Crisis del coronavirus

La patología oculta emerge tras la pandemia: cae hasta un 40% la atención a ictus e infartos y se agravan las secuelas

Los sanitarios de urgencias del madrileño Hospital de La Paz agradecen con aplausos el apoyo de la ciudadanía.

Que el tiempo se paralice puede acarrear consecuencias inestimables cuando cada minuto es oro. El confinamiento, el miedo colectivo de la ciudadanía y la saturación de los hospitales han grabado a fuego el mensaje de que los hogares eran el blindaje perfecto para luchar contra el covid-19. Las salas de urgencias, habitualmente marcadas por un paisaje de colapso y espera, han quedado prácticamente vacías de patologías independientes al coronavirus, mientras que los servicios de emergencias han constatado igualmente un descenso previsible en cuanto a las llamadas de socorro. Como resultado, la atención de ictus e infartos ha caído hasta un 40%, dejando tras de sí una serie de secuelas en muchos casos irreversibles.

"Respecto al punto más álgido de la pandemia, la caída general rondó entre un 40% y un 55% en las urgencias globales". Habla Tato Vázquez Lima, vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (Semes). La debacle principal se encuadró, explica el médico de urgencias, en "toda la patología banal" pero enseguida cayeron también "los politraumas, el síndrome coronario agudo y el ictus".

Infartos e ictus. Es donde los profesionales sitúan la mirada con especial preocupación, debido a los efectos perversos que se derivan de no cumplir los tiempos. El primero, estima Vázquez Lima, experimentó un descenso de entre "un 30% y un 40%" según los datos aportados por "hospitales y servicios de urgencias, en combinación con servicios de cardiología". En ese sentido, subraya, también se constató "un retraso en la aplicación de la medida del cateterismo". El motivo, estima, es único: el miedo a acudir a los servicios sanitarios. Aquello que los sanitarios conocen como "la patología oculta".

Este efecto colateral del coronavirus ha provocado además una caída en los ictus ingresados del 35%, dicta Vázquez Lima, de acuerdo a los datos del Hospital Cunqueiro de Vigo. El Hospital Clínic de Barcelona, por su parte, registró en marzo un descenso del 23% en los casos de ictus atendidos. En añadido, la técnica de la trombectomía, un procedimiento "que se aplica cuando hay que hacer un rescate", sufrió un descenso que ronda "el 28% y el 30% según datos de los hospitales de Santiago de Compostela y A Coruña".

También han podido percibir la dimensión de la caída en los servicios telefónicos de emergencia. Xavier Jiménez Fàbrega, director médico del Sistema d'Emergències Mèdiques (SEM), lo explica en conversación con infoLibre. Conviene recalcar, en primer lugar, que las alertas al 061 sí subieron. Se trata de alertas "que no siempre van asociadas a una enfermedad, sino consultas vinculadas a la salud con un nivel de urgencia, pero que no llegan a ser emergencias y cuya solución no es enviar un recurso, porque se solventan vía telefónica". Entre el 1 de enero y el 31 de mayo de 2019 el centro coordinador de emergencias recibió 995.826 alertas, una cifra que se incrementó hasta las 1.451.940 durante el mismo periodo del actual año. Sin embargo, aquellas llamadas que precisaron la movilización de un recurso –como ambulancia o helicóptero– fueron el año pasado 470.808 y este año 443.232. "En marzo, abril y mayo se registraron muchas más consultas telefónicas y hemos disminuido los recursos a domicilio", explica el médico.

¿Qué hay de los ictus e infartos? En ambos casos, el descenso más significativo se produjo en abril. El servicio de emergencias catalán recibió entonces un total de 163 códigos infarto, frente a los 286 del año anterior (una caída del 43%). En mayo del presente año fueron 216 y el anterior 277 (un 22% menos). En cuanto a los ictus, el servicio registró 321 este abril, frente a los 509 del abril pasado (36,9% menos). En mayo se registraron 422, una caída respecto a los 523 del mayo anterior (19,3% menos). Precisamente en cuanto a los ictus, Jiménez recuerda la importancia del tiempo. Los minutos transcurridos entre el inicio de los síntomas y la llamada a los servicios de emergencias han sufrido una alteración significativa. "En 2019 la mediana estaba en seis minutos, mientras que en 2020 hemos pasado a 28 minutos", por tanto "la mitad de las llamadas de alerta se han demorado más de media hora".

