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Cataluña o el oasis político que nunca existió

Pasqual Maragall saluda a Jordi Pujol en el Parlament catalán en 1999.

Xavier Casals

¿Ha sido la política catalana un “oasis” tras la muerte de Franco? Consideramos que las apariencias al respecto son engañosas y, bajo una aparente ausencia de tensiones, Cataluña ha conocido notables turbulencias que desmienten esta metáfora. Lo avala su evolución desde el posfranquismo hasta 2010, expuesta a continuación en forma de drama en tres actos.

  Acto I: Los llamados no fueron los escogidos (1975-1982)

En el ocaso de la dictadura imperó la percepción de que España transitaba hacia una escena política similar a la italiana, dominada por la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. Así, el sociólogo Juan J. Linz apuntó en 1967 que los comunistas estaban llamados a desempeñar en España un papel mucho mayor que en los años treinta y extrapoló pautas electorales de Italia a España, otorgando a los comunistas un 40,9% de votos y a los democristianos un 40,5%. Por consiguiente, en Cataluña sus actores principales serían Unió Democràtica de Catalunya (UDC) y el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC). Pero al celebrarse las primeras elecciones, en 1977, UDC sólo logró el 5,6% de los votos y dos diputados, ante los 11 de la coalición liderada por Jordi Pujol (16.8%). Entonces UDC se unió al pujolismo formando la coalición Convergència i Unió (CiU). Por su parte, el PSUC (18.3%) tampoco satisfizo sus expectativas, pues se impuso la candidatura Socialistes de Catalunya (28%), embrión del futuro Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC).

No obstante, aunque se evaporó el “modelo italiano”, los comunistas aún podían gobernar la futura Generalitat pactando con los socialistas. Esta posibilidad inquietó a Adolfo Suárez, como señaló el gobernador civil barcelonés de la época, Salvador Sánchez-Terán: “La victoria socialista y la importante votación comunista parecen configurar un ‘país catalán rojo’, lo que resulta muy inquietante para […] el Gobierno”. Para conjurarlo Suárez recuperó un plan de 1976: restablecer una Generalitat provisional presidida por Josep Tarradellas, su titular en el exilio desde 1954. El 27 de junio Josep Tarradellas fue recibido en La Moncloa e inició la negociación con Suárez con los partidos catalanes como invitados de piedra. El 5 de octubre se restableció la Generalitat y el 23 Tarradellas regresó triunfal a Barcelona. Esta maniobra, según el historiador Borja de Riquer, desactivó “el potencial desestabilizador […] de una Cataluña ‘rojo-separatista”.

El siguiente desengaño fue para el PSC (constituido en julio de 1978), pues ganó de nuevo las elecciones legislativas de 1979 (29,6%) y parecía destinado a gobernar la Generalitat al ser la fuerza más votada. Sin embargo, en los primeros comicios autonómicos, celebrados en 1980, Pujol venció de modo imprevisto (27,8%) al confluir varios factores. Destacó la movilización del “voto del miedo” contra PSUC y PSC, ambos marxistas (la patronal del Foment Nacional del Treball financió a sus rivales, incluyendo Esquerra Republicana de Catalunya). Además, la abstención castigó al PSC y se señaló que su electorado de origen inmigrante se abstuvo en los comicios catalanes al verlos ajenos a sus intereses, a diferencia de los locales y generales. Cierta o no esta valoración, se instauró entonces un voto dual al vencer el PSC en los comicios legislativos y locales y CiU en los autonómicos. Asimismo, el Partido Socialista de Andalucía [PSA] ganó dos escaños a costa del PSC, reflejando el temor a que el autogobierno marginase a los inmigrantes.

Por último, posiblemente influyó la mayor prédica como líder catalanista de Jordi Pujol al haber protagonizado los llamados “fets del Palau”, una protesta protagonizada en 1960 por el que fuera más tarde presidente de la Generalitat. En tal tesitura, Pujol inició su larga presidencia con una oposición del PSC de escasa garra, pues esta formación, traumatizada por su derrota en las urnas, pecó de “un cierto complejo de que una crítica al Gobierno era una crítica a la institución y a Cataluña”, según José Montilla.

De cualquier forma, la escena política catalana que imperaría hasta el año 2003 acabó de fraguarse en 1982 con otro cambio inesperado, cuando Pasqual Maragall se convirtió en alcalde de Barcelona al sustituir a Narcís Serra, que fue nombrado ministro de Defensa en el primer Gabinete formado por Felipe González. Por todo ello, el panorama en Cataluña se caracterizó en aquellos años por la tensión entre CiU y PSC, es decir, entre la Generalitat y el consistorio de la capital, una pugna que generó dos “ismos” permanentemente confrontados: maragallismo y pujolismo.

