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Cayó un muro de piedra, nació otro de odio

Restos del muro que separaba los distritos berlineses de  Neukölln y Treptow.

La historia se mueve más lenta que el periodismo, deslumbrado por una instantaneidad sin pasado ni futuro. Tildamos de histórico cualquier hecho menor para dar lustre a los titulares igualándolo a acontecimientos transcendentales capaces de cambiar la vida de millones de personas. Los focos se centraron hace 30 años en el inicio del derribo físico de una parte del muro de Berlín que puso en marcha, sin darnos cuenta, un desplome completo del llamado Telón de Acero, la linde física, ideológica y, sobre todo, psicológica, que partió en dos mundos antagónicos la Europa que salía destrozada de la Segunda Guerra Mundial.

Empezó a caer el muro el 9 de noviembre de 1989 y tras él las fichas de dominó de los regímenes comunistas. Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros eran dictaduras, como la de Franco en España, basadas en el terror y en el silencio. La escritora Hannah Arendt lo resumió en 1951 en una cita que explica el mundo en el que vivimos, el de 2019: “El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido, son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso, ha dejado de existir”.

Han pasado 30 años de la caída del muro de Berlín, de las emociones y las ilusiones de millones de alemanes y europeos que recobraron la libertad, casi en un golpe de suerte. Han pasado 30 años y aún no sabemos si seguir celebrando lo que jamás llegó del todo, ni con qué sueños debemos sobrevivir en un mundo distópico. La crisis económica de 2008 borró el optimismo por el final de la Guerra Fría, una época en la que la paz estuvo asentada sobre el principio de la destrucción nuclear total. Sus siglas en inglés son reveladoras del clima de salud mental: MAD (Mutually Assured Destruction).

Fueron años de fanatismo. Las dos superpotencias mundiales se enfrentaron a través de revoluciones y contrarrevoluciones en una gigantesca partida en la que siempre perdían las personas. Los bloques ideológicos quedaron marcados en Europa por el muro que empezó a erigirse en la madrugada del 13 de agosto de 1961. Se le llamó el muro de la vergüenza.

Había quedado atrás el estalinismo, que no solo mató millones de personas en los gulags, mató también el sueño de un socialismo democrático, reducido a una asfixiante burbuja de mediocridad. Lenin prohibió en nombre de la Revolución; Stalin para conservar el poder. También se había disuelto la efímero apertura de Nikita Jruschov, el líder que hacía política internacional armado de un zapato, reemplazada por la grisura de Leónidas Brézhnev. No hubo milagro en la Primavera de Praga, la última esperanza, aplastada por los carros de combate del Pacto de Varsovia, la OTAN del otro lado.

Mijaíl Gorbachov abrió la espita para que respirara la caldera sin un plan, y sin saber que su perestroika y su glásnost harían saltar el sistema por los aires porque olvidó lo esencial: la gente estaba harta de la carestía y la corrupción. La miniserie Chernóbil dibujó la agonía de un sistema ineficaz sostenido por el KGB y la propaganda, la propia y la ajena, que lo dibujaba como un rival del capitalismo. Está basada en el libro Voces de Chernóbil, de la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, que hace poco visitó España y dejó una joya en una entrevista con Javier del Pino en la Cadena Ser: “Se fueron los comunistas y vinieron los especuladores”.

Cayeron regímenes que parecían sólidos, como el de los Ceausescu en Rumanía, y Occidente se despertó en un optimismo contagioso y en el sueño de una democracia global en la que los mercados serían el modelo. En ese ambiente entraron en la UE 11 países de Europa del Este, además de Malta. Nueve en la primera tanda, el 1 de mayo de 2004; y otra para Rumanía y Bulgaria, en 2007. Fue una decisión política, no una necesidad. La urgencia procedía de Estados Unidos, que quería impedir una vuelta atrás y, de paso, ralentizar a un competidor comercial.

