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Los bancos, poder en la sombra

Los bancos, poder en la sombra

Mariano Guindal

Si no hubiese bancos no tendríamos el crédito necesario para poder casarnos, comprar el piso, cambiar de coche, hacer el viaje de nuestra vida o empezar nuestro propio negocio. Ni familiares, ni amigos, ni compañeros... Los únicos que están dispuestos a prestarnos el dinero para hacer realidad nuestros sueños son los odiados banqueros, sin ellos no hay paraíso. Pero… no hay nada gratis, lo que se pide hay que devolverlo y  con intereses. Esas son las reglas del juego.

En realidad los banqueros nunca prestan su dinero, sino el de los depositantes que se lo han dejado para que se lo guarden. Lo único que aportan “los señores del dinero” es la confianza de que van a devolver todo en el momento en el que les sea requerido. Simplemente, canalizan el ahorro hacia el crédito. Es lo que pomposamente se ha dado  en llamar  el “flujo monetario”, que viene a ser para la economía lo mismo que el riego sanguíneo para el cuerpo. Y tal como sucede con los seres vivos, cuando este proceso se interrumpe, simplemente te mueres.

Los gobiernos, da lo mismo la ideología que tengan, lo saben y por esta razón miman a los bancos. Si como en la película de Robert Stevenson Mary Poppins algún banquero se atreviese a no devolver un solo penique, la confianza saltaría por los aires, se produciría el pánico entre la gente temerosa de no poder recuperar su dinero (un corralito) y provocaría lo que se denomina una “corrida bancaria” que llevaría el país a la quiebra. Por esa razón, entre el poder económico y el poder político siempre ha existido una connivencia difícil de explicar en cualquier otro sector. La mano izquierda lava la derecha y viceversa. En realidad entre ellos se odian, porque los dos quieren mandar. Una relación similar a la del cojo con sus muletas: las desprecia, pero las necesita.

"Rajoy ha salvado el culo a los banqueros"

Como me comentaba un destacado ministro, que lógicamente ha pedido el anonimato, “Mariano Rajoy ha salvado el culo a los banqueros, pero se lo ha dejado escocido”. La frase puede parecer grosera, pero es muy descriptiva de lo que ha pasado. Probablemente con otro Gobierno habría pasado algo similar. Incluso el general Franco no mandó nunca sobre la banca. Ambos se utilizaron mutuamente. 

Quien mejor me explicó estas relaciones fue José María Aguirre Gonzalo, el hombre de Banesto y Agroman, que durante los años ochenta fue el auténtico patriarca de las finanzas en la España de la Transición. El día después del golpe de Estado del 23-F de 1981, protagonizado por el teniente coronel Antonio Tejero, me lo encontré “por casualidad” saliendo del Banco de España. Aproveché la ocasión para preguntarle:

-¿Qué hizo usted anoche?

-Me fui a dormir temprano, -me respondió con enorme frialdad-. Sabía que me tendría que levantar pronto. Ganase quien ganase, lo primero que iban a hacer sería llamarme.

-¿Le daba lo igual que ganase la dictadura o la democracia?

-Mire usted, los banqueros gestionamos un servicio público y con democracia o con dictadura tenemos la obligación de garantizar el ahorro que nuestros clientes nos han confiado.

Dirigentes responsables

Como me comentó José María Aznar hace ya 20 años, “la derecha económica no existe”. “Cuando ganaron los socialistas”, añadió, “se pusieron al servicio del Gobierno de Felipe González”. Siempre ha sido así: “Los señores del dinero han priorizado sus intereses económicos sobre los políticos. A los banqueros les da lo mismo que gobierne el PP o el PSOE, siempre que les garanticen su negocio y para eso hay que asegurar la estabilidad”. Dicha lógica es la que se aplica de cara a las próximas elecciones del 20 de diciembre y la que ha presidido las relaciones del sector financiero con el Gobierno de Mariano Rajoy en estos últimos cuatro años.