  Acto II: La Guerra Fría de maragallismo y pujolismo (1982-2003)

El sistema de partidos catalán adquirió un perfil propio que ya no abandonó: CiU y ERC eran fuerzas autónomas, mientras PSUC y PSC tenían autonomía del PCE y del PSOE. La Unión de Centro Democrático (UCD) se desintegraba y Alianza Popular (AP) no tuvo escaños, apuntando su acotada presencia institucional futura. Pero por encima de la galaxia partidista se impusieron los liderazgos de Pujol y Maragall, caracterizados por la adhesión a sus figuras más que a sus siglas. De este modo, desde los años ochenta se desarrolló una soterrada guerra fría de ambos “ismos” que cuestiona la imagen de una larga pax pujoliana.

Pujol forjó un partido y una coalición a medida. En sus relaciones con Madrid delimitó zonas de influencia y buscó réditos a corto o medio plazo. Asoció su persona a Cataluña, marcando un hito al respecto con el asunto Banca Catalana en 1984. Entonces Pujol fue objeto de una querella del fiscal general del Estado por falsedad y apropiación indebida como directivo de la entidad. Como la querella se hizo pública después de que CiU ganase las nuevas elecciones autonómicas, Pujol la denunció con éxito como una agresión a Cataluña. Para sus detractores, en cambio, el episodio demostró que las actividades financieras del presidente y adláteres estaban sumidas en la opacidad.

En cambio, Maragall tuvo una compleja relación con la cúpula socialista por mantener sus criterios cuando chocaban con los del partido, con desencuentros con el PSC acentuados por la falta de candidatos alternativos. A diferencia de Pujol, Maragall no asoció su persona a Cataluña y apostó más por seducir que por hacer pedagogía permanente; por buscar complicidades en Madrid, más que por pactar esferas de influencia.

El gran desacuerdo entre ambos políticos radicó en el papel de Barcelona. Para comprenderlo debe tenerse en cuenta que el pujolismo fortificó sus posiciones en pueblos y en pequeñas y medianas ciudades (salvo Tarragona, única capital provincial que gobernó), en tanto que Lleida, Girona y Barcelona con su cinturón metropolitano eran bastiones del PSC. Tal situación generó dos torpes caricaturas de ambos liderazgos: si el pujolismo fue considerado una especie de “neocarlismo” de tenderos y prédica rural, el maragallismo fue denunciado como la expresión de una Barcelona “pija” de ambición cosmopolita y ajena al resto de Cataluña.

En medio de este panorama el protagonismo de Barcelona en la articulación del territorio causó una enorme discrepancia, que se plasmó en la disolución en 1987 de la Corporación Metropolitana de Barcelona (CMB). Constituida en 1974, tenía competencias en ámbitos como la planificación urbana y la gestión de infraestructuras en 27 municipios gobernados por el PSC y el PSUC que reunían casi 3,5 millones de habitantes. Pujol vio en ella un contrapoder a la Generalitat y consideró que la macrocefalia barcelonesa creaba grandes desequilibrios, como expresó a Maragall: “Se entiende la idea […] de que Cataluña es Barcelona y poca cosa más. [...] Nosotros queremos que Cataluña sea un país. Y un país es mucho más que una ciudad”. Maragall le contestó que “si Barcelona existe es […] porque Cataluña es suficiente nación para […] haber conseguido […] una gran capital”. Como el PSC no recurrió la ley del Parlament que disolvía la CMB, Maragall comenzó a distanciarse de su partido.

Finalmente, en 1999 se enfrentaron en las urnas un Maragall engrandecido por el éxito olímpico de 1992 y un Pujol con dos décadas de presidente. Venció el primero por 6.328 votos, pero no en escaños, lo que mostró el precario equilibrio dominante. En todo caso, el paso del tiempo parece hacer de Pujol un “ganador perdedor”, en la medida en que el independentismo ha superado su apuesta autonómica, CiU ha desaparecido y su legado político ha quedado contaminado por su autoinculpación y la fortuna familiar acaparada. Por contra, Maragall parece proyectarse como un “perdedor ganador”: el político artífice de los Juegos Olímpicos que denunció el “3%” y captó la necesidad de un reacomodo estatutario de Cataluña de gran calado.

