Aniversario 11M

Vidas cruzadas en las vías del 11M

Un hombre enciende una vela en una de las estaciones.

Este sábado se cumplen trece años de los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004. A pesar del paso del tiempo, el dolor enquistado en los cuerpos y mentes de los 1.758 heridos, con nombres y apellidos, y de los familiares de las 192 personas cuya vida fue arrebatada en cuatro trenes de la red de Cercanías aquella mañana permanece intacto. No es fácil olvidarse del que hasta ahora ha sido el segundo ataque terrorista más salvaje de Europa. Por eso, con el objetivo de recordar a todas estas personas, la capital acogerá este sábado diferentes actos organizados por las asociaciones de víctimas.

Víctimas como Carmen, cuya vida no ha avanzado desde que aquel día perdió a su hijo Juan Carlos. O Florentina, que se encontraba esa mañana en uno de los trenes y que actualmente vive paralizada por las secuelas físicas y psíquicas que arrastra desde entonces. O Vanesa, que ha conseguido con el paso de los años superar el estrés postraumático y ahora trata de pasar página. Tres vidas entrecruzadas en las vías aquel trágico 11 de marzo de 2004 que tratan de avanzar a diferentes ritmos. Con motivo del 13º aniversario de los brutales atentados, infoLibre recoge sus historias.

"La unión e ilusión han desaparecido"

 

Carmen Aguado descuelga el teléfono. La asociación la contactó para preguntarle si estaba dispuesta a charlar con este diario. Ella accedió. Sin embargo, antes de comenzar quiere saber si durante la conversación tendrá que rememorar aquel terrible día. Deja claro antes de pasar a las preguntas que no está dispuesta a pasar por eso. Es lógico. Su hijo, Juan Carlos Del Amo Aguado, fue uno de los asesinados en el atentado de la calle Téllez. Tenía 28 años, era doctor en Química y estaba trabajando en un proyecto de investigación para la petrolera Repsol en la Universidad Complutense de Madrid.

Desde ese día, la vida de su madre, su padre y su hermana se rompió en mil pedazos. "Ya no soy la misma. Ni en sentimientos, ni en forma de ser. En mi casa, todo ha cambiado. La unión, la ilusión y todo lo que había ha desaparecido", señala con la voz quebrada. Tras la tragedia, Carmen se vio obligada, al igual que su marido Carlos, a dejar el trabajo. Su hija Irene, cuenta, "formó una coraza" que aún no ha roto. "Se dice que hay que seguir adelante. Pero, ¿hay que seguir para qué?", apunta con tristeza. Con 65 años, asegura que es creyente, pero aún no se explica por qué dios permitió que truncaran así la vida de su hijo, "una criatura noble de espíritu, buena y brillante".

No se olvida de la politización de los atentados: "Fue algo bochornoso ver cómo unos y otros se echaban la culpa. Fue muy grave". Tampoco puede borrar de su mente a "algunas personas que salían riéndose" del Congreso mientras ellos protestaban a las puertas: "Aumentaba mi odio, impotencia y rabia". Ahora, relata, no va a permitir que se la siga utilizando con fines políticos. Y pone un ejemplo: "El Ayuntamiento de Coslada, socialista, me ha llamado para acudir el día 11 a un monumento que han puesto ridículo, que lo tienen todo el año abandonado. ¿A qué voy a acudir? ¿A salir con ellos en la foto? No, eso se ha acabado", asevera.

Sin embargo, "siempre" se han sentido "muy bien atendidos” por parte del Gobierno. "Cuando hemos solicitado ayuda a través del Ministerio del Interior, nos la han prestado de todo corazón y nos han puesto todo a favor. No tenemos queja", asegura. Pero, además, recuerda con especial cariño el trato que se les dio desde la Universidad Complutense de Madrid, en la que se había formado Juan Carlos. "Estamos muy agradecidos. No nos han soltado la mano hasta hace bien poco", relata Carmen. Trece años después –aunque para ella el tiempo se paró aquel 11 de marzo–, señala que ya no están tan “arropados” como antes. A pesar de esto, añade, no cree que aquella tragedia se le llegue a olvidar a la sociedad española. "A muchas personas, jamás", culmina.

"Si intento dejar el tratamiento, afloran las crisis de ansiedad"

 

Florentina Andrei llegó a España procedente de su Rumanía natal en octubre de 2001. Tres años después, su vida pegó un frenazo en seco en el tren de la calle Téllez. Tenía 36 años y, como la gran mayoría de víctimas, se dirigía a su trabajo en compañía de una amiga. "Era empleada de hogar", cuenta a través del hilo telefónico. Una ocupación que se vio obligada a dejar después del atentado. Las secuelas físicas –un tímpano destrozado– y psíquicas la obligaron a vivir entre medicación y citas con especialistas. Hoy trabaja en la empresa de reciclaje que lleva junto a su marido en Coslada (Madrid).