Una situación que no es muy distinta a la que existió con el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero cuando, en plena tormenta financiera, declaró que España tenía “la mejor banca del mundo”. Unos años después fue necesario aprobar ayudas públicas por cerca de 200.000 millones de euros, incluyendo avales, créditos, rescates y un largo etcétera.

Dicho de otro modo, ambas partes necesitan que el sistema crediticio funcione: unos para mantenerse en el poder y los otros para seguir ganando dinero. Así se puso de manifiesto en 2007 con la crisis de las hipotecas basura o subprime de Estados Unidos, que tan rápidamente se extendió a Europa como si se tratase de un virus contagioso.

Las consecuencias de la crisis que todos negaban

En España lo que ocurrió fue, simple y llanamente, que los banqueros hicieron mal su trabajo. “La diferencia fundamental”, como me comenta Aristóbulo de Juan, el  hombre que mejor conoce nuestro sistema crediticio, “es que mientras en Europa se identificaron rápidamente los fallos y los quebrantos, en España se ocultaron”. Zapatero negó la crisis hasta el final, lo mismo hizo el entonces gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordoñez, y lo que fue más grave aún: bancos y cajas siguieron el ejemplo.

Las consecuencias fueron terribles. España no pudo aprovechar las ayudas que aprobó aquellos días la Unión Europea para reflotar las entidades dañadas en otros países y tampoco se puso remedio a la situación. Por el contrario, entre unos y otros optaron por continuar hablando de “brotes verdes” y de las excelencias de tener “el sistema financiero más sólido del mundo”. Una irresponsabilidad más “a las que nos tienen acostumbradas nuestros dirigentes”, como le gusta decir al economista y consultor César Molinas en su teoría de las clases extractivas españolas, que “obtienen mucho más que lo que aportan a la colectividad”.

A finales de diciembre de 2011 Mariano Rajoy ocupó la presidencia del Gobierno con mayoría absoluta. En lugar de poner negro sobre blanco la situación y exigir responsabilidades por la mala gestión realizada, optó “por ayudar a la banca a encubrir sus vergüenzas, con una supervisión tolerante, disfrazando los 200.000 millones que les concedió en todo tipo de ayudas. Pero, además, utilizó todo tipo de artilugios, como el “banco malo” (Sareb), que se quedó con los créditos hipotecarios de difícil cobro”, comenta Aristóbulo de Juan, autor del libro Anatomía de una crisis.

En opinión del catedrático y director de departamento en la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres (London School of Economics), Luis Garicano, “el error cometido por el Gobierno del PP al no solicitar ayuda al BCE en los primeros primeros meses de su mandato fue lo que provocó el rescate financiero poco tiempo después. Y Rajoy no aprovechó la oportunidad que se le brindaba por razones electorales. El 3 de mayo de 2012 se celebraban elecciones en Andalucía y Cristóbal Montoro quería ganarlas. Por eso no podía aparecer ante un electorado muy castigado por la crisis como el salvador de los banqueros”. Tal como explica el cerebro económico de Ciudadanos, “aquella decisión, junto a la de retrasar la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado y las duras medidas que había que acometer fueron una grave irresponsabilidad”.

Europa no se fiaba de las cuentas de España

Ahora, en los pasillos del Ministerio de Economía se atreven a reconocer que todo aquello fue un cambalache. La connivencia entre regulado-regulador-auditores-inspectores era total. ¡Un auténtico cachondeo! Hasta el extremo que quien más defendía al presidente de Bankia, Rodrigo Rato, era el propio gobernador del Banco de España.

Y así fueron las cosas. En enero de 2012, apenas un mes después de haber llegado Mariano Rajoy a La Moncloa, el entonces presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, comunicó al mandatario español que ni el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso; ni el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi; se fiaban ni un pelo de las cuentas que les había presentado la vicepresidenta socialista Elena Salgado.