A Bruselas se le indigestó el banquete, pasar de 15 a 27 países sin apenas tiempo de armonizar unas culturas políticas opuestas. Desde entonces, la Unión anda lastrada, sin saber qué quiere ser además de un espacio de libre comercio. Se perdió la Europa de los ciudadanos. Nació el euro pero aparcaron el pasaporte europeo y una única política presupuestaria, fiscal y laboral. No es sencillo transitar desde una dictadura a la democracia. El escritor Petros Markaris explicó el caso de Grecia, que sirve para España: “Pasamos de la cultura de la pobreza a la de la riqueza sin transitar por la cultura del esfuerzo”.

Cayó el muro, y los británicos siguieron presos de su insularidad imperial que ha terminado por concretarse en el Brexit. La crisis del 2008 es una consecuencia colateral. Sin el miedo al otro sistema se esfumaron los contrapesos y los disimulos. La revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher retiró las cautelas a un sistema depredador que ya había causado la Gran Depresión en 1929. Sin rival al que temer y sin normas de control, el capitalismo que surgió de la Segunda Guerra Mundial se volvió depredador.

Esta liberalización, así lo llamaron, fue la causa de que el sistema volviera a saltar por los aires en 2008. Sin el coco comunista, no fue necesario generar nuevos controles ni refundar el capitalismo, como prometió Nicolás Sarkozy en una reunión del G-20. Bastó con refinanciar a los mismos jugadores sin cambiar las normas del casino, ni siquiera el derecho de admisión.

Esa crisis ha costado millones de puestos de trabajo e incrementado las desigualdades. En tiempos de escasez dominan las explicaciones simples, y los líderes irresponsables que utilizan la mentira para resucitar xenofobias y el odio, dos de los motores que llevaron a Adolf Hitler al poder. Vuelven las banderas, las fronteras como un valor supremo y los nacionalismos. En Polonia y Hungría gobiernan partidos de extrema derecha, racistas y eurófobos que consideran que Bruselas es poco menos que la reencarnación del Kremlin. De este clima tóxico surgen los Donald Trump. Son el efecto, no la causa.

Europa del Este nunca tuvo músculo social para defenderse de la crisis, pues sus sindicatos no eran obreros, sino una pantomima obediente. Tampoco había músculo social porque llevados por el canto de las recetas del FMI habían privatizado gran parte de su estructura pública ineficaz en nombre de la libre competencia. De ese masivo saqueo surgieron los oligarcas, nuevos ricos que hicieron fortuna gracias a su cercanía al poder. Rusia es un Estado gobernado por un autócrata, jefe de jefes, donde se aplica un capitalismo salvaje, igual que en China, donde se mantiene la retórica y la puesta en escena comunista en una sociedad desigual en la que una minoría se ha hecho millonaria a costa de los demás. La película Hasta siempre, hijo mío (dura tres horas) narra bien este gran salto, que para muchos ha sido al vacío.

¿Hemos salido ganando? Sin duda. Es mejor la libertad imperfecta en medio de una corrupción que la del campo de trabajo en medio de una corrupción no menos rampante. La libertad exige generaciones de estudio y de aprendizaje para su defensa cotidiana. El que fuera corresponsal del diario ABC en Moscú en los tiempos de la perestroika, Enrique Serbeto, cuenta una anécdota que dice mucho de la condición humana bajo una dictadura. Un profesor de Historia mandó a sus alumnos hacer un trabajo en el que les invitaba a ser creativos, a no repetir las doctrinas del PCUS. Todos hicieron lo que pudieron menos uno, que se mantuvo fiel al espíritu y a la letra del catecismo comunista. El profesor preguntó: “¿Acaso no tiene ideas propias?”. El joven respondió: “Sí señor, pero no estoy de acuerdo con ellas”.

*Este artículo está publicado en el número de noviembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí. aquí

 

Berlín 1989-2019: aquel muro, estas murallas

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