Los documentos secretos del 23-F, que el Gobierno acaba de desclasificar, evidencian el atronador ruido de sables en las Fuerzas Armadas. Antes y después de la intentona golpista. El 25 de febrero de 1982, justo un año después de la asonada y en plena celebración del juicio por la misma, el coronel José Faura remitió una misiva a los servicios secretos –entonces liderados por Emilio Alonso Manglano– en la que advertía de que el ambiente en los cuarteles se estaba "enrareciendo" y que había que hacer algo para "disiparlo". "Las reuniones masivas son siempre malas, porque es la ocasión de los timoratos. Pero, en milicia lo más eficaz es la línea de mando", arrancaba el escrito, que culminaba: "Lo más peligroso y urgente es el Ejército de Tierra".
Aquella misiva recomendaba a "Emilio", probablemente el jefe de los espías del CESID –ahora CNI– Emilio Alonso Manglano, "dos tipos de acciones" para disipar o, "al menos", contener ese "ambiente enrarecido". En primer lugar, se recomendaban "reuniones sucesivas de los distintos niveles de mando" para ir dando una serie de "instrucciones". "Estos mismos criterios, u otros parecidos, serían transmitidos por la cadena de mando hasta llegar a la unidad, compañía o similar, cuidando que nadie pueda manifestarse a favor de los procesados, entre otras cosas porque se prejuzgaría la actitud del tribunal, que es quien tiene que decidir", recomendaba Faura.
En este sentido, ponía sobre la mesa un conjunto de ideas a trasladar en esos encuentros a través de la cadena de mando. Por ejemplo, que había que ser "respetuosos" con la "justicia" y "aceptar su veredicto"; que la actitud de los procesados era "respetable" siempre que se mantuviera "dentro de la ética y el honor militar"; que no había que dejarse embaucar por "sectores sociales" que intentan manipular a las Fuerzas Armadas "con propósitos no confesables"; que todo el mundo les estaba mirando y debían demostrar ser "un ejército serio"; o que la "disciplina" debía ser "norma prioritaria" en esos momentos, "exigiendo de los inferiores un comportamiento digno, evitando las murmuraciones y cortando de raíz los bulos y rumores". En resumen: "Insistirse mucho en el tema de la disciplina, la manipulación y la imagen que estamos proyectando al mundo entero".
Como segunda opción, Faura planteaba una "acción" algo más "delicada". "Se trata de buscar a las personas de más prestigio de cada centro o unidad y reunirlas para que, bien el presidente Calvo Sotelo, bien el ministro, les explique personalmente la actitud del Gobierno, la trascendencia nacional e internacional del proceso y lo que esperan y desean de las Fuerzas Armadas", deslizaba. Proponía hacerlo en un "clima distendido" para que todos pudieran exponer su punto de vista. Y ponía sobre la mesa algunos nombres. "Sería una buena ocasión para que el Gobierno conociera de primera mano lo que piensan en las FAS –Fuerzas Armadas– y que, a su vez, los militares supieran lo que quiere el Gobierno", señalaba.
Y concluía con una advertencia: "Como es natural, tendrían que asistir gente de Marina y Aire. Pero lo más peligroso y urgente es el Ejército de Tierra". Ocho meses después de aquella misiva, se desarticuló una nueva conspiración golpista prevista para la víspera de las elecciones generales del 28 de octubre de 1982. Entre los detenidos, el coronel Jesús Crespo Cuspinera, su hermano José Enrique –entonces teniente coronel– y el coronel Luis Muñoz.
Las corrientes golpistas y el desprecio a la Policía
Del ruido de sables también advirtió en su momento la Brigada Provincial de Información de Valladolid de la Policía Nacional. En una nota informativa posterior al 23-F se advertía de la formación de tres corrientes pro-golpistas que "ante el objetivo común" que se proponían podrían en un momento dado "buscar la unión". Por un lado, mencionaba a Los Inestrillos, con la sociedad militar La Hípica como lugar de reunión: "Su comportamiento es ostensible y sin recato. Son partidarios de la acción dura y violenta". Por otro, la Corriente Almendros, integrada por "la facción intelectual del Ejército". Y en último lugar, la Corriente Opus-Dei.
La nota, tras esto, hacía una valoración de riesgos en la provincia. Decía que en Valladolid, al menos a "nivel organizativo" dichas tendencias no estaban "claramente diferenciadas". Ahora bien, sostenía, "con escaso margen de error", que al menos media decena de militares pretendían "llegar rápidamente a un cambio de signo fascista", otros siete buscaban un "golpe de Coroneles" y otros cuatro pretendían, con presiones a las altas instancias del Estado y a los partidos, un "Gobierno de Gestión" integrado por "militares y tecnócratas".
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Los documentos desclasificados también muestran la repercusión que el intento del golpe de Estado del 23-F tuvo en la Policía Nacional. Y ponen de relieve el desprecio de los militares hacia el citado cuerpo. Así consta, por ejemplo, en un informe de situación "reservado-confidencial" con fecha 12 de noviembre de 1981. Aquel documento señalaba, en primer lugar, que era "evidente" el "renacimiento del clima" que había motivado la asonada protagonizada por Tejero. Y resaltaba que la "situación profesional" de aquellos que mantuvieron en su momento una posición democrática empezaba a ser "insostenible": "No solamente las campañas de prensa en órganos de la ultraderecha, sino los comentarios en Salas de Banderas, clubs o centros de reunión y en los centros donde se celebran cursos".
En este sentido, el informe del Ministerio del Interior relataba que a los miembros del Ejército destinados en la Policía Nacional se les estaba haciendo "el vacío", se les estaba reprochando la actuación de estas Fuerzas en el 23-F o la Transición o se les estaba acusando de "pertenecer o simpatizar" con la Unión Militar Democrática. "Un detalle revelador de esta disociación lo refleja el hecho de que la última celebración de la festividad de la Policía solamente asistiera por el Ejército de Tierra un General de Intendencia", apunta. Una situación que contrastaba, continuaba, con "los constantes halagos" hacia la Guardia Civil que se realizan en los cuarteles, "con asistencia masiva a sus actos".
"Todas estas circunstancias hacen que la situación sea difícil y creemos conveniente una profunda meditación sobre el tema, porque puede conducir a una desmoralización de este personal que se siente acosado y con complejo de culpabilidad por haber actuado en los días 23-F y 24-F con absoluta lealtad al rey, a la Constitución y, en definitiva, al pueblo español. Quizá la finalidad última de esta campaña sea la de minar la moral del Cuerpo de Policía Nacional, que en un análisis ponderado de lo acaecido fue el dique que se opuso con mayor efectividad al logro de los designios de los golpistas", concluye.
Los documentos secretos del 23-F, que el Gobierno acaba de desclasificar, evidencian el atronador ruido de sables en las Fuerzas Armadas. Antes y después de la intentona golpista. El 25 de febrero de 1982, justo un año después de la asonada y en plena celebración del juicio por la misma, el coronel José Faura remitió una misiva a los servicios secretos –entonces liderados por Emilio Alonso Manglano– en la que advertía de que el ambiente en los cuarteles se estaba "enrareciendo" y que había que hacer algo para "disiparlo". "Las reuniones masivas son siempre malas, porque es la ocasión de los timoratos. Pero, en milicia lo más eficaz es la línea de mando", arrancaba el escrito, que culminaba: "Lo más peligroso y urgente es el Ejército de Tierra".