-Señor presidente, los presidentes de la Comisión y del BCE creen necesaria una evaluación de la situación de la banca española.

-Bueno, esa evaluación ya la han realizado los inspectores del Banco de España, le respondió Rajoy. Si aceptásemos lo que nos piden, pondríamos en cuestión a nuestro supervisor, hundiríamos nuestra reputación internacional y se dispararía la prima de riesgo.  

-Señor presidente, lo que tendría un impacto terriblemente negativo es no hacerlo. El problema que sufre el sistema financiero español es una tremenda falta de credibilidad.

A regañadientes, Rajoy tuvo que aceptar que el sistema financiero español no había dicho la verdad. El problema era que si aceptaba públicamente que la mayor parte de cajas de ahorros estaban quebradas, sus gestores tendrían que ir a la cárcel.

Las cosas se habían precipitado como consecuencia de la quiebra de Lehman Brothers, aunque la epidemia se había gestado antes. Los banqueros y los cajeros se habían aprovechado del dinero fácil y barato que había en el mercado para dar créditos hipotecarios a diestro y siniestro. Aquel flujo de dinero barato provocó una burbuja inmobiliaria. Las viviendas superaron el 40% de su valor objetivo, como denunció el anterior gobernador del Banco de España, Jaime Caruana.

El ahorro como especulación

Tal situación suponía que las entidades de crédito habían superado las llamadas “normas prudenciales”. Vivían peligrosamente. El ahorro en lugar de canalizarse hacia la economía real se dirigía hacia la especulación. Buena parte de la gente que entonces compraba pisos no pretendía vivir en ellos, sino revenderlos mucho más caros. Aquella espiral de codicia se estaba produciendo con el Banco de España, el supervisor, mirando hacia otro lado.

Todos incurrieron en malas prácticas. Sin embargo, eran los cajeros quienes ganaban la carrera hacia el precipicio. Daban créditos a quienes sabían que no podrían pagarlos, amparados en que el precio de la vivienda subía a una media del 20% anual, y como el piso se ponía como garantía del dinero prestado… quedaba cubierto de sobra el riesgo asumido por la entidad que prestaba la pasta. Todos cada vez más ricos.

El problema surgió cuando el precio de la vivienda empezó a caer… Nada menos que un 25%. Y los compradores empezaron a devolver al banco las llaves de las viviendas que no podían pagar, acogiéndose a la dación en pago. Pero los banqueros querían el piso y reclamaban lo que faltaba por pagar de la hipoteca. Como me comentó en privado el presidente de la Bolsa, Antonio Zoido, tomando un café en su despacho, “el sistema había convertido a los jóvenes en una especie de siervos de la gleba”, dado que tenían que pagar un piso que habían devuelto. Se había producido el mayor trasvase de rentas registrado en la historia económica de España, aunque en lugar de haber sido de ricos a pobres había resultado de éstos a las inmobiliarias.

Lógicamente, buena parte de la población no estuvo de acuerdo. Se produjo así una rebelión social contra los banqueros y sus abusos. Si bien, los responsables de tal situación habían sido los políticos, que en connivencia con los sindicatos, habían “saqueado” las cajas, que entonces representaban más del 50% del sistema financiero español. Como jocosamente comentó Pedro Solbes, que había sido vicepresidente económico de Zapatero, “cuando estalla una burbuja lo mejor es buscar un lugar para ponerse a cubierto”, que es exactamente lo que habían hecho. El caso es que cuando llegó Rajoy a La Moncloa, la tasa de morosidad, que se elevaba en 2007 al 4%, había llegado al 7% encendiendo las luces rojas de emergencia. Pero dos años después alcanzó el 14%. Los beneficios de bancos y cajas, que en 2007 habían alcanzado los 30.077 millones, en 2011 se habían reducido a 8.675 millones. El culpable de la caída de beneficios tenía nombre y apellidos: Luis de Guindos.

