40º Congreso del PSOE

Sánchez consuma la unidad del PSOE tras casi una década de tensiones internas

Pedro Sánchez junto a su mujer Begoña Gomez y Adriana Lastra este domingo durante el Congreso del PSOE.

Suena a todo trapo y en bucle el tema We’re Not Gonna Take It. Un presentador nombra, uno a uno, a los 42 miembros de la nueva Ejecutiva Federal del PSOE. Los 9.500 presentes les aclaman y un enorme cubo de pantallas LED que cuelga del techo del pabellón reproduce en directo el paseíllo triunfal. Es un camino repleto de besos, palmadas en la espalda, choques de manos abiertas y abrazos de los de apretar muy fuerte. Y ese camino desemboca siempre en el mismo lugar: el agradecimiento personal al secretario general del partido, al que todos también saludan, abrazan o besan. Una fiesta sin matices. “Yo jamás había visto esto”, resume un veterano cargo público que lleva muchas décadas asistiendo a congresos internos.

En ese desfile de la nueva dirección, propio de las grandes noches de la NBA, hay representantes de todas las delegaciones territoriales sin excepción. Y hay sanchistas de pura cepa, claro, aunque no tantos como antes. Porque ahora han dejado paso a exsusanistas, a felipistas de toda la vida, a gente que se alejó de Pedro Sánchez cuando más solo estaba e incluso a algún que otro antisanchista declarado. Pero el tiempo de esas etiquetas pasó. Porque el 40º Congreso federal de los socialistas ha servido antes que nada para que, siete años después de que Sánchez accediera por primera vez a la Secretaría General, todo el PSOE se vuelva, al fin, pedrista.pedrista

"Hemos ganado todos"

“Este es el Congreso de la fraternidad”, afirmó el presidente de la Generalitat Valenciana y anfitrión, Ximo Puig, al arranque del gran acto de clausura. “Hasta ahora, en los congresos, unos salían felices y otros no. Este ha sido distinto, en este hemos ganado todos. Y lo has conseguido tú, Pedro”, dijo Puig antes de confirmar que la nueva Ejecutiva del partido había logrado un abrumador respaldo de casi el 95% de los votos.

Sánchez había entrado un poco antes al pabellón de la Feria de Valencia también aclamado y con un partido, esta vez sí, rendido a su liderazgo. De eso iba el Congreso, para eso fue diseñado y eso es lo que parece haberse logrado. El balance, coinciden todos en Ferraz, no puede ser otro que el de un gran éxito del propio Pedro Sánchez. Fue decisión suya afrontar el proceso de pacificación definitiva del PSOE tras una década de turbulencias. Y en ese sentido han ido encaminadas sus principales decisiones estratégicas y políticas de los últimos meses en los que, por ejemplo, llevó a cabo una amplísima remodelación del Gobierno y de su equipo más cercano para estrechar el vínculo entre Moncloa y Ferraz.

La tarea no era sencilla. Porque para coser al Partido Socialista había que ir incluso más allá de restañar las profundas heridas abiertas durante los mandatos del propio Sánchez. En apenas un mes se cumplirán diez años de las elecciones generales que perdió Alfredo Pérez Rubalcaba y que dieron paso a la etapa post Zapatero, profundamente convulsa. El propio Rubalcaba y una Carmen Chacón apoyada por Susana Díaz se batieron en duelo en Sevilla en 2012 y el resultado ya dibujó a un PSOE partido en dos: Rubalcaba se impuso por tan solo 22 votos.

Una década de turbulencias

Esa fractura se cerró en falso con el siguiente duelo orgánico protagonizado por Pedro Sánchez y Eduardo Madina en 2014. En julio de ese año, infoLibre publicaba que Sánchez ganaba “de forma rotunda gracias al apoyo masivo de Andalucía”. Es decir, de Susana Díaz. Pero aquello también se truncó. Tras muchos meses de guerra soterrada, la secretaria general andaluza bajó el pulgar en 2016 y dictó sentencia para el que fuese su candidato a las primarias. Ferraz entonces saltó por aires y el secretario general fue cesado en una batalla sin cuartel que terminó por partir al PSOE en dos y con una gestora al frente de la sala de mandos facilitando la investidura de Mariano Rajoy. "Nos hablaron de sorpasso y de pasokización, pero aquí seguimos", rememoró el presidente este domingo durante su intervención.

Pero Sánchez volvió en 2017 después de su expulsión de Ferraz y esa vez la batalla fue a cara de perro con Susana Díaz. Él la ganó otra vez. Y fue capaz de llegar a la Moncloa antes incuso que de conseguir gobernar hasta el último resquicio de su propio partido. Tras la última batalla de Susana Díaz por conservar Andalucía (que ella otra vez perdió), el 40º Congreso Federal del PSOE sí ha sido, por fin, el del paseo triunfal de Pedro Sánchez en su propia casa.

Ahora, tras la salida de un elemento ajeno a su partido (y que tantos recelos generaba en él) como Iván Redondo, el presidente y secretario general se rodea de socialismo pata negra sin mirar antecedentes. Está flanqueado en la Moncloa por un hombre de Ferraz como Óscar López, acompañado en la Ejecutiva por parte de su guardia pretoriana, como Santos Cerdán o Adriana Lastra, pero también por un barón tan crítico como el extremeño Guillermo Fernández Vara. El presidente del Gobierno ha querido escenificar en Valencia y delante de toda su militancia que hace suyo el legado socialista y que quiere ser partícipe de esa tradición encarnada por los los expresidentes José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González, de la que a veces se excluyó y otras muchas veces le excluyeron.

Durante su intervención en el acto de clausura, acudió a ellos en repetidas ocasiones para reivindicarles. Pero lo más importante ocurrió el sábado. Sánchez consiguió la foto de familia más buscada: él en el centro, a un lado Zapatero y, al otro, González. No es que fuese especialmente afectivo en su discurso el primer presidente socialista tras la dictadura. Pero eso, quizás, era lo de menos. Solo prometió “no interferir” y hablar cuando se lo pidan. “Felipe es así y lo importante es que estuviera”, decía un alto cargo socialista. El caso es que Felipe González, crítico con Sánchez hasta el punto de asegurar “no sentirse representado”, no solo estuvo sino que lo abrazó o, cuanto menos, se dejó abrazar. Y ese abrazo, interpretan en el PSOE, cierra todas las heridas y sella, casi diez años después, la paz. Suena We’re Not Gonna Take It, pero el PSOE ya baila al son de Pedro Sánchez.

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