  Acto III: Los gobiernos tripartitos, una era decisiva (2003-2010)

Las elecciones autonómicas de 2003 desembocaron en un cambio, al formarse un Ejecutivo tripartito formado por el PSC, ERC e Iniciativa per Catalunya Verds (ICV) presidido por Maragall. Tras los comicios autonómicos de 2006 se formó otro Gobierno presidido por el socialista José Montilla hasta que en los de 2010 ganó ampliamente Artur Mas al frente de CiU (obtuvo 62 escaños, un 38,4% de los votos). De todos modos, ambos ejecutivos tripartitos no fueron un mero paréntesis, sino un período decisivo al irrumpir entonces una doble desafección: hacia el Estado y hacia los partidos tradicionales, que interactuaron con el impacto del crash financiero y de la crisis económica de 2008crash . La primera se visualizó en la sinuosa trayectoria del nuevo Estatuto catalán. Aprobado en 2006, tuvo el rechazo de sectores amplios de España liderados por el PP, que impugnó ante el Tribunal Constitucional 136 de sus 223 artículos. Este organismo no emitió una sentencia hasta junio del 2010 y su contenido generó una gran manifestación de protesta en Barcelona el 10 de julio, presidida por Montilla, Maragall y Pujol.

Paralelamente, la desafección hacia el Estado también se visualizó en las consultas populares por la independencia: unos referendos locales sobre la independencia sin validez legal que gestionaron colectivos cívicos. Bajo el lema Cataluña decide se realizaron en 554 municipios (de un total de 947) entre septiembre de 2009 y abril de 2011 con esta pregunta: “¿Está usted de acuerdo en que Cataluña sea un Estado de Derecho, independiente, democrático y social, integrado en la Unión Europea?” Los gestionó una coordinadora apartidista y participó casi el 19% del censo previsto: 884.508 personas. Fueron un gran ejercicio de democracia directa, instalaron la independencia en la agenda política y extendieron un afán de democracia participativa.

De modo paralelo a esta desafección hacia el Estado se desarrolló otra hacia la clase política catalana, que testimonió igualmente un afán de democracia más directa, eliminando distancias entre representantes y representados. Se visualizó en la eclosión de nuevas siglas: la ultraderechista Plataforma per Catalunya y la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) despuntaron en los comicios locales de 2003; Ciutadans en los autonómicos de 2006 y Solidaritat Catalana per la Independència [SI] en 2010. En estas últimas elecciones el voto a partidos distintos a los tradicionales (CiU, PSC, ERC, PP e ICV) sumó ya el 16,7% (en las de 2006 solo fue el 7,6%).

De esta forma, a fines de 2010 se dibujaban ya con fuerza los dos vectores que marcarían la política catalana hasta hoy: el auge del independentismo y el colapso de los viejos partidos. En relación al primero, un barómetro del CEO de 2009 mostró que, para el 21,6% de encuestados, Cataluña debía ser un Estado independiente y para un 29,9% un Estado en una España federal. Asimismo, un sondeo de la Universitat Oberta de Catalunya sobre intención de voto en un eventual referéndum de independencia arrojó un 50,3% de sufragios favorables y un 17,8% contrarios. Igualmente, el analista Carles Castro remarcó que una consulta independentista podía duplicar el apoyo a la secesión y sumar el 40%. El aumento del independentismo era, pues, perceptible. En cuanto al declive de las formaciones tradicionales, se acentuó en los comicios sucesivos hasta el punto de que CiU se rompió en 2015, el Partit Demòcrata Europeu Català (PDeCAT) reemplazó a CDC. Entretanto, UDC se disolvió.

En síntesis, pese a su apariencia de “oasis”, la política catalana ha conformado desde el posfranquismo un mar de tensiones que han brotado de modo súbito (como manifestó la victoria de Pujol en 1980 o el auge independentista desde 2012), marcando cambios e inflexiones: de la Cataluña “roja” a la pujolista; de los viejos partidos a las nuevas marcas; del autonomismo intervencionista en el Estado a la ruptura independentista. Para comprender tales dinámicas resulta útil esta incisiva observación del historiador Pierre Vilar: “Cataluña es decididamente un laboratorio privilegiado para poner a prueba los términos de patria, nación, Estado… No son conceptos. Son realidades históricamente constituidas. Y por consiguiente cambian de manera constante”.

*Xavier Casals es doctor en Historia. Este artículo está publicado en el número de septiembre de Xavier CasalstintaLibre, a la venta en quioscos y a través de la App. Puedes consultar la revista completa haciendo clic aquí.  aquí

 

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