284.000 millones de euros para salvar los bancos

Forzado por Europa, en el mes de febrero de 2012 obligó a los banqueros a destinar 50.000 millones a provisionar los créditos morosos. Dicho de otra manera, ingentes cantidades de dinero que se estaban destinando a repartir dividendos entre los accionistas había que dedicarlos a tapar los agujeros creados por quienes no podían pagar sus deudas. Se estima que desde 2008 hasta ahora, la banca ha destinado 284.000 millones a tapar las goteras de sus cuentas de resultados, han tenido que cerrar 14.000 oficinas y han despedido a decenas de miles de trabajadores. Estaban obligados a dar un drástico recorte de sus gastos para hacer frente a los créditos que habían dejado de pagarse y se elevaban a más de 200.000 millones.

Buena parte de aquel dinero lo trajeron de los beneficios que estaban obteniendo en Latinoamérica. Pero la situación no acababa de resolverse. Guindos se convirtió en el peligro número uno. Unos meses después, en mayo, el ministro les obligó a provisionar 26.000 millones más.

Sin duda les había salvado el culo. Había evitado la quiebra del sistema financiero. Se había barrido de la escena a las cajas, que se habían hecho con más de la mitad del negocio financiero español. Es decir, le había quitado de encima a un molesto y peligroso competidor, pero les había dejado escocidos.

Los señores del dinero habían visto reducir drásticamente el valor de sus acciones, pero además, se habían quedado sin el reparto de dividendos. Por si eso resultaba poco, les había obligado a solventar las pérdidas trayendo las ganancias que estaban consiguiendo fuera. Para evitar las presiones que recibía para destituir a su ministro de Economía, o al menos para que le parase los pies, Mariano Rajoy decidió no volver a ponerse al teléfono. Dejó de atender las llamadas de banqueros, periodistas y otros intermediarios.

A pesar de todos sus esfuerzos, el Gobierno no pudo evitar que bancos y cajas se sometiesen a la humillación de verse auditados por las consultoras internacionales Oliver Whyman y Roland Berger, a quienes se les encargó realizar una valoración de los balances del sistema financiero español, dado que la que había realizado el Banco de España no resultaba creíble para los inversores internacionales. Cuando se conocieron las cuentas de verdad de los bancos españoles, la canciller alemana, Angela Merkel, suspiró aliviada. Al menos conocía la situación real. Los gobiernos españoles le habían estado engañando, y así lo puso de manifiesto en una reunión confidencial celebrada en Berlín el 13 de junio de 2012. “Durante los cinco últimos años les había dicho que los datos que me estaban dando de los bancos españoles no podían estar en lo cierto, tras 10 años de burbuja inmobiliaria resultaba imposible tener los bancos más saneados del mundo”.

Pero si los españoles mentían sobre la situación de los bancos también lo estarían haciendo sobre las finanzas públicas. La credibilidad española, por tanto, había quedado por los suelos.

Un mes antes, el 8 de mayo, a Guindos no le había quedado más remedio que citar a su antiguo jefe, Rodrigo Rato, en su despacho oficial en Castellana. Fue un encuentro duro y tenso. El presidente de Bankia permaneció de pie en el que había sido su despacho ante el ministro que unos años antes había sido su subordinado. No quedaba más remedio que nacionalizar Bankia y sustituir a Rato por José Ignacio Goirigolzarri. Era la mayor humillación a la que entonces parecía que se podía someter a quien había llegado a ser uno de los hombres más poderosos de España.

Quien más había presionado para que le echasen y que se interviniera Bankia había sido el presidente del BBVA, Francisco González, quien debía su cargo a Rato. Había sido quien le había nombrado presidente de Argentaria, desde donde dio un golpe de Estado al nacionalismo vasco, quitándole el control del BBVA.

Tal operación sólo fue el preludio del rescate financiero. Bancos y cajas necesitaban 1.800 millones para aflorar las pérdidas que habían ocasionado los créditos hipotecarios. El sector sólo podía hacer frente a unos 80.000 millones. Se necesitaban 100.000 millones, que prestó el BCE a bajo interés y retornable a largo plazo.

