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Desde el otro bando

Civiles huyendo de un bombardeo en la calle Uría de Oviedo.

El 20 de julio de 1936 los bañistas todavía se atrevían a bajar hasta la playa de San Lorenzo de Gijón para darse un chapuzón. No podían prever que el golpe de Estado pudiese acabar por completo con aquella cotidianidad, aquel ocio apacible bajo la popular escalerona del paseo marítimo. Y eso que el ambiente andaba ya revuelto: los anarquistas de la CNT y los comunistas habían conseguido frenar el intento de rebelión de los militares que permanecían atrincherados en el cuartel de Simancas. Entre aquel extraño mes de julio y octubre de 1937, cuando la caída de Gijón supuso el fin del Frente Norte republicano, las dos ciudades asturianas más grandes fueron asediadas por la artillería, cercadas ambas en una situación ideológicamente contraria, pero simétrica en sus consecuencias: Oviedo, en poder de los sublevados, fue rodeada por el bando republicano; mientras que Gijón consiguió mantenerse fiel al gobierno de la República, pero asediada por los rebeldes. En medio de este campo de batalla, la población civil alcanzó un protagonismo no buscado, convirtiéndose en la gran damnificada por el conflicto.

Esa es la idea sobre la que gira la exposición Frente a frente. Dos visiones fotográficas de la Guerra Civil, una nueva coproducción entre el Museo del Pueblo de Asturias y el Museo Antropológico de Madrid, que recupera el trabajo fotográfico de Constantino Suárez y Florentino López Floro durante aquellos meses. El primero, vinculado al Ateneo Obrero, registró los primeros pasos de la Guerra Civil desde Gijón y siguió también a los milicianos que cercaban Oviedo; el segundo, propietario de una droguería en la que se podía comprar material fotográfico, cogió sus bártulos impelido por la urgencia histórica y retrató el asedio a la capital, llegando a publicar en los primeros números de La Nueva España, periódico que empezó a editar Falange Española a finales de aquel 1936.

Cuando los comisarios de la muestra, Juaco López, del Museo del Pueblo de Asturias, y José Luis Mingote, del Museo Antropológico de Madrid, comenzaron a bucear en los archivos de ambos fotógrafos —mucho más numeroso y con una vocación artística más evidente en el caso de Suárez—, se dieron cuenta de que había imágenes prácticamente simétricas. Los edificios en ruinas, los heridos, los muertos, las colas para comer o recoger agua, los intentos por mantener cierta normalidad en el caos, el orgullo de los combatientes… aparecen tanto en las fotografías de Floro como en las de Constantino Suárez. “Las imágenes son muy semejantes”, explica Mingote, “se ven mecanismos similares en el funcionamiento de las ideologías, la propaganda o la autoalabanza”.

“Tenemos una idea de la historia que es la que nos han enseñado de niños”, parafrasea Mingote al historiador francés Mark Ferro para recordar una de las ideas sobre las que se diseñó Frente a frente, abierta al público en el Museo Antropológico de Madrid hasta el 13 de octubre. Una guerra es el enfrentamiento entre ejércitos, el empleo de tácticas militares, las victorias, las armas, las conquistas y venganzas; pero también consiste, fundamentalmente, en “una producción de víctimas civiles”. El archivo de Suárez atesora el rostro agradecido de un hombre almorzando en un comedor social (un plato de legumbres, un huevo cocido y una rebanada de pan que sujeta con la mano), la camaradería de un grupo de milicianos compartiendo el rancho, las caras aturdidas de los niños que reciben juguetes enviados por el Socorro Rojo a un orfanato gijonés, la mirada extraviada de un niño rubio que recibe un beso de su profesora en otro orfanato, el Rosario de Acuña.

Suárez, formado como fotógrafo desde los 13 años y reportero gráfico, demuestra en cada una de esas imágenes su calidad artística y técnica. Eso diferencia su obra de la de Floro, más urgente y cruda. Suárez busca siempre una composición equilibrada, estudiada y en sus enfoques hay, en la mayoría de los casos, una línea diagonal que atraviesa el plano como una metáfora de un mundo en declive. A lo largo de la guerra, el gijonés utilizó 246 rollos de negativo de 35 milímetros, lo que arroja un total de 6.000 fotografías, algunas de ellas publicadas en el periódico socialista Avance. El archivo de Floro es más discreto: 2.000 positivos y negativos, muchos de ellos, retratos de los cadáveres sin identificar que llegaban a la morgue y de los que se tomaba una fotografía para facilitar la posterior identificación.

También el destino fue diferente para ambos cuando cayó el Frente Norte a finales de 1937. Constantino Suárez fue detenido y encarcelado. Salió de prisión a finales de los años cincuenta y retomó su profesión hasta su muerte en 1983, aunque de una manera bastante precaria. Su trabajo, de una magnífica calidad ética y estética, apenas ha trascendido. Nunca perteneció a ninguna agencia de renombre ni tampoco trabajó en una ciudad donde entablar amistades influyentes. Pero, sobre todo, Constantino Suárez había retratado y militado en el bando republicano. Su trayectoria vital da más sentido si cabe a la frase del filósofo y poeta andalusí Ibn Hazm (994-1064) con la que a modo de moraleja se despide Frente a frente: “La flor de la guerra civil es infecunda”.

*Este artículo está publicado en el número de septiembre de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

 

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