Sin embargo, cuenta, el tratamiento médico sigue estando presente en su vida. "Si intento dejarlo, afloran las crisis de ansiedad", señala. Florentina explica que, aunque hayan pasado trece años de aquello, el miedo a coger el coche, subirse a un tren o montarse en un avión sigue sin desaparecer. Lo vivido en aquel tren el 11 de marzo de 2004 se ha quedado grabado a fuego en su interior. Y el pánico, dice, vuelve a florecer con cualquier atentado terrorista que ve en televisión: "Cada vez que se produce algo similar, vuelves a revivir todo aquello".

Florentina cree que las víctimas han terminado cayendo en el olvido: "La gente se acuerda de nosotros ahora que ha pasado un año más". No se cansa de agradecer a la asociación a la que pertenece, 11M Afectados del Terrorismo, el apoyo que le han brindado durante todos estos años. Y no se olvida, añade, de los "casi ocho años" que tardaron las instituciones en concederle la nacionalidad española, algo que le correspondía, según se acordó en Consejo de Ministros, como víctima. "El día del atentado, no tenía papeles. Todavía recuerdo el miedo cuando apareció la policía", rememora.

Ahora, con su situación regularizada, sigue dando "gracias a dios cada noche" por la suerte que tuvo el 11 de marzo de 2004 en el tren de la calle Téllez. Con 49 años, y aunque las secuelas psíquicas y físicas no se lo están poniendo nada fácil, Florentina trata de disfrutar día a día. Sobre todo junto a su hijo, que nació en 2005: "Fue un milagro. Una recompensa por todo el sufrimiento que llegó un año después de los atentados", apunta alegremente. Una sonrisa que se le borra en cuanto se le pregunta por la puesta en libertad de algunos de los condenados por el 11M: "No hay palabras para describir lo que me produce".

"El odio hacia el islam se ha incrementado"

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Vanesa Cabañas tenía 24 años el 11 de marzo. Como cada mañana, agarró la mochila repleta de libros y salió de su casa en Torrejón camino de la Universidad Politécnica, donde estudiaba Ingeniería Aeronáutica. Aquel día iba en el tren que explotó en la estación de Santa Eugenia. Aunque el atentado no le produjo lesiones físicas, sí que le generó un estrés postraumático que le impedía concentrarse. "Leer un documento en el trabajo me suponía mucho esfuerzo", cuenta. Algo que, a día de hoy, ha conseguido superar. Con 37 años, trabaja actualmente en el campo laboral para el que se había formado.

En estos años, su vida ha dado un "cambio grande". Tanto a nivel personal como emocional. "He aprendido a apreciar más la vida, a no desperdiciar oportunidades…", cuenta. Preguntada por el tratamiento que ha recibido por parte de las instituciones, Vanesa asegura que ha estado "bien atendida en todo momento", sin importar el color político del Ejecutivo de turno. "En mi caso, he tenido una atención psicológica subvencionada y desde la sección del Gobierno que se encarga de nuestros casos siempre me han atendido muy bien", dice. Sin embargo, añade, le constan casos de "gente que ha tenido secuelas con el paso del tiempo y no se las han reconocido".

Sin embargo, carga contra el uso político que se ha hecho durante estos años de las víctimas. Dice sentirse como "un arma arrojadiza". "Cuando les viene bien nos sacan y cuando no, nos esconden", critica. Recuerda las mentiras de un Ejecutivo a las puertas de una cita electoral. "Yo, como testigo del atentado, tenía la intuición de que ETA no había sido. De que nos estaban mintiendo para intentar tapar lo que había sucedido", afirma a través del teléfono. Pero, añade, "las mentiras tienen las patas muy cortas". Como tampoco entiende la politización que se hace de los homenajes anuales, "con los partidos yendo a actos diferentes dependiendo de la asociación".

Trece años después del atentado, no se siente tan arropada como al principio y considera que la sociedad española se ha ido olvidando poco a poco de lo que pasó aquel 11 de marzo, aunque añade que "la herida no se ha cerrado del todo". Tampoco cree que hayamos aprendido nada de aquel día en lo referente al odio religioso: "Me atrevería a decir que se ha incrementado el odio hacia el Islam y hacia las personas que viven en esos países, aunque no tengan ninguna culpa y sea gente normal como tú y como yo". Y respecto a la puesta en libertad de algunos de los condenados, tiene clara la respuesta: "Me gustaría que se hubieran pasado la vida entera en la cárcel".

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