Tanto el infarto como el ictus son patologías tiempo dependientes y con afectación vascular, de modo que las secuelas vinculadas a la demora en dar la voz de alarma pueden ser irreparables. Los infartos conceden un margen de 90 minutos para actuar, con la ventaja de que la prueba diagnóstica mediante electrocardiograma se puede realizar en ambulancia o en el propio hogar. Para el ictus es más complicado, ya que la prueba es un tac (tomografía axial computarizada). El margen temporal aumenta hasta las 4 horas y 30 minutos desde que se perciben los primeros síntomas y hasta que se administra la medicación que disuelve el trombo. "También los resultados dependen de los tiempos, no es lo mismo aplicar el tratamiento a los veinte minutos que a las cuatro horas", completa Vázquez Lima. El procedimiento de los códigos ictus está marcado por un sistema de activación precoz, detección rápida en urgencias y la atención neurológica avanzada posterior. Y ahí "el tiempo es clave".

Las consecuencias

La paulatina recuperación de las urgencias, tibia y pausada, ha evidenciado las secuelas del tiempo en los pacientes con patologías distintas al covid-19. "Algunos de estos pacientes los estamos viendo ya con los cuadros evolucionados", observa Vázquez Lima, quien habla de "insuficiencias cardiacas", que se producen cuando "un infarto lo pasas por tu cuenta y el corazón queda deteriorado" o incluso deriva en un "cuadro más grave". En cuanto al ictus, se trata de una patología que requiere de una intervención pronta para "recuperar la funcionalidad parcial o totalmente". No hacerlo implica un mayor riesgo de "quedar con una parálisis parcial de esa zona, como pasaba hace treinta años".

Desde Cataluña se han podido "objetivar los efectos con datos contrastados con el sistema del código infarto" y el resultado es que "los pacientes que llegan ahora presentan mayores complicaciones", de manera que la forma de atenderles se ha hecho más compleja y en ocasiones ha conllevado escenarios prácticamente nuevos para los sanitarios. Respecto al ictus, por el momento los médicos catalanes no han conseguido determinar secuelas concretas. "No parece que sean tan importantes en el pronóstico y evolución de estos pacientes", pero los profesionales están investigando los motivos para "ver a qué se atribuye".

"Lo que es seguro es que en urgencias han desaparecido los infartos, los ictus y otras patologías que no hemos cogido". Habla Javier del Águila, médico residente de Salud Pública. Se trata de un fenómeno que "sucede constantemente cuando hay una pandemia o hecho similar", pero que se convierte en inaudito en suelo español por lo insólito de este tipo de acontecimientos. "Se conoce como la segunda gran onda de una pandemia: todos los que se quedan en casa por miedo, no acuden al hospital", comenta el médico. El problema va de los accidentes cerebrovasculares, continúa, hasta otros más básicos como diabetes o hipertensión. En añadido, "cualquier enfermedad crónica que no haya tenido un seguimiento" podrá experimentar consecuencias.

El impacto "ya se está pudiendo ver" y es que "el perfil de los pacientes en urgencias es el de una persona que se ha descompensado y viene muy mal". Como resultado, el tratamiento "es más complicado y las secuelas son peores". En ese camino, el paciente que ha podido experimentar un mayor deterioro "entra en una fase más grave, requiere de más cuidados y más intervención".

Comparte diagnóstico Daniel Bernabeu, médico del Hospital La Paz y miembro de la Asociación de Médicos y Titulares Superiores de Madrid (Amyts). "Aunque medir el impacto es complicado, para el paciente que viene con retraso los remedios y las cirugías son más complejas". Eso, añade, repercute en la morbilidad, es decir, al aumento previsible de los tiempos de ingreso en aquellos supuestos más grave.

Bernabeu recuerda que, por otro lado, "es de suponer que tipos de diagnósticos tempranos habrán descendido", dado que "todos los meses hay diagnósticos nuevos". Y aunque "el uso de urgencias muchas veces" estaba copado por "asuntos banales o problemas derivados de una atención primaria incapaz de absorber todas las consultas", lo cierto es que "la gente ha aguantado en casa y ahora empieza a acudir en una situación muy deteriorada".

También apunta a la atención primaria Del Águila: "Si tu atención primaria se mantiene fuerte y activa esto no sucede", pero en una situación de pandemia, y teniendo en cuenta que "la atención primaria ya suele estar justa de personal", el problema se hace incontrolable. "Ahora existe una carga de trabajo añadida para determinar qué está pasando con estos pacientes", completa el profesional.

Vázquez Lima, por su parte, lanza otro mensaje relacionado con los médicos de urgencias: "Las plantillas tienen que ser estructuradas, estables y homogéneas". También cree fundamental crear una "especialidad de medicina de urgencias", una demanda que los profesionales llevan sosteniendo "desde hace veinte años".

Un estudio elaborado entre el SEM y el Hospital Clínic de Barcelona, El cuidado de los accidentes cerebrovasculares agudos está en riesgo en la era de covid-19, toma nota de la experiencia y traslada un mensaje a futuro: "En previsión del descenso de la atención a los accidentes cerebrovasculares agudos en futuras crisis, es aconsejable activar pronto los medios de comunicación para recordar a la población la importancia de actuar rápidamente".

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