquierda italiana. "Del Partido Comunista de Italia, que ofrecía una alternativa de vida comunitaria rivalizando con mafia y que estructuraba realmente la vida de sus militantes, hemos pasado al Partido Democrático, con un aparato sin peso, muy plural, con continuas escisiones y modificaciones y muchos personalismos", señala, apuntando directamente a Mateo Renzi. La izquierda italiana está hoy día atomizada, rota en mil pedazos. ¿Es esa situación campo abonado para la aparición de un líder salvador que intente amalgamar todo en un nuevo partido? De momento, no ha surgido.

Lo que sí está consolidado en Italia es el Movimiento 5 Estrellas (M5E), que ofrece además una clave fundamental para entender la naturaleza de estos nuevos partidos que dicen no querer ser partidos: cómo la tecnología ha catalizado la superación del modelo organizativo tradicional. El Movimiento 5 Estrellas presume de ser "una asociación libre de ciudadanos". La extrema ligereza de su estructura es impensable sin la red. "Internet es nuestra única defensa", afirma el propio Beppe Grillo, el fundador del M5E en 1999. Otro líder carismático con alergia a los llamados partidos tradicionales. "El movimiento de Beppe Grillo es básicamente una web", resume Joan Botella.

  Electores a la espera de un líder

¿Están perdiendo los partidos su condición de productores de ideología para convertirse en meras maquinarias electorales? Antonio Alaminos, catedrático de Sociología de la Universidad de Alicante, responde: "Esta pregunta es propia de principios del siglo XX. Hace tiempo que los partidos no producen ideología. Sobreviven con la poca que les queda de herencia o la injertan e hibridan, sea la tercera vía, el eurocomunismo...". A su juicio, todo el sistema político tiene que adaptarse a un creciente número de “electores en busca de representación política”. Huérfanos que no encuentran padre en los partidos tradicionales, abiertos a dejarse convencer por alguien con ideas nuevas. Alguien que podría ser ese "emprendedor de la política", que decía Pablo Simón.

"Son fenómenos generados por las dinámicas sociales actuales, como la crisis económica, el auge nacionalista y etnocéntrico, la debilidad de los partidos tradicionales... Todo esto produce una volatilidad muy elevada. El fenómeno se va a extender e intensificar tras cada crisis", señala Alaminos. Las formaciones clásicas, con sus dogmas y rigideces, lo tienen crudo. "Las generaciones más jóvenes tienen más dificultad para ubicarse en los campos izquierda y derecha. Esto no es culpa de los partidos. Es algo que viene determinado por otros factores. Con la desaparición de los grandes centros fabriles, cambian las identidades. Es más complicado que un precario autónomo interiorice la idea de que es clase obrera", señala Pablo Simón. El elector está abierto de par en par a mensajes interclasistas. Si los discursos están anclados en grandes corrientes ideológicas históricas, le parecen mercancía anticuada e inservible.

El creciente aislamiento de los trabajadores, con la consiguiente debilidad de las redes de solidaridad, también pone viento de cola a los candidatos con escaso equipaje ideológico y ninguna obligación orgánica. Esto los hace parecer más libres. Y quizás lo sean. Pero cuidado: ¿Es bueno que haya un líder al que ninguna organización pueda pedir cuentas? "Criticamos a las organizaciones políticas por ser excesivamente burocráticas, pero tienen algo bueno: son un contrapoder a los líderes. El creciente bonapartismo carismático, en cambio, apela cada vez más a las bases, directamente. El modelo de primarias lo que acaba haciendo es reforzar los liderazgos únicos", señala Pablo Simón.

Jordi Pacheco recuerda que el líder sin partido no obedece necesariamente a un impulso "cesarista", aunque "algo de eso hay", añade. "A veces se trata de una persona que es capaz de proyectarse como referente político superando estructuras de partidos, articulando coaliciones sociales y políticas en un momento determinado", explica, haciendo referencia al posible recorrido político de Yanis Varoufakis, otro que dijo basta a los rigores de la vida de partido. Alaminos, por su parte, ve el auge de los lobos solitarios como una tendencia conservadora. "En la medida que las fuerzas que generan estos movimientos, al menos en Europa, son de naturaleza comunitaria e identitaria, raramente son progresistas. El miedo colectivo o el deseo irracional producen fenómenos de derechas", afirma.

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