Todo esto se podría haber evitado si Rato no se hubiera opuesto al proyecto de fusión que habían acordado con el presidente de La Caixa, Isidro Fainé, en octubre de 2011. La fusión había contado con el visto bueno del presidente de la Generalitat, Artur Mas, y de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Así como con el visto bueno del aún candidato Mariano Rajoy. De acuerdo con tal pacto, Isidro Fainé sería el presidente y Rodrigo Rato el responsable del grupo industrial.

Pero como me comentó en privado el secretario de Estado de Comercio, Jaime García Legaz, tal acuerdo lo resolvería todo. La quiebra de Bankia, crearía un puente de colaboración entre Madrid y Barcelona, a los catalanes se les habría dado un foco de poder real que habría aplacado sus ansias nacionalistas y se habría facilitado el ajuste que necesitaban ambas entidades. Es decir, se habría evitado la nacionalización de Bankia y el rescate. Pero resultó imposible porque en el último momento Rato dio marcha atrás y el acuerdo se vino abajo.

Fue el mayor error cometido por Rato. De no haber evitado tal salida no estaría ahora con un pie en prisión. “¿Por qué dio marcha atrás?”, pregunté al expresidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González quien me respondió: “Rodrigo dio marcha atrás cuando supo que el Partido Popular había obtenido mayoría absoluta y que dos de sus antiguos subordinados, Cristóbal Montoro y Luis de Guindos, serían los llamados a sacar a España de la crisis. En ese momento pensó que le ayudarían a cubrir el agujero de Bankia con dinero público. De hecho, contaba también con el apoyo del gobernador Fernández Ordóñez. No necesitaría a los catalanes para que le sacaran las castañas del fuego”.

Grave error. Ni Cristóbal Montoro ni Luis de Guindos le ayudaron. Así las cosas, la presión conjunta de los banqueros, de la CE y del Fondo Monetario Internacional resultaba demasiado fuerte como para forzar la máquina. Se había convertido ya en la crónica de una muerte anunciada. El ministro de Economía continuó presionando a la banca tras el rescate. En definitiva, la estrategia del palo y la zanahoria. Aprobó el banco malo retirando de sus balances 100.000 millones de activos dañados. Por otra parte, gracias a las ayudas del Estado, José Ignacio Goirigolzarri logró encauzar Bankia con las ayudas públicas (más de 23.000 millones). Se limitó el salario a los cajeros que habían sido rescatados y se mantuvo la estrategia de cerrar oficinas y reducir plantillas.

Gracias a todo aquello el sector financiero ha comenzado a remontar en el año 2015. De este modo, la tasa de mora se ha reducido al 11%. Los beneficios van mejorando, pero aún están lejos de los máximos alcanzados en 2007, unos resultados que según el presidente de la patronal bancaria ni son alcanzables ni mejorables porque conllevan un elevado nivel de riesgo.

Pero lo más inquietante del panorama actual, como afirma el gobernador del Banco de España, Luis María Linde, se refiere a que la banca española tiene un grave problema de rentabilidad. En ese sentido, no le queda más remedio que fusionarse con los bancos de dentro o de fuera, para de este modo aprovechar las economías de escala, y reducir sus plantillas.

Los banqueros españoles no parecen haberse dado cuenta de que, como consecuencia de la mayor crisis financiera que ha sufrido España en los últimos 50 años, todo ha cambiado: “Las connivencias han saltado por los aires con la Unión Bancaria; las reglas de juego han cambiado; el mercado ya es europeo; la supervisión ya no está aquí; las cajas de ahorros se han desmutualizado; y la competencia cada vez más vendrá de fuera”, me comenta Luis de Guindos quien afirma lapidariamente que aún nos queda para ser “la mejor y más sólida banca del mundo”.

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